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De Certezas e Incertidumbres, la columna de Andrés Berterreche en VOCES: Los jóvenes y sus circunstancias

publicado a la‎(s)‎ 19 feb. 2014 23:29 por Semanario Voces


                Era el año 76, y ya teníamos cierta veteranía en el liceo. Aún recuerdo el año anterior, el de “La Orientalidad”, eufemismo que pretendió dejarnos la marca de ser la generación de la dictadura, entrando a primer año de liceo. En particular el 22, el de La Teja, con su plan 63 o piloto, debía de olvidar su pasado de estudiantes levantiscos. No recuerdo a quién se le ocurrió, pero prontamente un grupo se organizó para llevar la acción a destino. Se relevaron los momentos en que los adscriptos y demás personal no se hacían presente, ver las maniobras distractivas, generar un borbollón en la cantina, medir la altura precisa a la que se iba a colocar el artefacto, el tiempo que teníamos, el riesgo de que estuviera electrificado. La adrenalina corría a mil, al fin, uno de los corpulentos hizo “calcito” y subió la flaquito con manualidad que la colocó en menos de un segundo. La acción se había logrado con éxito. La goma de pan se había colocado entre el martillo y la campana, y ese día tuvimos como diez minutos más de recreo, que le robamos a la clase de Educación Moral y Cívica.

                Esta anécdota real, de estudiantes de 13 y 14 años, solo para muy poquitos tenía algún otro simbolismo que el mero hecho de la travesura o el placer de ahorrarse unos minutos de una materia aburrida. Tal vez, para un grupo pequeño era un verdadero acto de rebeldía contra el proceso autoritario. Cándidos e ingenuos, contados con los dedos de una mano, creíamos que nos oponíamos al régimen y su prepotencia. Pero cuando vino el verdugueo y las sanciones colectivas, nadie habló. Ni los tragas ni los repetidores, ni los ganadores ni los perdedores, hasta el Tape, que era bruto miliquero, dijo nada. Y esto sí era, sin saberlo, la forja de una generación que fue la que en el correr de los años tuvo buena parte de la responsabilidad de la recuperación democrática.

                Ese año echaron a la de historia y a la de biología, y este tipo de situaciones se repitió en los años siguientes. Seguimos estudiando, nos dispersamos en nuevos liceos, mantuvimos entrelazados los afectos. Algunos nos metimos en la reconstrucción de gremios estudiantiles, otros, que habían tenido que dejar los estudios para ir a trabajar, reorganizaban sus sindicatos, otros nos reencontramos fundando comités en el barrio, aún en la clandestinidad. Y muchas veces volvíamos a reunirnos en el sinnúmero de marchas y manifestaciones, que tuvieron su pico en todo lo que fue el 83.

                Algún tiempo después, algún prestigioso compañero, nos despreciaba con el mote de ochentosos. Por eso de ser supuestamente la generación formada por la dictadura. No la de la resistencia, no la del insilio, no la gris, la de la adolescencia coartada. De esta generación se escribe poco, se dice poco, se valora poco. Cada bastión ganado se dejó casi de inmediato para los mayores de nuestra veneración. Creo en definitiva que hay una falta de reconocimiento a aquellos que dieron la pelea en las sombras. No tuvimos la épica de los que nos antecedieron ni la libertad de los que nos continuaron. Alguien alguna vez me dijo, que en los hombres no hay cosechas buenas y cosechas malas como en los vinos, en los hombres hay circunstancias, y lo importante, y esto lo digo yo, no son las circunstancias que nos condicionan sino estar a la altura de las mismas en la condición de hombre digno.

                El año que pasó se cumplieron 30 años del 1º de Mayo histórico, de la semana del estudiante, del apaleamiento del 9 de noviembre. Es una lástima no contar hoy para los recambios lógicos con aquellas masas de jóvenes que eran entonces, y que sin lugar a dudas estuvieron a la altura de sus circunstancias. Por supuesto que siempre quedan, pero creo que hubiéramos debido integrar muchos más de aquellos, que hoy los vientos de los tiempos los ha dispersado.

                Al liceo 22 yo volví varias veces. Además de ex alumno, mis hijos fueron a ese liceo, y también estuve de docente un par de años. Fue en esta condición que un día la cosa se alargó en charlas de sala de profesores. Hasta que irrumpió con la misma ira, la misma auxiliar, pero con una goma de borrar distinta entre sus dedos, quince años después, y sin entender por qué cuando me relataba que unos estudiantes habían puesto una goma en el timbre yo no podía parar de reirme.


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