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De ranas, escorpiones, pollos y langostas Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 17 ago. 2012 6:19 por Semanario Voces
 

 

Inspirado en la recurrente alusión del Presidente a los sapos y a las culebras que, según él, debe estar dispuesto a deglutir en función de sus objetivos (en reiteración real, en lo que a la relación con la señora K refiere), voy a referirme hoy a tres “historias” que involucran elementos del reino animal. Dos de ellas se refieren, como en los frecuentes dichos presidenciales, a batracios, en una de ellas acompañado por un escorpión. La tercera, en cambio, alude a pollos y langostas, pero al plato.

Naturalmente, traer hoy a Voces estas historias no es casual: como verá el lector, las tres tienen mucho que ver con aspectos relevantes de la coyuntura económica y política de nuestro país.

Veamos el primer caso, que se utiliza como ejemplo universitario en modelos de oligopolio dentro de la teoría de juegos. Diez amigos salen a cenar en un restaurante que ofrece dos platos: pollo y langosta. El pollo cuesta $ 100 mientras que la langosta $ 500. Normas sociales exigen que se reparta la cuenta entre los diez amigos, pagando todos lo mismo, sin importar si ordenaron pollo o langosta. Además todos deben elegir pollo o langosta y se considera de pésimo gusto no pedir nada o retirarse de la mesa antes de que llegue la cuenta.

Desde el punto de vista individual el cálculo sería el siguiente. Si pido pollo y entre los demás hay al menos uno que pide langosta, pagaré por mi pollo entre $ 140 y $ 460 (según sean entre uno y nueve los que piden langosta). Y si en cambio pido langosta y entre mis amigos hay al menos uno que pide pollo, pagaré por mi langosta entre $ 460 y $ 140 (según sean entre uno y nueve los que piden pollo). En cualquier hipótesis el pollo me saldrá más de lo que cuesta y la langosta menos. En cualquier caso estaré subsidiando a mis amigos si pido pollo y en cambio ellos me subsidiarán si pido langosta, salvo que los diez pidamos lo mismo. Por lo tanto pediré langosta.

De este modo, si todos actúan racionalmente, la cuenta les costará $ 5.000. En cambio, si la regla hubiera sido que cada cual se pagara lo que consumía, les habría costado considerablemente menos. Ahí está la cuestión: la regla y su diseño sesgan las decisiones. Por eso los economistas siempre insistimos con hablar del diseño institucional y de los incentivos, de modo que no sean perversos y no afecten los objetivos que se persiguen.

Hay varios ejemplos de diseños institucionales a tener bien definidos para no errarle. Por ejemplo, las asignaciones familiares, que deben ser suficientes para atender las necesidades básicas de la población objetiva pero no tan elevadas como para desincentivar al perceptor de buscar trabajo y mejorar su capacitación. Otro ejemplo lo constituye el establecimiento de precios monopólicos en la provisión de un bien o servicio, como es el caso de los aranceles profesionales, que si se cumplieran al ciento por ciento eliminarían la competencia. O el diseño del sistema de enseñanza pública, al cual se le dan crecientes recursos sin establecer metas y objetivos en materia de resultados de deserción, repetición, etcétera.

Veamos ahora el segundo caso, que involucra a una rana y está tomado de “La Quinta Disciplina” de Peter Sange. Si ponemos una rana en una olla hirviente, inmediatamente intenta salir. Pero si ponemos la rana en agua a temperatura ambiente, y no la asustamos, se queda tranquila. Cuando la temperatura se eleva...a 26 grados...incluso parece pasarla bien. A medida que la temperatura aumenta, la rana está cada vez más aturdida...se queda ahí y hierve. Su aparato interno para detectar amenazas...está preparado para cambios repentinos en el medio ambiente, no para cambios lentos y graduales.

¿A qué viene esto? Así como la rana no percibe el muy lento y gradual aumento de la temperatura, que a la larga terminará con su vida, pero sí saldría de la olla a los saltos si el agua ya estuviera hirviendo, lo mismo sucede con las sociedades cuando ellas viven procesos graduales y no súbitos de deterioro. Y no me refiero en este caso sólo al deterioro económico sino especialmente al social, cultural y político.

En el ámbito económico todos estamos en mayor o menor medida conformes con la macro pero es en el ámbito de la micro donde se acumulan acciones y omisiones que son las que definen la tasa de crecimiento a largo plazo del país, para cuando el viento de cola haya cesado o, más aún, haya virado y esté viniendo desde proa. Y en ese ámbito el deterioro ha sido gradual y casi imperceptible, pero cierto. En una próxima columna en Voces podré abundar al respecto.

Pero también hay un deterioro gradual pero relevante en el terreno social, que algunos para sacar la pata del lazo atribuyen a herencias malditas que a esta altura han prescripto o sitúan en determinadas fechas o períodos para evitar reconocer que se trata de un proceso gradual y sistemático, con más base cultural que económica. Me refiero a la exclusión que excede largamente (más que duplica) a la pobreza y a la creciente brecha entre uruguayos en materia de capital humano y perspectivas de generar ingresos. Mucho de esto tiene que ver con temas como el del pollo y la langosta, pero se aplica a este segundo caso por lo gradual y persistente del deterioro y por el acostumbramiento de la sociedad a tener en su seno esta situación sin que la temperatura del agua asuste, aún cuando ya pasó los límites de tolerancia. Como la rana, nos encontramos aturdidos y no nos damos cuenta de la gravedad del problema. Y por lo visto nadie tiene la fórmula que lo resuelva.

Por último, la fábula del escorpión y la rana, que se atribuye a Esopo. Cuenta la fábula que un escorpión le pide a una rana que le ayude a cruzar el río. La rana teme que el escorpión la pique pero éste le promete no hacerle daño ya que de hacerlo, morirían los dos. La rana entonces accede y deja al escorpión subir a su espalda, pero cuando están a mitad del trayecto éste la pica. Ante esto, la rana pregunta, incrédula, cómo ha podido hacer algo así, dado que ahora ambos morirán. El escorpión se disculpa y le responde que no ha tenido elección, ya que era su naturaleza hacerlo.

Así, un día se invita a cientos de empresarios al hotel cinco estrellas más representativo de lo que antes se decía aborrecer y se les promete mantener las reglas de juego.  Y se les vuelve a invitar un año después para volver a asegurarles lo mismo. Pero luego se empiezan a cambiar esas reglas. También se busca reglamentar los contenidos de los medios locales de televisión con argumentos de valores y de protección al menor cuando se puede acceder en los mismos horarios a todo tipo de programación de origen externo. Por lo que más que argumentos parecen ser excusas para la intervención y la censura. Se llega al extremo de confesar sin tapujos la realidad conceptual que está detrás del golpe a Paraguay con el pretexto de un golpe en Paraguay y se empieza a entender mejor todo: “lo político está por encima de lo jurídico”. Y entonces la mesa queda servida, sin el comensal molesto, para que Venezuela entre, no por la puerta ni por la ventana, sino por la claraboya. Es, como en el caso del escorpión, cuestión de naturaleza.

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