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DE CERTEZAS E INCERTIDUMBRES la columna de Andrés Berterreche: De lo colectivo y lo individual

publicado a la‎(s)‎ 30 mar. 2014 8:30 por Semanario Voces   [ actualizado el 30 mar. 2014 8:41 ]


 

                Ante algún episodio que aparece en prensa cuestionando la gestión uno tiende a querer  contestar el caso particular. Muchas veces esto sucede y se termina en un intercambio más parecido a un contrapunto de hinchadas futboleras que a la construcción de alguna certeza a partir de la confrontación de posiciones antagónicas.

                Justamente por estos días apareció en algún vocero de la derecha vernácula una nota sobre un ciudadano que se negaría a cumplir las decisiones del Instituto Nacional de Colonización. Podríamos entrar en la defensa de las decisiones tomadas, en la sucesión de opciones de arreglo, de lo importante que las normas sean para todos, etc.. Pero caeríamos en el error que queremos combatir. No la del individuo que está de protagonista circunstancial sino la de oposición de ideas que es lo que desde el medio se quiere dejar sobrevolando.

                Aprovecho entonces la circunstancia para así tratar de meter en temas, que a nuestro entender son políticamente más profundos.

                Todo nace en la toma de tierras por parte de un grupo de pequeños productores con problemas de acceso a la misma, de predios que estaban en propiedad del Estado y que no cumplían una función específica para la institución que la detentaba. Si bien discrepo en forma genérica con la metodología de las ocupaciones, sí creo que hay movilizaciones populares que valen la pena para reforzar las acciones correctas que debe de hacer el Estado. En definitiva, la movilización de estos productores familiares y asalariados sin tierras promovió, y fue el catalizador del cumplimiento de varias leyes que establecen la obligatoriedad del pasaje de las tierras del Estado al Instituto Nacional de Colonización para su correcta adjudicación a quién más lo merece, según lo establecido en su plan político, definido en su Plan Estratégico. En síntesis, es necesaria y justa la movilización popular para que el Estado cumpla con sus objetivos, presionando y también apoyando. En su defecto, si la visión, como existió y existe, es lograr obtener un privilegio por parte de un grupo o de un individuo, es ideológica y metodológicamente incorrecto. Este planteo, protocapitalista, trata, por la vía de medidas de carácter individual y oportunista, de apropiarse privadamente de un derecho de todos. Con discurso y acciones que pretenden ser incluyentes sólo se pretende la construcción de privilegios excluyentes, de otros ciudadanos que también tienen derecho.

                Una vez entendido esto, si verdaderamente se hubiera hecho, se pasa a la segunda fase y es la comprensión de dos fenómenos vinculados a las opciones políticas llevadas adelante: 1º.- La propiedad social de la tierra, en el entendido que la misma es propiedad de todos los compatriotas y lo que se entrega es el usufructo de la misma, con los condicionamientos y contraprestaciones que la sociedad organizada le exige a estos ciudadanos beneficiarios de un derecho. Esto implica estratégicamente la sustentabilidad o no del proceso; y lo saben muy bien aquellos que quisieron cerrar el Instituto a principios de la primera década de este siglo, olfateando el peligro que podía haber si se cumplía a cabalidad la misión establecida en su ley de creación para aquellos que hacen de la concentración capitalista de la tierra su norte ideológico.  2º.- Se privilegia el acceso a la tierra en forma comunitaria, frente al acceso de carácter individual. Este punto, criticado muchas veces desde la más recalcitrante derecha liberal como de excesivamente ideológico tiene en realidad un brutal aspecto de carácter pragmático: al precio actual de la tierra y a las condiciones actuales de producción solo permite  dar escala cuando los productores familiares y asalariados rurales se juntan para la gestión colectiva del recurso suelo.

                No combatimos la visión propietarista e individual por una visión doctrinaria, esquemática y dogmática, sino porque estos ciudadanos son la presa más fácil de las fuerzas hegemónicas del mercado, haciendo de las políticas sociales de este tipo una suerte de despilfarro sin ton ni son.

                La opción de formar una cooperativa fue una decisión de los beneficiarios, no un mandato excluyente de la administración. Es realidad hay un número variado de opciones a este respecto y lo único que se exige es que de las formas legales disponibles se establezca una y se cumpla correctamente con las normas para ello establecida. Es a partir de esto, otro punto interesante a introducir en el debate: tenemos la concepción que para una organización, sea cual fuera ésta, el Estado debe ser garante en el cumplimiento de las normas pero no se debe meter en las decisiones del grupo considerado, y mucho menos en la resolución de sus propios conflictos. Se tiende muchas veces, ante la inmadurez de la organización que el Estado tome partido y defina las estrategias y las acciones. Esto solo lleva a una postura paternalista, que en el mejor de los casos puede ser “pan para hoy y hambre para mañana”. Si la propia organización no puede resolver sus conflictos y contradicciones , el problema está en ella misma y no en los de afuera. Si el acceso a la tierra se hace en forma colectiva, es el colectivo el que tiene que tomar el timón. No decimos que sea sencillo, que no genere conflictos y hasta desgarros, pero si es incapaz de hacerlo, es un grupo humano que no está a la altura para hacerse cargo de su propio destino. Lo que no es admisible es que el Estado tome ese rol. Un sinnúmero de organizaciones, hoy llevan con éxito esta tarea, lo que demuestra que no es una postura teórica sino que confrontada con la práctica se ha demostrado que es posible. Pero como en todo proceso podemos coincidir que ser posible no garantiza automáticamente el éxito.

                Un último capítulo de esta columna quería dedicarlo a los comentarios de los lectores del artículo de prensa en cuestión. Muchas veces se quiere hacer aparecer a esta parte como un verdadero espacio de participación. Cuando uno participa en una discusión, al menos desde mi punto de vista, debe de hacerlo desde la responsabilidad , en su defecto no es más que un graffiti en un baño. La validez de tomar en una discusión un argumento al menos debe hacerse sin enmascararse desde la cobardía del anonimato, probando mínimamente las verdades que se  enuncian, tratando de rebatir las posiciones con posturas claras. En su defecto nada tiene que ver con la participación, que no se y nos engañen. Podemos tener nuestras incertidumbres, pero sabemos de qué se tratan algunas de nuestras certezas. 


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