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De forma impulsiva y poco meditada Por Carlos Ramela

publicado a la‎(s)‎ 3 abr. 2011 15:02 por Semanario Voces



La verdad es que se está haciendo cada vez más difícil entender ciertas acciones del Presidente Mujica. Lamentablemente, sobre todo en los últimos tiempos, nuestro presidente parece estar pegando más en la herradura que en el clavo, incurriendo en una serie de errores que no sólo comprometen y afectan su imagen personal, sino también hasta la imagen de la propia institución presidencial que representa. La visita al Gral. Dalmao parece ser uno más de esos errores.

 

Algunos dicen que la intención de Mujica fue desviar la atención que recaía necesariamente sobre el escabroso tema del video, ese sainete impresentable que lo tuvo como actor principal. Si esa fue su intención, eligió pésimamente el tema y generó aún más dudas y suspicacias, erizando aún más algunas situaciones, vinculadas a la interna militar y a la problemática de los derechos humanos, que ya están, hace tiempo, al rojo vivo.

Algunos insinúan, como su compañero Fernández Huidobro, que el presidente podría estar mostrando su adhesión a la causa de Dalmao, ya que éste, en las actuaciones judiciales en las que fue procesado, “se estaría comiendo un garrón”.  Soy de los que coinciden con la teoría del “garrón”, pero si esa fue su intención, no me parece adecuado, más allá de esa realidad, que el Presidente de la República, titular del Poder Ejecutivo, manifieste su sentir de esa forma, presionando al Poder Judicial y haciéndole un flaco favor al principio de separación de poderes.

Otros dicen que fue una señal hacia los militares y que éstos habrían valorado positivamente su gesto. Si es así, su señal fue muy débil y los militares parecerían estar contentándose con muy poco,  lo que no deja de ser lógico si se considera que, a esta altura, poco o nada bueno pueden esperar de este gobierno. Si Mujica quisiera mandar una señal clara y contundente a los militares y a toda la ciudadanía, apostando a una verdadera reconciliación y a la búsqueda de soluciones que dejen atrás definitivamente el pasado, debería empezar por cumplir cabalmente la Ley de Caducidad (cosa que su gobierno y el anterior no han hecho) y debería oponerse claramente a los proyectos en danza para anular una ley que la ciudadanía avaló con su voto en dos oportunidades.

El propio Mujica, por su parte, dio a entender que su visita respondía a razones humanitarias o a su intención de comprobar “que lo del problema de salud de Dalmao no es un paco”. No sabemos si en su visita nuestro presidente le controló la fiebre, le tomó la presión o le hizo una ergometría de esfuerzo al supuesto enfermo, pero parece haber formas más lógicas y sencillas para que un Presidente de la República logre sus objetivos médicos. Lo humanitario siempre cae simpático y agrada, pero un Presidente debe mostrar su humanidad, con todos los uruguayos, de otra forma.

En lo personal creo que Mujica actuó, como es común en él, de forma impulsiva y poco meditada, con esa espontaneidad y hasta irreverencia que muchas veces se le reconoce y valora, sin asesoramiento adecuado o con uno francamente muy malo, al margen de todo rigor formal e institucional. Quizás su impulso derive de algunas de las supuestas explicaciones que hemos esbozado anteriormente, alimentando un desborde sentimental que no es ajeno a su estilo y a sus conductas más extremas.

Soy de los que piensa que detrás de esa improvisación y espontaneidad de Mujica se esconde una franqueza y una transparencia elogiable. Pero me preocupa, sinceramente, que su desorden y falta de libreto, sumado a su incontinencia verbal, termine por afectar, gravemente, la seriedad formal e institucional que debe enmarcar, necesariamente, la actuación del Presidente de la República.

            Algunos de sus allegados debería advertirle al presidente, por el bien de todos, que ha llegado el momento de bajar la pelota y terminar con los bolazos.    


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