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DESDE EL HUESO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 19 dic. 2013 5:37 por Semanario Voces

 

Se termina el año (éste es ya el último “Voces” de 2013) y a todos, supongo, nos queda una larga lista de cosas que querríamos haber hecho y no pudimos hacer.

En mi caso, por ejemplo, me habría gustado agradecer todas y cada una de las muestras de preocupación, consideración, solidaridad y afecto que he recibido a resultas del accidente de tránsito que me causó fracturas y que, por unos días más, me tiene caminando con una muleta.

Disculpen que inicie el artículo con este tema, en apariencia tan personal. Porque mi gratitud va dirigida en primer lugar al círculo más cercano  de afectos y de amigos de toda la vida, que estuvieron allí, se preocuparon, me acompañaron y me cuidaron. Luego a quienes, en persona, por teléfono, por mail y hasta por facebook, me hicieron llegar su interés y afecto, incluidos quienes se hicieron presentes salteándose las vicisitudes y distanciamientos que puede imponernos la vida. Agradezco la paciencia y consideración de clientes y compañeros de trabajo que toleraron y/o suplieron mis imposibilidades y me dieron tiempo para recuperarme. Sin olvidar a algunos médicos y trabajadores de la salud que dedicaron tiempo extra a darme consejos valiosos y tranquilizadores.

Pero mi gratitud sería excesivamente privada –y, por ende,  de poco interés para los lectores- si no hablara de las actitudes consideradas que recibí en la calle, de desconocidos, de personas para las que yo era un extraño, simplemente un tipo con muletas. Hombres y mujeres que, en oficinas y comercios, me abrieron puertas y, para mi vergüenza, me ofrecieron pasar primero. Desconocidos que me ofrecieron ayuda para cruzar la calle. Taximetristas que, apagado ya el aparato “cuentafichas”, dieron vueltas para dejarme justo frente a la puerta del lugar al que iba. Gente desconocida que, al verme caminar con dificultad, me dirigía una mirada solidaria o cómplice y deslizaba alguna palabra de aliento.

Solemos decir –y creer- que vivimos en una sociedad dura y cruel, una sociedad egoísta, sin lugar para los débiles.

Nada más lejano de mi intención que reescribir “Un cuento de navidad”. Los que me conocen saben que no soy afecto a los cuentos moralizantes ni a las historias edulcoradas. Pero, si el deber principal de quien ejerce el periodismo es contar verazmente lo que ve, yo tengo que decir lo que vi.

Mi breve experiencia como lisiado me permitió descubrir una faceta poco conocida de los montevideanos de todas las edades y clases sociales: su capacidad de compasión, de con-dolerse ante el sufrimiento o la dificultad ajenos.

Uno no debe generalizar su experiencia particular. Es decir, no niego que en la sociedad uruguaya ocurran cosas terribles y que la enfermedad y la discapacidad sean a veces víctimas de abusos atroces. Pero tuve la suerte de no ser víctima de ningún abuso. Nadie intentó robarme, o estafarme, o agredirme aprovechando mi transitoria incapacidad física, nadie se irritó, ni siquiera, por mi lentitud de movimientos. Por el contrario, recibí mucha paciencia y mucha ayuda desinteresada.  Eso me hizo sentir que subsiste en nosotros, los uruguayos, algo esencialmente sano y solidario. Y siento el deber de decirlo, aunque pueda confundirse con una historia navideña más.    

Mis asuntos pendientes de este año abarcan, en lo periodístico, al menos otras dos cosas.

Una es responder a una nota de Pablo Mieres, en la que, contestando a una columna mía, según la cual muchos frenteamplistas desconformes estarían considerando votar en blanco o anular su  voto en las elecciones nacionales, Pablo sostuvo que los frenteamplistas desconformes deberían  votar al Partido Independiente o a alguna de las opciones de izquierda no frenteamplista.

Mi otra tarea pendiente es comentar el libro “Los sueños de la razón”,  de Hebert Gatto. Analizar un libro que estudia el socialismo, la democracia y el totalitarismo, y que defiende con alto nivel teórico los fundamentos de una actitud política, en este caso los del liberalismo,  es a la vez una tarea estimulante y desafiante.

Por suerte, la vigencia e interés del libro de Gatto son intemporales. Y, en cuanto a la nota de Pablo, sospecho que todo el año que viene estará, en buena medida, dedicado a debatir sobre opciones electorales. De modo que febrero no será tarde para comentar los dos temas con la dedicación que merecen.

Vivimos en un país en el que el futuro electoral parece casi definido, pero que, sin embargo, debe adoptar aún grandes decisiones político- sociales. La enseñanza, la seguridad pública, la economía, la salud, la minería, la bancarización, la marihuana, entre otros temas, aguardan decisiones políticas y reglamentaciones jurídicas.

Esos han sido los temas durante todo el año. Tal vez por eso, en este último contacto del año, quise compartir con ustedes este modestísimo testimonio de algo menor pero más alentador. Porque la forma en que la gente trata en la calle a los débiles y enfermos es muy reveladora de las características de una sociedad. Es una actitud pre-política, pero a la vez determinante de muchas actitudes políticas. Y mi breve y poco significativa experiencia es que en la sociedad uruguaya  hay reservas importantes de solidaridad humana. Ojalá la vida política fuera capaz de expresarlas en formas objetivas y sensatas de justicia social.

Para terminar, quiero contarles que anoche (por el lunes) fue la despedida del año de “Voces”. 

Cuando uno lleva ya muchas despedidas de año encima, aprende a reconocer cuándo los encuentros son un ritual vacío, un compromiso más en la agenda de diciembre, y cuándo son verdaderos, la celebración de la alegría de creer y trabajar juntos, compartiendo al menos una parte de la vida.  Saben de lo que hablo, ¿no?

Bueno, el encuentro de anoche fue de los segundos.

No voy a dar nombres porque cometería olvidos e injusticias. Basta saber que había varias decenas de personas de muy diferentes edades, profesiones, trayectorias vitales e ideologías, algunos nuevos y otros muy antiguos colaboradores del semanario.

En diez años, el tradicional “chorizo anual de Voces” se convirtió en un suculento y bien regado asado, en el que, por suerte, siguen reinando el humor y la irreverente independencia, que son la marca de fábrica de “Voces”.

Y quiero resaltar lo de la independencia. Porque “Voces”, al decir de José Luis Baumgartner (que tuvo que faltar al asado con aviso) es un “refugio de sueltos”. Un ámbito y una sensibilidad de izquierda que, con independencia, acoge y permite expresarse a muchos matices del pensamiento uruguayo.

Si, como se ha dicho, la izquierda suele tener dificultad con la libertad y con el pluralismo, “Voces” es la demostración de que esa dificultad es un error, un malentendido, o un acto de mala fe. La confirmación de que, por el contrario, la independencia, la libertad y la irreverencia son esenciales a la actitud política y cultural “de izquierda”.    

Nada más –y nada menos- tengo para decir hoy. Pido disculpas si en esta nota abusé de las referencias personales y subjetivas.

Dicen que cada año bien vivido es un aprendizaje. De modo que este fin de año, cuando levante mi copa, tendré más presentes que nunca a quienes sufren dolor y enfermedad, y, sobre todo, a quienes los sufren en soledad y pobreza.

Eso no impedirá que sienta alegría, pero confío en que hará a mi alegría más respetuosa, humilde, agradecida y profunda.

Buen año para todos. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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