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Del Conselhieiro al mecánico tornero por Andrés Berterreche

publicado a la‎(s)‎ 28 feb. 2014 7:07 por Semanario Voces

Hace muchos años cuando leí La Guerra del Fin del Mundo, quedé cautivado con el realismo mágico latinoamericano y en particular con todas esas historias épicas del nordeste brasilero. Enseguida tomé partido por lo de Canudos y su Conselheiro, a pesar de las diferencias ideológicas que podía tener con un movimiento así un agnóstico materialista dialéctico.

                La revancha épica de los desterrados del mundo, viviendo en comunidad con mucho de una sociedad en armonía, y entendiendo la importancia de defender esa comunidad hasta las últimas consecuencias, me emocionaba.

                Calculo que en la historia real, no la ficcionada, debería de haber diferencias y disidencias, que los efectos propios y adquiridos de esa muestra de la sociedad también tendría desviaciones y pasiones encontradas. Y eso rompió la frágil ilusión de la sociedad perfecta. De todas maneras hubo de ser necesario alrededor de cuatro incursiones militares, casi dos años de guerra y el aniquilamiento de la totalidad de la población de Canudos, miles de hombres, mujeres, ancianos y niños, para terminar con esa sociedad.

                Muchos años después, exactamente el año pasado, pude concurrir y conocer algo del nordeste brasilero. A partir de una reunión organizada por el Ministerio de Desarrollo Agrícola sobre Ordenamiento Territorial y Acceso a la Tierra, pude conocer algunas de las experiencias desarrolladas en el nordeste, más exactamente en el Estado de Ceará. Allí visitamos dos situaciones de aplicación de políticas de acceso a la tierra. Una de ellas era la asignación de tierras para el uso colectivo de una comunidad, en este caso una comunidad evangélica, que vivían y producían en forma colectiva. Gente humilde, que nos recibió cantando y nos convidó con sus productos mandioca y cajú. Intercambios con la gente del gobierno con críticas pero desde el reconocimiento de su situación. Alegría que se expresaba en el canto y el acordeón nordestino que terminaron en bailanta generalizada, donde se mezclaban campesinos religiosos, extensionistas con un claro perfil de Vía Campesina, representantes del gobierno y visitantes extranjeros del Mercosur y de Francia. Creí ver a la distancia una pequeña revancha de lo de Canudos. La otra experiencia fue la formalización de la propiedad de decenas de campesinos que vivían en tierras desde hace tres generaciones y que no estaban formalizadas. Muchos de ellos habían sido estafados por décadas cuando les vendían fracciones en títulos hechos en papel de cuaderno. Mantuve en ese momento, y mantengo hoy, que las reformas agrarias de carácter propietaristas no son sustentables a lo largo del tiempo en marco de países que viven en un sistema capitalista. Sostengo que en el largo plazo al final las fuerzas injustas del mercado terminan expulsando campesinos y concentrando tierras en propietarios poderosos. La historia de las reformas en américa latina así nos lo demuestra. Contra eso proponía el modelo de propiedad social de la tierra y usufructo de la misma a los productores familiares. Con estabilidad y hasta heredabilidad de ese usufructo siempre y cuando se cumplieran las condiciones puestas por el Estado. Pero ante la situación histórica y cultural no era posible otra cosa que lo que estaban haciendo, a riesgo de terminar en un bruto conflicto social con los mismos que se querían proteger. La capacidad de analizar estas situaciones y obrar con pragmatismo era reconocida por los campesinos, que juntos o separados, en voz alta o en susurros hablaban bien del gobierno del PT y en particular de la figura de Lula.

                Cuando el lunes de la semana pasada me comunicaron que iba a estar presente en la reunión entre Lula y nuestro Presidente, la verdad que fue de los hechos más importantes que se me dieron en mi militancia. Solo el poder ser un espectador privilegiado del diálogo de dos referentes de la izquierda latinoamericana en la bisagra de los siglos XX y XXI era un premio más que suficiente. Mientras esperaba recordé la anécdota de cuando un periodista, haciendo alarde de mala leche, le pregunto si él era marxista leninista y Lula le contestó: “Yo soy mecánico tornero”. Recordé también la veneración profesada por su pueblo en mi visita a Ceará. Y supe desde el primer momento que a pesar de la satisfacción de estar allí, las horas que fuesen, me iba a quedar con la sensación de que me iba a faltar tiempo para charlar con este personaje de nuestro tiempo.

                Al estirarle protocolarmente la mano me estrecho en un abrazo, pude escuchar decenas de historias de profunda emotividad sobre gente importante y sobre gente común, vi el cariño con el que trataba al Pepe, sentí que estaba comiendo un asado con uno de mis viejos amigos  de La Teja. Esta es la grandiosa escala humana del mecánico tornero.

                Pero también vi su sentida preocupación por la falta de avance en la construcción de un bloque latinoamericano, el conocimiento de la coyuntura de cada uno de los países de nuestra américa, visión crítica constructiva de todos nuestros procesos, el agudo análisis sobre los países llamados emergentes y las contradicciones con los países hegemónicos. Los riesgos y las oportunidades. Los 70 millones sacados de la pobreza, que como cantidad pone la piel de gallina; pero si hacemos el esfuerzo de ponerle cara de hombres, de mujeres y sobre todo de niños es una respuesta contundente de lo que han sido las políticas de izquierda en la región. En lo anterior vi la estatura de estadista del compañero Presidente Lula.

                Cuando lo despedí tres horas después confirmé que me había quedado con ganas de más. Que hubiera querido preguntar mucho más y dialogar más. Pero quedé con el absoluto compromiso de continuar y profundizar lo que estos compañeros empezaron. No por mi, ni mucho menos por la vanidad de sentirse bien con uno mismo. Sino por las decenas de millones de compatriotas latinoamericanos que aún esperan ser incluidos en el continente más desigual y tal vez más rico del mundo. Lamentablemente sin las certezas del Coselheiro, pero con las incertidumbres que da el paso firme hacia la tenue luz de la utopía.    


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