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DIME DÓNDE MUERES Y TE DIRÉ CUÁNTO VALES Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 26 abr. 2013 11:59 por Semanario Voces
 

 

Las bombas que estallaron hace un par de días en Boston, las balas que vuelan desde el domingo en Caracas, y las invasiones militares a Irak, a Afganistán y a Libia tienen algo en común: causan muertes. Pero no cualquier clase de muertes. Son muertes-argumento. Muertes con un valor adicional. No son el simple fin de la vida. Son el principio de uno o de varios discursos políticos.

Todos sabemos que los muertos venezolanos serán una especie de “boomerang”, que gobierno y oposición se tirarán mutuamente por la cabeza, sin que pueda saberse con certeza todavía en qué cabeza golpearán.

Los muertos y heridos de Boston son por ahora un poco misteriosos. Pero no es difícil imaginar que, si puede asociárselos con alguna clase de operación terrorista extranjera, el camino para alguna nueva guerra o invasión quedará abierto y legitimado.

Los muertos iraquíes, afganos y libios, en cambio, son otra clase de muertos y, al menos en la prensa y en la política occidentales, dan lugar a otro tipo de discurso. El discurso del silencio.

Otra cosa que tienen en común esos episodios en apariencia tan disímiles es que despiertan el interés de la prensa. Un interés que dista de ser equitativo.

Según la prensa internacional (occidental) las bombas de Boston causaron exactamente tres muertes y 176 personas heridas; los enfrentamientos postelectorales en Venezuela dejaron como saldo, hasta el martes, siete muertos, 61 personas heridas y 135 detenidas; en tanto las invasiones militares a Irak, a Afganistán y a Libia, algunas de las cuales empezaron hace más de diez años, dejaron… bueno, ese dato no está tan difundido. Se sospecha que son cientos de miles de muertos, probablemente bastante más de un millón. Y de heridos ni hablemos. Pero la prensa occidental no da cifras precisas y no insiste demasiado en ello.

Otro aspecto curioso es el diferente grado de intimidad con las víctimas que puede lograr el lector o espectador de las noticias. Hoy todos sabemos que en Boston murió un niño de ocho años que esperaba abrazar a su padre después de la maratón. Sabemos su nombre, vemos su foto en internet, conocemos el sufrimiento de su familia. También sabemos de un héroe con sombrero de “cowboy” que ayudó a rescatar a las víctimas.

Los muertos venezolanos son un poco más impersonales. Si indagamos un poco podemos averiguar el nombre de uno o dos de ellos. Y a lo sumo saber que se discute si todos eran o no chavistas.

De los cientos de miles de muertos iraquíes, afganos y libios no sabemos nada. Para la prensa internacional (occidental) son “daños colaterales”. No sólo no hay cifras. Tampoco hay nombres, ni fotografías, ni historias dramática, ni niños muertos cuando esperaban encontrarse con sus padres.

En forma cada vez más nítida, las cadenas de prensa, las agencias internacionales de noticias, son la punta de lanza de la estrategia de ciertas potencias occidentales.

Basta recordar que, antes de que sus respectivos países fueran invadidos, y ellos y sus familias asesinados o ejecutados, Hussein y Gadafi fueron demonizados por la prensa. Pocos meses antes de esas invasiones, un día sí y otro también, la prensa internacional empezó a “descubrir” las crueldades, excentricidades y ferocidades de gobernantes que habían estado en el poder durante décadas, con el beneplácito de los gobiernos estadounidenses y europeos y el silencio de la prensa..

¿Por qué descubrir cuán terribles eran seis meses antes de que se los invadiera?

La razón es obvia: había que preparar a la opinión pública mundial para que aceptara e incluso saludara con alivio las invasiones, bombardeos y asesinatos.

Por la misma época, la prensa occidental informó sobre la existencia de una “primavera árabe”,  supuestamente liderada por una oposición democrática, liberal y prooccidental. ¿Por qué, entonces, todos los cambios políticos ocurridos en el mundo árabe parecen confirmar el ascenso de corrientes musulmanas fundamentalistas o al menos más fundamentalistas que los gobiernos derrocados?

¿Hubo “primavera árabe”, o fue un invento para justificar las intervenciones militares?

La tapa del diario “El País” (el uruguayo, no el de Madrid) fue encabezada el martes de esta semana por fotos de las víctimas de los atentados de Boston y un titular que hablaba de “tragedia”. Titulares similares publicaron otros diarios en el mundo.

¿Por qué un atentado en EEUU es una tragedia mundial y la muerte sistemática de personas en los países árabes invadidos es comunicada con menos emoción que el estado del tiempo? ¿El nuevo atentado en los EEUU irá a ser usado como justificación de alguna nueva guerra o agresión?

El asunto compromete la responsabilidad de los periodistas uruguayos.

¿Podemos seguir reproduciendo las noticias del mundo tal como las envían las agencias internacionales? ¿No nos estaremos prestando a un juego manipulador que tiene por destinataria a la opinión pública mundial? ¿No será hora de investigar más y jerarquizar la información con criterio propio?

El problema no es sólo de los periodistas. También los destinatarios de las noticias, los lectores, radioescuchas, televidentes y navegadores de internet, deberíamos aprender a leer entrelíneas, a descubrir cuándo la información es en realidad manipulación.

Todo indica que las guerras del Siglo XXI no empezarán con declaraciones formales de hostilidad, ni con bombardeos e invasiones territoriales. Empezarán con bombardeos mediáticos, formadores de opinión, tan o más temibles que las bombas tradicionales 

 

   

 

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