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Dejar de actuar al golpe de balde Por Oscar Ventura

publicado a la‎(s)‎ 18 oct. 2013 9:42 por Semanario Voces
 

La primer reflexión es que todos enfrentamos este desafío sin tener la visión completa de las relaciones internacionales del país. No sabemos el acoplamiento que existe entre decisiones que se toman en un ámbito y las que se toman en otro. ¿Cómo afectan las concesiones en uno a las que se hacen en otro? ¿Cómo afectan las relaciones con un país, aquellas que se profundizan o cercenan con otro? No sabemos.

La segunda reflexión es para mejorar sería necesario que el gobierno dejara de actuar al golpe de balde. Esto es imposible. Quienes rodean al Presidente Mujica son reflejo de sus `preferencias y rechazos, de su personalidad. Las observaciones externas muestran que el Sr. Mujica es una persona incapaz de focalizar, que prefiere el desplazamiento continuo al trabajo sistemático, la reflexión filosófica superficial al desarrollo y ejecución de planes, la sugerencia al liderazgo, el relumbrón mediático al perfil bajo, las palabras y apariciones efectistas a las acciones eficientes y eficaces, el calor del fan al respeto del especialista. En definitiva, un showman popular y populista. Su gobierno, por ello, no puede más que mostrar las mismas características, relegando a quienes pueden resolver los problemas complicados relativos a la soberanía de un pequeño país –sea jurídica, diplomática o técnicamente—a un plano de meros espectadores.

No es distinta la situación de Argentina. En el caso particular, la cancillería –siguiendo, supongo, las instrucciones presidenciales—ha radiado sistemáticamente a sus mejores técnicos jurídicos, ambientales, fisicoquímicos y biológicos. Ha preferido la política servicial a intereses electorales de corto plazo y a las ambiciones personales, en lugar de atenerse al dictado de los especialistas con reputación probada en los distintos campos. Ha desestimado y silenciado informes calificados, como los del INTI o la Academia Nacional de Ingeniería, para preferir los de seudocientíficos serviles o asambleístas alienados. La diferencias grande entre esta postura y la uruguaya es que mientras que el Sr. Mujica desea desesperadamente ser querido y admirado, resolver los problemas “chamuyando” y hacer las cosas de la uruguayísima “masomeno” manera, en Argentina desean imperiosamente ganar exhibiendo su poder, demostrar que Uruguay sigue siendo su patio trasero, y resolver el problema aplicando la lógica imperialista de la dominación del país grande y fuerte sobre su vecino insignificante. Que, para más inri, si atreve a producir más carne y celulosa y tiene playas más lindas.

¿Qué hacer? Dejar de contemporizar. Medidas como no dar todo el aumento de producción o pedir un enfriamiento innecesario son concesiones válidas en una negociación, pero tonterías cuando se producen sin contrapartida. Poner la negociación en manos diplomáticas capaces y preparadas. Nuestro Embajador en Argentina no da la talla. Basar todas las resoluciones en argumentos científicos, jurídicos y diplomáticos irrebatibles y aceptados. No ya por Argentina, que está muy cerca de ser un paria internacional mientras no cambie su visión de que el mundo se mueve en torno a ella. Sino irrebatibles y aceptados por la comunidad internacional de democracias consolidadas y exitosas, que las hay y muchas en el mundo. Busquemos el apoyo no tanto de los misiles y portaviones del Tío Sam, sino del derecho internacional y la comunidad de países sensatos. Planifiquemos. Tengamos planes alternativos para todos los aspectos de nuestras relaciones con Argentina, sea la navegación de ríos compartidos, el turismo, el comercio o la pertenencia a organismos donde ese país pueda impedirnos perseguir nuestros legítimos objetivos.

Recuperemos nuestra soberanía nacional manteniendo relaciones puramente de trabajo y pertenencia al “barrio”. Olvidémonos de cualquier noción de patria grande o hermandad platense a nivel de gobiernos. Sigamos siendo amigos fraternos entre personas, pero olvidémonos de los abrazos entre presidentes. Seamos simpáticos y corteses, pero también formales y profesionales en las relaciones. Si los presidentes son amigos, tanto mejor. Pero no olvidemos que en primer lugar son funcionarios que deben representar y proteger de la mejor manera posible los intereses de los ciudadanos que los eligieron.

Recuperemos la dignidad de nuestra soberanía. No hay necesidad ni de abrazos ni de portazos. Pero sí de que cese una presunta “diplomacia” presidencial que lo único que nos ha traído ha sido prestar nuestro territorio para actos electorales como la inauguración del Tren de los Pueblos Libres, hoy chatarra, o la falsa inauguración de una planta que no funciona aún, con ilegítima atribución propia de un emprendimiento ajeno por parte de la Sra. Fernández y la inadmisible presencia de una claque juvenil peronista, bullanguera e irrespetuosa, algo que nunca se había vivido antes desde los tiempos en que logramos nuestra independencia.

Recuperemos el orgullo de ser orientales, apegados a la ley y respetuosos de la ciencia, y no vagones de cola de un tren traqueteante y sin destino, al que el Sr. Mujica corteja entrañablemente con la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.

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