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DEFENSORES DE LAS BANCAS Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 1 jul. 2011 14:16 por Semanario Voces
 

 

  

No conozco al senador Jorge Saravia. Nunca lo ví en persona y no sabía de su existencia hasta que, patrocinado por el Pepe Mujica, apareció como candidato al senado por el Espacio 609. Cuando eso pasó y empecé a ver su fotografía en las páginas de los diarios, no sé qué me sorprendió más: si su asombroso parecido físico con Aparicio Saravia o que fuera candidato por el Frente Amplio.

Ahora se va del Frente y, al parecer, se queda con la banca.

La situación es ideal para tenerle bronca. “¡Al fin mostró la hilacha de trepador y oportunista!”, piensan muchos frenteamplistas, o “¿Viste, Pepe, eso te pasa por abrazarte con culebras?”.

Repito: no conozco a Jorge Saravia. No tengo motivos personales para tenerle simpatía ni antipatía. Eso sí, su actitud de irse del Frente y quedarse con la banca no parece la más prolija ni la más digna. Es decir, jurídicamente tiene derecho a hacerlo, porque –como todos los legisladores- fue electo personalmente para desempeñar el cargo. Pero, política y éticamente, es otra cosa, porque todos sabemos de quién son los votos que lo llevaron al Senado.    

Sin embargo, con todas esas salvedades, los argumentos con los que Saravia justifica públicamente su apartamiento del Frente Amplio merecen un análisis sereno, no diría que desapasionado, pero sí lo suficientemente imparcial como para extraer del episodio alguna enseñanza.

En su carta de renuncia dirigida al Presidente del Frente Amplio, Saravia sostiene que su alejamiento responde a que el proyecto político para el que fue convocado ha sido dejado de lado. Afirma que la educación carece de rumbo porque no se ha definido un rumbo estratégico para el país. Sostiene que los principales recursos y riquezas del país –entre ellos la tierra- están siendo progresivamente explotados por multinacionales a las que se “subsidia” para que hagan inversiones que igualmente habrían hecho si no se las “subsidiara” (probablemente con la expresión “subsidios” aluda a exoneraciones tributarias o a otros beneficios, como la concesión de puertos y de zonas francas.). Al mismo tiempo, denuncia que los elevados ingresos que está teniendo el país no se “derraman” en beneficio de las clases más humildes de nuestra sociedad y que no se ha dado impulso ni crédito a las pequeñas y medianas empresas nacionales que esperaban ser parte del “país productivo”. Para concluir, Saravia recuerda que no se ha hecho caso a sus propuestas en materia de defensa nacional y seguridad pública.

Los motivos alegados por Saravia no son muy originales. Por las mismas razones, una sensación de desconcierto campea en el ánimo de muchos votantes y también de muchos militantes del Frente Amplio. Votantes que probablemente desearían volver a votar al Frente Amplio, militantes que seguramente no se irán del Frente y probable querrían poder seguir militando en él.

No faltará quien diga: “¿Y cómo se mide el desconcierto?”, o “¿Qué pruebas hay de que exista?”.

Bueno, si por pruebas se entiende resultados electorales, datos estadísticos, o manifestaciones populares, no hay pruebas.

El problema es que, en política, cuando existen esa clase de “pruebas”, ya es tarde. Los problemas hay que “olerlos” antes de que se manifiesten en encuestas, manifestaciones públicas o derrotas electorales. Y basta dialogar un poco con personas de todos los pelos sociales y políticos para “oler” que algo no anda bien.

El gobierno no ha logrado hasta ahora transmitir un proyecto claro y generar confianza y entusiasmo por ese proyecto.

La prioridad de la educación quedó en palabras. El “país productivo” se ha convertido en sinónimo de grandes inversiones multinacionales que compran tierra y recursos naturales baratos y a las que se les conceden privilegios con los que no cuenta ningún emprendimiento nacional. No hay grandes políticas de inversión pública en proyectos productivos. La construcción de viviendas populares, como tema movilizador de la solidaridad popular, no ha dado el resultado esperado (tal vez no es esa la necesidad más sentida por la población). La gestión del Estado, en sentido amplio, presenta deficiencias y todo indica que a menudo se confunde el ejercicio arbitrario del poder con la capacidad de hacer y la claridad de propósitos Las políticas sociales siguen siendo asistencialistas: mitigan la miseria sin atacar las causas de la marginación social y cultural. Los problemas de seguridad pública siguen pendientes, sin que haya una estrategia clara para su solución. Y, sobre todas las cosas, falta en el país esa gigantesca bocanada de esperanza y entusiasmo colectivo que debería ser la atmósfera de un gobierno popular bien encaminado.

Los indicios de que estos problemas existen son abundantes. La carta de Saravia no hace más que decir públicamente lo que en filas frenteamplistas se murmura, o se acalla por compromiso militante, probablemente mal entendido.

Entre frentistas –de los que no se van-, el desconcierto se procesa de otra forma. Se traduce en cuestionamientos a la estructura orgánica. O en planteos de reformas estatutarias. O como conflictos entre “la fuerza política” y el gobierno. O como mero desaliento inorgánico.   

Sin embargo, hay muchas razones para pensar que el desconcierto no se solucionará con trámites formales ni reglamentarios.

Si el problema es ideológico, si falta un rumbo claro sobre lo que se quiere hacer, de nada servirá recomponer cincuenta veces el Plenario, darle más o menos representación a los Comités de Base o a los sectores politicos, ni cambiar los procedimientos formales.

No sabemos todavía a qué cosa adherirá el senador Saravia en el futuro–fuera de a su propia banca. ¿Quedará a la intemperie, intentando impulsar la interesante idea de un republicanismo popular y nacional? ¿Volverá al Partido Nacional, con su banca a cuestas, buscando en el lacallismo el nacionalismo popular y republicano que dice no haber encontrado en Mujica?

Para los frenteamplistas –para los que no nos iremos tan fácilmente- el problema es otro.

El proyecto que propuso Mujica durante la campaña electoral sigue siendo válido. Un país productivo -y no sólo de multinacionales-, una educación que prepare para participar en la vida ciudadana y en el país productivo, la noción de que la vida es algo más que acumular riqueza y gastar locamente en bienestar, y una actitud flexible, popular, creativa y descontracturada para encarar el futuro nacional, siguen siendo objetivos entusiasmantes para muchos.

La cuestión es retomarlos. Dar un golpe de timón y volver a los propósitos que Mujica prometió cumplir y para los que fue electo.

   

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