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DE CULEBRAS Y CHANCHOS Por Jorge Zabalza

publicado a la‎(s)‎ 19 mar. 2011 11:07 por Semanario Voces

Desde que el pueblo artiguista fue derrotado en 1820, el pobrerío debió sobrevivir como pudo, en campos y ciudades que no les pertenecían, extranjeros en esa patria  ajena, buscando la propia en un pajar. Un chacarero me decía que, en verdad, Rivera fue el fundador de esa “patria uruguaya” fabricada por Eduardo Acevedo y Juan Manuel Blanes, es una falsificación ideológica atribuirle a Artigas la paternidad de un Uruguay cuyos propietarios son herederos de los que traicionaron la revolución agraria de 1811. 

El Uruguay fundado por Rivera, Lafone y Lucas Obes, la patria de los que se apropian de la riqueza producida por los demás, siempre fue conciente de la necesidad de imponer el “orden y progreso”. Limpió los campos de charrúas y de los Encarnación Benítez beneficiarios de la reforma agraria artiguista, contrató a Latorre para engrillar montoneras y matreros y, en pleno Uruguay Batllista, reino de paz social y democracia, militarizó el Cerro en 1952 para acabar con la lucha solidaria de los obreros portuarios y de los frigoríficos. En los 70’,  para preservar sus ganancias y reducir al mínimo el poder adquisitivo del salario, militarizaron todo el país y largaron como perros de presa al Goyo Alvarez y su banda.

El nuevo fenómeno es la “territorialización de la riqueza”. Los ricos y poderosos protegen sus vergüenzas con guardias de seguridad, rejas electrificadas y alarmas electrónicas. Falta poco para que se prohíba a los mal vestidos caminar por las calles de Carrasco y Punta Gorda como se les prohibe hacerlo en Punta del Este; el ministerio del interior se encargará de mantener la apariencia estética del “ghetto” de la riqueza. Por supuesto, por razones distintas, lo inverso también es cierto, las señoras de la avenida Arocena no vienen a tomar el té en Santa Catalina... ¡tienen miedo que les roben las carteras Gucci! No se asustan en cambio cuando participan en el vandalismo social que beneficia a la clase privilegiada. 

Al oeste del Miguelete y al norte de Propios está el otro Uruguay, el territorio de los que no pagan IRPF, de los que no son “desempleados” porque trabajan una hora por semana por salarios menores a la sexta parte de la canasta que necesita una familia para vivir casi que con dignidad. No pueden festejar la alegría del FONASA porque, aún afiliados a una mutualista, les resultan inalcanzables las órdenes y tickets. Las escuelas de tiempo completo y las “ceibalitas” no  permite que los niños “barriguita de melón” superen la brecha cultural y educativa, que cada día es más ancha y profunda, los que no desertan de la escuela es muy difícil que hagan el liceo y alimentan los índices PISA que llenan de vergüenza a la gente “bien”. De esa “irregularidad” social se nutre el Pereira Rossell con madres adolescentes y los hogares del INAU con menores infractores, de ella salen las motos del “arrebato” y los autos robados para asaltar cambios, son las “zonas rojas” demonizadas por la prensa y los informativos, culpable de la inseguridad en que vive el territorio libre de pobres.

 De la misma manera que, bajo falsos pretextos, los israelíes atacan Palestina y los EEUU lo hacen con Irak, el  senador Saravia esgrime la “inseguridad en las zonas rojas” como excusa para que los “bien nacidos”, los “orientales verdaderos” invadan con sus hipócritas “misiones de paz” el territorio extranjero donde viven los pobres. Es una versión nueva de la doctrina de la seguridad nacional: las fuerzas armadas dedicadas al control directo de la población, reprimiendo lo que haya que reprimir, premiando lo que haya que premiar. Otra guerra contra su propio pueblo que, uno puede sospechar, se inicia en los asentamientos pero a la larga abarcaría la sociedad entera.

Saravia asume el rol de Rivera, Latorre, Pacheco Areco y el Goyo Alvarez, se pone la camiseta del “orden y progreso” y sale a reclamar lo prometido en las asambleas empresariales del Hotel Conrad de Punta del Este. Saravia es auténtico y coherente con su clase social, la oligarquía vacuna, hace lo que debe hacer, la culpa no es suya sino de quienes se agacharon para abrazarlo. No olviden cuando militantes y prensa aplaudían su incorporación a filas del MPP y lo eligieron senador de una fuerza que se suponía tenía definiciones populares. Moraleja: se debe mirar con cuidado el lomo que se está rascando, el chancho puede haberse revolcado en el barro. 

 

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