Artículos‎ > ‎

DERECHOS HUMANOS y POSTDEMOCRACIA Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 8 abr. 2011 6:21 por Semanario Voces



En la India, millones de vacas (que son sagradas) vagan por el campo y las calles, mientras que las personas pasan hambre. En Occidente, en cambio, se mata a las vacas en establecimientos industriales. Igualmente, millones de personas pasan hambre.

En algunas zonas de África, las mujeres usan un velo que les cubre la cara; en otras, andan tranquilamente en público con los senos al aire. En Francia no se puede ir al liceo con velo, pero una mujer puede ser arrestada si anda por la calle con los senos al aire.

En ciertas regiones de África, a las niñas se les amputa el clítoris. En todo el mundo, incluido el Uruguay, los judíos practicantes les cortan el prepucio a sus hijos varones.

En Perú y en Bolivia se cultiva y mastica la hoja de coca como acá se toma mate. En otros lugares se puede ir preso muchos años, o ser ejecutado, por cultivar coca o poseer alguno de sus derivados.

En China, donde cada pareja puede tener sólo un hijo, suelen matar a las niñas recién nacidas y tirar sus cadáveres en la calle. En otros países está prohibido maltratar a las mascotas y hay cementerios especiales para ellas.

En estos momentos, en Libia están cayendo bombas. En Irak y en Afganistán también. A Irak y a Afganistán los bombardean porque un presidente norteamericano (blanco) decidió hacerlo, y, después, otro presidente norteamericano (negro) decidió seguir haciéndolo.

Desde la invasión, en Irak y en Afganistán ha muerto casi un millón de personas. En Libia todavía no sabemos.

Al gobernante libio lo condenó la ONU. A los presidentes norteamericanos (al  blanco y al negro) nadie los condenó.

 

DIVERSIDADES

¿Qué tienen que ver todos esos hechos entre sí?

Ponen en evidencia la diversidad del mundo. Diversidad de creencias, de costumbres, de crueldades, de riqueza, y también de poder.

Muchos partidarios de “la diversidad”, ya sea racial, sexual, religiosa, etc., maticen siempre sus convicciones estableciendo límites. La frase típica es: “Bueno, no todo puede estar permitido; algún límite tiene que haber”.

Eso suele significar que está bien que los indígenas usen trajes típicos, pero no que reclamen sus tierras ancestrales; que está bien que las mujeres usen “soutien”,  pero no que usen velo; que es terrible amputar clítoris, pero no tanto cortar prepucios; que vender cocaína es un crimen internacional, aunque no necesariamente lo sea contaminar la atmósfera y los mares con desechos industriales; y que practicar la “guerra santa” es “terrorismo”, en tanto no lo es bombardear países enteros matando a miles de personas.

¿De qué dependen los conceptos de “bien” y de “mal”? ¿Qué hace que una conducta sea violatoria de los derechos humanos, y otra, que mata, mutila, o humilla a las personas en igual o mayor grado, no sea percibida como tal?

Me pregunto qué ocurriría si alguna de las culturas no dominantes (distintas a la dominante cultura europea) adquiriera de pronto el poder de imponer sus creencias y costumbres como patrón universal de conducta (la hipótesis no es descabellada, dados algunos procesos económicos mundiales).

¿Se imaginan que la cultura hindú prohibiera en todo el mundo la faena de vacunos como un crimen repugnante? O que los musulmanes impusieran el velo y la prohibición del alcohol. O que las culturas africanas o amazónicas decretaran que cubrirse el torso es tan represivo y discriminatorio para la mujer como el uso del velo.

 

¿EXISTE “LA HUMANIDAD”?

Hasta hace pocas décadas, las cosas eran sencillas. Cada cultura, en su región del mundo, se ocupaba de decir qué estaba “bien” y qué estaba “mal” y, en consecuencia, qué estaba permitido y qué estaba prohibido.

No es que no hubiera conflictos. Por cierto, guerras siempre hubo. Pero era claro que cada país entraba en guerra en defensa –o a la conquista- de sus propios intereses. Incluso los nazis –hasta ahora villanos indiscutidos de la película universal- desataron la segunda guerra mundial en aras de la superioridad de la raza aria, asumiendo que el resto de la población del planeta (excepto los japoneses, supongo, y por un ratito los italianos) padecía de una degeneración incurable que hacía aconsejable su sumisión o su exterminio.   

Que un montón de alemanes armados lo acusen a uno de degenerado y pretendan someterlo, o mandarlo a un horno de gas, no es agradable, claro. Pero uno puede decir y decirse “nazis de m… les vamos a hacer meterse la superioridad aria en un lugar del cuerpo en la que no da el sol”.

Cosa muy distinta es que a uno lo gobiernen, o lo bombardeen, en nombre de “La Humanidad”.

La creencia de que existen unos “derechos humanos” universales, iguales para todas las personas, requiere la existencia de esa cosa abstracta llamada “La Humanidad”.

Y, ¿qué es “La Humanidad”? ¿Son los hindúes adoradores de vacas, o nosotros, los comedores de asado? ¿Los amputadores de clítoris, o los cortadores de prepucios? ¿Los bolivianos mascadores de coca, o los funcionarios yanquis que dicen combatir el narcotráfico? ¿Los fanáticos “ayatollahs” musulmanes, o los “célibes” sacerdotes católicos violadores de niños? ¿Los ecologistas, o las empresas mineras y agroindustriales que traen hambre y contaminación a millones de personas? ¿Los talibanes que organizaron el 11 de setiembre, o los EEUU que mantienen tres guerras simultáneas so pretexto de los derechos humanos?

Arrogarse la representación de “La humanidad” es una idea peligrosa, sobre todo cuando se pretende atribuirle la cara, los valores, el idioma y los intereses de una cultura determinada. 

 

POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS

Las actuales nociones de “Humanidad” y “derechos humanos” comenzaron a desarrollarse al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Fueron los grandes argumentos para condenar a los líderes nazis.

Las Naciones Unidas, fruto también de la correlación de fuerzas de ese mundo de postguerra, han sido el correlato institucional del discurso universalista, la cara institucional de “La Humanidad” y los “derechos humanos”.

Han pasado más de sesenta años desde entonces. Tiempo suficiente para evaluar los efectos de esa concepción universalista, que intenta hacer pasar a la variedad de culturas del mundo por el rasero único de valores supuestamente universales.

Durante ese período hemos vivido la más ingente concentración de la riqueza en los países centrales, en manos de quienes ya eran los más ricos: un proceso de desarrollo económico que sacrifica a multitudes y compromete la viabilidad del planeta; guerras devastadoras y dictaduras genocidas (en América sin ir más lejos). Pero lo peor está por venir.

 

HACIA LA POSTDEMOCRACIA

Tal vez el fenómeno más significativo de los tiempos de globalización que vivimos sea que, invocando a “La Humanidad” y los “derechos humanos”, pero también la “modernización”, la “eficiencia y la libertad de comercio”, amparado en ocasiones bajo el manto de las Naciones Unidas y de otros organismos supranacionales (recordemos a la OCDE), tiende a surgir  un poder mundial controlado por las potencias centrales y por sus intereses públicos y privados. Un poder que inicia guerras y tumba gobiernos, fija las políticas económicas, sociales, tributarias y los protocolos de “gobernanza” y de “buenas prácticas”, controla a las grandes cadenas de medios de comunicación y juzga en sus cortes a los Estados y a las personas.

Frente a ese poder, los Estados nacionales, sus gobiernos y sus leyes, pierden día a día autonomía.

No hay espacio en esta nota más que para señalar uno de los principales problemas que ese fenómeno apareja.

El problema es que ese esbozo de gobierno mundial no es democrático. Ningún poder tenemos los ciudadanos para elegir a sus autoridades, aprobar sus normas o controlar su gestión.

Las Naciones Unidas y La Corte Penal Internacional están controladas por cinco potencias (EEUU, Inglaterra, Francia, Rusia y China) que integran en forma permanente el Consejo de Seguridad y pueden vetar cualquier resolución. Huelga decir que estas potencias son también las que controlan al FMI y al Banco Mundial, y ni qué decir a ese club oligárquico que es la OCDE.   

Las guerras de Afganistán, Irak y ahora Libia, pero también lo que ocurre en Uruguay y en el mundo en materia de secreto bancario y de control de lavado de activos, pueden ser leídas como manifestaciones de ese poder mundial, en el que Estados Unidos y Europa tienen un papel protagónico.

Cabe preguntarse si la diversidad cultural y las democracias nacionales desaparecerán ante el embate universalista y centralizador. O si tienen un papel que cumplir para resistir y exigir la democratización de la futura organización del mundo.

Probablemente ese sea el gran tema político y jurídico de este siglo.    

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Comments