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DISCUTIR CON INFORMACION Por Juan Martín Posadas

publicado a la‎(s)‎ 7 sept. 2012 16:38 por Semanario Voces
 

    Entender de economía no es para todo el mundo; más bien es para pocos: hablar de economía es territorio abierto. Las opiniones sobre economía son parte del estado de la opinión pública. Por eso todos metemos cuchara en las discusiones sobre economía. Yo voy a hacer eso en los párrafos que siguen pero mi propósito –lo anuncio desde ahora- no es zanjar ninguna de las discusiones habituales sobre políticas económicas sino desmontar simplificaciones y rebatir la falta de información.

 

La discusión básica sobre economía gira en torno a dos polos: capitalismo- socialismo (o comunismo; aunque después de los sucesos de notoriedad en la Unión Soviética, éste concepto ha pasado a una discreta retaguardia). En esos términos el problema me parece mal planteado. En un caso se trata de un sistema económico y en el otro de una visión global de la sociedad y de la historia. Lo correcto, si queremos referirnos estrictamente a sistemas económicos, es la discusión entre economía de mercado y/o economía centralmente planificada.

         En el mundo anglosajón decir que alguien es socialista equivale a insultarlo. En Uruguay el insulto es decir de alguien que es un capitalista. Esto demuestra que una discusión en este campo va a estar cargada de pasión y de prejuicio.

         En los tiempos que corren tiene lugar un descalabro económico importante en la parte del mundo en cuyos arrabales vivimos los uruguayos (el mundo cuyos libros leemos, cuyos idiomas hablamos o aprendemos, de cuyos solares vinieron nuestros abuelos y hacia donde emigran nuestros hijos). Ese descalabro ha generado por aquellos pagos de Europa y Estados Unidos que mucha gente esté indignada con la situación económica. Como en Uruguay pasa lo contrario, esa circunstancia ha hecho renacer, con un sesgo complaciente de “ya les decía yo”, las críticas al capitalismo y las viejas profecías respecto a su inevitable y ahora sí inminente ocaso.

         El desquicio económico actual en los países centrales es dolorosamente real: las pérdidas son enormes y el daño es visible. Pero –y este es el cerno de mi atrevida ponencia- eso no es imputable al capitalismo ni a la economía de mercado. Lo que ha sucedido es producto del desarrollo científico y tecnológico actuales y de la forma de producir y comerciar que ese desarrollo hace posible e impulsa. En un sistema capitalista o en uno dirigista y sin mercado, el final será el mismo (aunque en ningún caso sea propiamente el final, pero ese es otro asunto).

         El avance científico y tecnológico que registra el mundo permite un volumen y una multiplicación gigantesca de la producción de bienes y servicios. Eso genera una masa igualmente gigantesca de dinero que anda dando vueltas por el planeta buscando aplicación (para ser invertido o para ser prestado). El consumismo es el producto directo (y necesario) de la conjunción de ambas cosas. Esto es una locura, impulsa comportamientos irracionales, ¡sí señor! Pero esa es la lógica económica y la racionalidad funcional de este sistema actual. El capitalismo clásico, el que Don Carlos se tomó tanto trabajo en estudiar y criticar, no es el de ahora. Aquel se basaba en el ahorro, su lógica económica era la acumulación. El de hoy se basa en el no-ahorro, en el gasto (consumo), en el déficit, en el endeudamiento, el gasto siempre a cuenta; su lógica es la opuesta.

         Si alguna autoridad pudiera convencer a la gente a que adoptase un comportamiento económico a la vieja usanza, según la racionalidad del anterior sistema, (es decir, gastar sólo lo realmente necesario o lo que se puede pagar con los fondos que se tiene) el mundo caería en una crisis económica muchísimo mayor que la actual; cerrarían miles de fábricas y empresas, quedarían cesantes millones y millones de personas. Imaginemos por un momento las consecuencias del cierre mundial de la industria de los cosméticos, de la moda, del turismo, del espectáculo y entretenimiento, de la producción de todas las bebidas que no sean agua…etc.

         Los teléfonos son un aparato para comunicarse pero ya nadie quiere un teléfono que no saque fotos. Todas las proezas tecnológicas que se van pudiendo hacer se hacen porque es posible hacerlas, no por necesidad. Se hacen porque se pueden hacer y nada más. Después hay que venderlas y hacer que las quieran comprar. Y si la calesita se para todo se viene abajo; basta con que se enlentezca un poco para que empiecen los problemas. No es el mercado en sí lo que produce el problema.

         Los sistemas económicos se deben juzgar por lo que rinden en condiciones normales de aplicación y no por lo que sucede cuando se deslizan al exceso. Los excesos cometidos dentro de un sistema, y las consecuencias desastrosas que de ello pueden derivarse, no deben imputarse al sistema sino que van en la cuenta del exceso. Voy a poner un ejemplo que tiene todo el colorido meridional y es antecedente directo de la viveza criolla.

         Sicilia goza de una autonomía que le permite gestionar sus cuentas y quedarse con sus ingresos fiscales para sostener las escuelas de la isla y la atención de la salud. Ahora bien, el gobierno siciliano cuenta con 1.800 altos cargos (más que el gobierno británico), emplea 100.000 personas en una población de cinco millones (en esto el Uruguay le gana bien), los funcionarios públicos pueden jubilarse con 25 años de servicios recibiendo hasta el 108% del último salario. Sicilia actualmente debe a sus acreedores 7.000 millones de Euros. El Premier Monti le ha dicho al Presidente de la región Don Raffaele Lombardo (cabeza de una camarilla política sustentada en el acomodo y el clientelismo político) que le dará una asistencia de 400 millones, nada más, pero a cambio de que renuncie él y todos sus colaboradores. Es evidente que este zafarrancho en el reino de la mafia no tiene nada que ver con ninguna crisis del capitalismo ni de la economía de mercado. (Sospecho que Grecia es un caso parecido. ¿España?).

         Como no me gusta dejar cosas rengas me pregunto: ¿Cuál es el panorama en el otro lado? Una economía dirigida  en una era que ofrece las posibilidades y la dinámica de la tecnología moderna tampoco puede frenar el consumo a crédito; de hacerlo conduciría al atraso, a un tipo de sociedad pre-industrial (a un siglo XIV pero sin Leonardo Da Vinci ni Miguel Angel).

El colapso económico de la URSS, que provocó luego su desaparición política, tuvo excesos de corrupción, clientelismo y burocratización pero la semilla de muerte que carcomió su sistema de planificación centralizada se activó cuando allí también el desarrollo científico y tecnológico abrió enormes posibilidades para el crecimiento económico que no pudieron ser contenidas ordenadamente en los planes quinquenales o en las oficinas burocráticas partidarias. Aquel emporio de la economía planificada –la URSS- no era una sociedad atrasada: sin embargo se vino abajo porque el desarrollo tecnológico se lo llevó por delante, desautorizó la política sobre la que se asentaba, lo puso en un aprieto que tenía una sola salida: seguir la corriente de la exhuberancia productiva. Había corrupción y amiguismo (el sistema de economía planificada tiene en su entraña el veneno de la corrupción, como el sistema de mercado tiene el veneno de la codicia) pero la causa última está en la potencialidad económica que se genera de la ciencia y la tecno

 

logía modernas. Esos adelantos han creado otra economía y otra civilización para todos: aquel imperio preparado militarmente para resistir cualquier ataque, cayó sin que nadie de afuera lo empujara y Europa está fundida por la misma razón.

         La política es una tarea de convencimiento. Una política económica, por mejor concebida que esté, no tendrá éxito en su aplicación si no es comprendida o encuentra rechazo en la gente. Un pueblo poco informado corre peligro doble: puede aceptar cualquier dislate, cualquier venta de buzones o, al contrario, resistirse a medidas económicas que le proporcionarían provecho.

        

                                    

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