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DEMOCRATIZAR LA DEMOCRACIA Por Pablo Ney Ferreira*

publicado a la‎(s)‎ 21 sept. 2012 13:50 por Semanario Voces
 

Sin pretender ser alarmista, me parece que nuestras apacibles democracias occidentales están padeciendo varios problemas de funcionamiento. La crisis europea, los levantamientos en varios países árabes, el empuje populista en algunos países de Latinoamérica, y las dificultades de control institucional en una gran cantidad de países democráticos, sumados al retroceso de las garantías sociales del ahora añorado Estado de Bienestar, están haciendo mella en la credibilidad social del modelo democrático liberal.

            La idea democrática dominante denominada “democracia mínima”, o “democracia realmente existente”, con su talante pesimista sobre las disposiciones cívicas del ciudadano democrático, no parece ser suficiente para que una democracia reaccione en situaciones conflictivas. Los músculos democráticos hay que entrenarlos permanentemente para que funcionen correctamente en situaciones límite. Si no se ejercitan, o funcionan mal, o incluso pueden sufrir lesiones importantes que a veces pueden determinar problemas importantes en la estructura política de una comunidad.

            El tema es que los enemigos de la democracia están permanentemente alertas a cualquier fallo que la misma pueda tener, y las masas no siempre tienen la paciencia suficiente como para, en tiempos de crisis, actuar de forma calma y responsable, siendo el objeto ideal de los extremistas de turno. Esto aparece claro en varios países europeos,

 

 

 

 

 

donde varios partidos de extrema izquierda y extrema derecha han tenido importantes votaciones. Es bastante curioso, pero no recuerdo que en tiempos de calma democrática, de correcto desempeño y con un Estado de Bienestar prolijo, eficaz y eficiente, los partidos extremistas hayan tenido importantes caudales de votos o una importante expresión pública.

            Para poder cultivar esos músculos democráticos a los que me refería unas líneas antes, es que hay que “Democratizar la Democracia”. ¿Y qué significa esta aparente banalidad literaria?.

            El intelectual italiano Paolo Flores d’ Arcais, -nos cuenta el siempre interesante Fernando Savater- para dar solo un ejemplo de los nuevos pensadores que han salido al cruce de estos problemas, nos dice que “la ciudadanía no es un derecho adquirido en el que reposar sino una permanente exigencia de militancia, lo cual contraviene nuestros tiempos abúlicos, en los que muchos despotrican pero pocos están dispuestos a sacrificar algo de su comodidad en informarse a fondo y reunirse con otros para reivindicar los cambios necesarios. Sin embargo, piensa Flores d’Arcais, sólo hay democracia donde se lucha por la democracia. Un combate que pasa por enfrentarse a toda ilegalidad, privada o institucional, por exigir respeto a la verdad de los hechos y laicismo que separe la esfera pública de cualquier dogma religioso, defender la lógica racional y la ilustración en todos los planos, suprimir la influencia corruptora del dinero en el horizonte político y propiciar la redistribución constante de la riqueza a través de un Estado que no renuncie a procurar el bienestar de la mayoría, así como una fiscalidad vigilante y progresivamente progresiva, etcétera... En cuanto al plano moral de la democracia, el resumen de su ética es la coherencia entre lo que conocemos, lo que deseamos y la forma en que nos comportamos socialmente. ¿Un repertorio de sueños e ilusiones? Quizá lo ilusorio sea imaginar que seguiremos en democracia si renunciamos a ellos.”

            Evidentemente que estamos en el terreno del deber ser democrático, los ciudadanos sin embargo, permanecen abúlicos y le dan la razón a los que proclaman que esa democracia mínima es la única posible, y que cualquier intento de democratizar la democracia sería inútil ya que va en contra de la naturaleza humana y de la verdadera condición del individuo, que es el autointerés y el egoísmo.

            Ese pesimismo antropológico en el que caen las versiones más radicales del liberalismo no me parece que sea el adecuado como para edificar una democracia en serio. La democracia es una compleja construcción institucional y moral, y su protagonista, el ciudadano, tampoco viene armado de fábrica, sino que hay que formarlo. Si además de todo, no le brindamos instancias donde pueda ejercer cívicamente como un ciudadano, ese pesimismo antropológico puede convertirse en una realidad que puede costarle muy cara a la vida democrática.

            Porque, y parafraseando nuevamente a Savater, “nada se hará, si creemos que nada puede hacerse”.

 

*Candidato a Doctor en Ciencia Política Universidad Complutense de Madrid

           

 

           

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