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De certezas e incertidumbres, la columna de Andrés Berterreche: Equilibrista sin red

publicado a la‎(s)‎ 8 may. 2014 11:44 por Semanario Voces

Hace casi dos décadas atrás estuve a cargo de un aserradero escuela. Allí enseñamos a cortar y secar madera entre otras disciplinas. Pero junto con enseñar, para mi fue una inmensa fuente de aprendizaje. De los jóvenes estudiantes de allí y de la confrontación de los conceptos teóricos que traía de la universidad con la realidad práctica del trabajo en el mundo real. El aserradero, sin ser lo último en el mercado de la tecnología, tenía un montón de desarrollos tecnológicos importantes: sistemas hidráulicos, comandos electrónicos, PLC, finales de carrera y controles eléctricos a distancia. Uno de estos mecanismos era el sistema de regulación de la guía de la sierra sinfín. Este aparatito se regulaba desde el comando central con un interruptor que comandaba un motorcito eléctrico. Sucedía que muchas veces, y téngase en cuenta que era un aserradero escuela, que los jóvenes en su práctica lo dejaban permanente arriba o abajo con el motor prendido lo que llevaba indefectiblemente a que el mismo se quemara. Esto hacía que esta pequeña pieza al romperse inutilizara toda la máquina y por lo tanto parara el funcionamiento de todo el aserradero hasta que un especialista arreglaba y reinstalaba el motor eléctrico. Yo tenía la convicción que si había algún sistema auxiliar mecánico, más manual, aunque menos exacto y menos productivo, me permitiría la menos no parar todo el proceso. La idea no era sustituir uno por el otro sino tenerlo como complementario. Un tornillo sin fin y una manivela solo había que engrasarlo y en caso de alguna rotura esta se podía reparar en el taller de la institución.

Esta larga anécdota inconclusa pretende generar un paralelismo con un tema que por estos días, más que preocuparme me ocupa. Tal vez alguno no lo sepa, pero por decisión personal, no estoy en las redes: ni Facebook ni Twitter , ni ninguna otra. Me resisto a tenerla aún a pesar de la insistencia, y casi sanguinaria presión, de algunos notables compañeros, dentro de los que se encuentra el Director de este semanario.

Recientemente en un intercambio con una comunicadora me rezongaba por mi testarudez y trataba de convencerme con el argumento que creía que no estaba viendo el poder democrático de la cosa. Según ella, las redes eran lo más cercano a la democracia directa que ha tenido la humanidad.

Convengamos que el uso se ha popularizado rápidamente y que permite acceder a opiniones, información, y estructuración de acciones políticas y sociales de todo tipo. También es un espacio donde se emiten opiniones, en ocasiones, sin la más mínima responsabilidad, y una fuente importante de alienación. A veces me da la sensación de que es un espacio tremendamente subjetivo donde lo que más me importa de los otros es que conozcan ese YO, que además a veces es real y a veces está deformado por una ficción que queremos crear de nosotros mismos.

Más allá de mis críticas, no las combato, simplemente no me incluyo. Creo que lo mejor que tiene un año electoral es aumentar la sensibilidad de la gente hacia los temas políticos, las redes pueden cumplir un rol muy importante, en intercambios ideológicos, en discusiones múltiples de temas y actores, en confrontación de argumentos que nos hagan pensar. De todas maneras, yo prefiero la redondilla en un comité o una casa de familia, el debate con altura en una mesa redonda o en la responsabilidad de una publicación de carácter público. Me gusta discutir mientras el mate pasa de mano en mano, me gusta ver y saludar a la gente, saber cuando están enojados, distendidos o contentos por los gestos de su cara y de su cuerpo. Me gusta cuando se ríen y no cuando ponen Ja, Ja, Ja! , para mostrarle a los otros que se rieron.

Hoy el que no está en las redes tiene una parte limitada en su relación con el prójimo, es posible. Pero de todas maneras voy a seguir batallando para poder seguir relacionándome directamente con el próximo.

Reitero, no estoy en contra a la tecnología, no promuevo el primitivismo ni soy un “Lutista”, tampoco un reaccionario al desarrollo tecnológico. Al igual que en el paralelismo del aserradero, utilizo el sistema de relación personal como mecanismo paralelo para poder ejercer mi acción sobre el sistema. Sé que hay sistemas electrónicos, pero yo sigo queriendo ser máquina simple: plano inclinado, tornillo o palanca. Porque de última, estos no van a desaparecer.


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