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De los sueños a la realidad Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 6 dic. 2012 11:25 por Semanario Voces
 

En mi columna anterior en Voces (“Pensando en el 2030 desde el `deber ser´”) comenté una parte de las reflexiones que compartí en un reciente evento de ACDE al cual fue invitado para pensar sobre el Uruguay del 2030. Esa columna fue escrita, como su título lo indicaba, desde el “deber ser”, es decir con una visión “normativa”. Pero existe otro punto de vista, que es el “positivo”, o sea desde el “ser”.

En aquel evento comenté a los participantes que no habría de quedarme en la visión normativa del tema planteado y que también abordaría el enfoque positivo, por lo que luego aporté mi opinión sobre la posibilidad de que se concretaran las políticas que nos condujeran al 2030 soñado.

Y si bien los sueños son personales e intransferibles, quizá puedan ser en gran medida compartidos por muchos cuando refieren a políticas públicas y más aún, a objetivos de largo plazo para la sociedad en la que vivimos. También es personal e intransferible, pero igualmente puede ser compartida, la visión desde el “ser”, es decir la visión positiva que me propongo compartir aquí y ahora con los lectores de Voces.

Recordemos en primer lugar que en el evento referido se nos plantearon tres preguntas como guía para el desarrollo solicitado: ¿Qué Uruguay aspiramos a tener en 2030?; ¿Qué objetivos de mediano y largo plazos deberíamos plantearnos para eso?; y ¿En qué aspectos principales debe enfocarse Uruguay y buscar excelencia para alcanzar los objetivos?

Ante ese planteo procedí a expresar mis aspiraciones, los objetivos que se desprenden de ellas y el menú de instrumentos que considero necesario utilizar para alcanzarlos.

Sólo voy a recordar algo más de lo que escribí aquí hace dos semanas. Las aspiraciones, más como ciudadano que como economista, que tengo para mi sociedad en un horizonte como el planteado consisten en ver a mi país camino al desarrollo, más igualitario y más seguro. Los objetivos que considero necesarios para ello implican crecer al doble de la tasa histórica y con un crecimiento más inteligente, que aproveche la localización del país y sus recursos naturales, que incorpore tecnología y cuide el ambiente, pero también implican establecer metas concretas en materia de igualdad y educación en niveles acordes con los que hoy tienen países referentes para el nuestro. Los instrumentos señalados fueron numerosos, pero se podrían resumir en “competir, focalizar y reformar”, como resumió recientemente The Economist en una columna que yo comenté aquí el jueves 25 de octubre (“Hacia un verdadero progresismo”).

Viene al caso ahora dar mi punto de vista “positivo” sobre el tema planteado, poniendo el foco en las chances reales que atribuyo a la concreción de las políticas que permitan alcanzar las metas y satisfacer las aspiraciones señaladas.

El punto de partida del análisis lo ubico en el reconocimiento de la existencia de consensos básicos en nuestros partidos políticos, más allá de discursos que buscan destacar perfiles propios. El común denominador a las políticas impulsadas por los sucesivos gobiernos de los tres partidos es mucho más amplio, si se lo analiza bien, de lo que muchos creen basados en discursos, debates y rencillas de todos los días. Pero la base de esos consensos tiene un límite que no ubico mucho más lejos de los niveles ya alcanzados.

Porque también forma parte de ese consenso, pero por la negativa, un conjunto de políticas en el que no se avanza. No veo en el horizonte (cercano, si quiero llegar bien a 2030), una reforma de la enseñanza pública que le devuelva el rol inclusivo que la caracterizó en el pasado, ni necesarias reformas pendientes en el sector público y adicionales a las ya realizadas en la seguridad social, ni una propensión a flexibilizar y desregular mercados y factores de producción, ni un acuerdo para introducir una regla fiscal que ayude a evitar la habitual prociclicidad de nuestras políticas económicas. Tampoco se perciben avances en el necesario (y enorme) shock de infraestructura que nos debemos ni en definir la inserción internacional óptima para nuestro país. Y hay otras  áreas, de “sintonía fina”, pero igualmente importantes, en la que los consensos son más difíciles: las políticas sociales, el sistema impositivo y la renuncia fiscal, la transparencia fiscal y financiera.

Nuestro país ha avanzado en la dirección correcta pero en forma lenta. Sin hacerse grandes goles en contra (como los suele hacer Argentina y los solía hacer Brasil) pero sin la comodidad que da jugar con un resultado holgado. Y como los contrarios también juegan, nuestro avance no es gran cosa. Al ritmo que venimos, 2030 no nos va a encontrar en mejores ubicaciones relativas que las actuales.

Y en los últimos 15 años hemos estado en el cielo (desde 2003) y en el infierno (1999-2002) y ni una situación ni otra nos ha llevado a reaccionar, a apretar el acelerador. Ni la mayor crisis ni el mayor auge que se recuerden en nuestra historia económica nos han sacudido la modorra.

Las agendas de los partidos políticos muchas veces no consideran lo debido, porque hacerlo implicaría romper status quos, lo que genera una oposición concreta de los perjudicados (generalmente visibles, ruidosos y asociados) frente a una infinidad de beneficiarios, atomizados, dispersos, sin voz.

Al igual que sucede hoy en casi todo el mundo, acá los liderazgos son acomodaticios y siguen el estado de la opinión pública y se ponen por delante de ésta, haciendo como si la lideraran cuando en realidad la siguen o en el mejor de los casos la acompañan. Ser líder implica hacer lo que se debe aún cuando la gente no lo entienda o no lo comparta y ser demagogo implica hacer lo que la gente quiera aunque no sea lo que se debe hacer. Acá, como hoy en todos lados, éstos ganan por goleada.

No percibo liderazgos reales que puedan lograr una masa crítica de apoyo o el mínimo consenso entre los dirigentes políticos como para encarar las reformas que las circunstancias requieren. Aún cuando los partidos políticos puedan coincidir, hay a priori mucho de “lo que viene de la vereda de enfrente es malo”: así, el FA reniega de una evidente continuidad de políticas de los PPTT y los demoniza, mientras que éstos critican las políticas del FA que denominan asistencialistas o al IRPF, pero que seguramente mantendrán en lo esencial si vuelven al gobierno. En el propio FA hay un serio divorcio entre socialdemócratas modernos y sectores retrógrados (según la RAE: “partidarios de instituciones políticas o sociales propias de tiempos pasados”).

La dirigencia política se muestra pusilánime (nuevamente acudo a la RAE: “falta de ánimo y valor para intentar cosas grandes”) y ha cedido el poder en la enseñanza, quizá algunos por debilidad y otros por convicción. Tampoco ha sabido o querido meterse con el sector público, no para achicarlo desde la ideología sino para mejorarlo desde la realidad. Y, por último, no sólo en estos casos la dirigencia política deja que el corporativismo enturbie los procesos de decisiones.

Por eso insisto en que para llegar como soñamos al 2030 se deben profundizar las políticas de Estado positivas, que tenemos unas cuantas, y fundamentalmente se deben revertir las negativas, las que implican consensos de hecho en cuanto a no hacer, no reformar, no cambiar. Los partidos políticos y sus principales dirigentes deben poner al pragmatismo por sobre la ideología, tomando lo mejor de cada vereda. Parte de la necesaria fusión, que no implica pérdidas de identidad pero que deja los perfiles para lo accesorio, debe ser ir a una adecuada relación entre Estado y mercado, con una mayor presencia del Estado como regulador y no como productor. Al decir de Enrique Iglesias, “un capitalismo de control, con más Estado y un mercado más regulado”. Razón de más como para procurar tener un Estado ágil e inteligente con funcionarios profesionales en el marco de un adecuado diseño institucional.

En definitiva, y acudiendo a un juego de palabras, mi visión “positiva” sobre las perspectivas de aquí al 2030 son, creo que fundadamente, negativas.

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