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DOS TRASPIÉS “CIENTÍFICOS” Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 10 oct. 2011 9:46 por Semanario Voces
 

 

 

 

 

Los lectores de esta columna están acostumbrados a encontrar en ella temas políticos, u ocasionalmente ideológicos. Sin embargo, esta semana la cosa será distinta.

Voy a ser sincero. A la hora de elegir tema, me encontré desmotivado. No había nada que rompiera los ojos como asunto imprescindible. Es decir, los problemas de siempre, tal vez agravados por el hecho de que la crisis, que golpea desde hace tres años a las economías más desarrolladas del mundo, empieza a llegarnos en forma de pérdida de valor de ciertos productos primarios e indicios de detención del crecimiento.

Pero, en fin, no soy economista, así que preferí revisar la prensa, tanto escrita como virtual, en busca de inspiración para la nota de hoy. Y, ¡menuda sorpresa! Encontré dos noticias, sobre temas en apariencia muy poco prácticos, que me dieron vuelta la cabeza.

Por un lado, tres científicos recibirán el premio Nóbel por demostrar que, en apariencia, el Universo se expande (o se disgrega) cada vez más aceleradamente, en lugar de más lentamente, como se creía hasta ahora. Por otro lado, otros científicos parecen haber descubierto que ciertas partículas (los neutrinos) podrían desplazarse más rápidamente que la luz, lo que hasta ahora se creía imposible.

Así de sencillo. De un día para otro, dos dogmas científicos que parecían inconmovibles se desmoronan ante nuestros ojos.

Usted, lector, se preguntará: “¿Y a mí qué?”.

Bueno, es cierto. Pensar que dentro de millones de años el Universo se apagará tal vez por frío y aislamiento no es cosa para salir a los alaridos. Tampoco lo es, quizá, que el mito de la insuperabilidad de la velocidad de la luz (y sus encantadores efectos, recreados a menudo por la ciencia ficcion) se haya venido abajo. De hecho, el ómnibus 103, que recorre 18 de Julio y 8 de Octubre, no se conmoverá por eso ni correrá ningún riesgo de entrar en una dimensión paralela por superar la velocidad de la luz.

El asunto es, sin embargo, que los dos hechos nos enfrentan a la relatividad de las “verdades científicas” en su mayor expresión. Ni hablemos de que las harinas, los huevos, la carne, el café y el vino, antes considerados atentados contra la salud, hoy sean alimentos recomendables como “antioxidantes” o “energéticos”.

Y ahora la frasecita insidiosa: ¿Y qué pasa con las “verdades científicas” de las ciencias sociales? ¿Cuánto hay de cierto y cuánto de falso en los dogmas de la economía, en los datos de las estadísticas, en los pronósticos de las ciencias sociales?

Pero no se asusten. Aunque Ud. no lo crea (¿se acuerdan de Ripley?), no pretendo hablar de ciencia, sino de democracia.

Hace más de veinte siglos, Aristóteles intentó dividir el saber en dos grandes categorías: “doxa” y “episteme”. “Episteme” era el saber científico, demostrable, apodíctico. Y “doxa” el saber contingente, opinable, plausible. Al primero se llega por demostraciones científicas. Al segundo por métodos discursivos, argumentativos.

No hay que ser un visionario para notar que, en tiempos en que todas las disciplinas humanas, la sociología, la politología, el derecho, la psicología, etc. etc. pretenden ser “ciencias” y usar métodos “científicos”, el espacio para lo opinable se reduce.

Hace pocos días, una jerarca intermedia del sistema educativo fue separada de su cargo por sostener en una entrevista que la homosexualidad es una enfermedad. En muchos países del mundo está prohibido elogiar o defender a la ideología nazi o poner en duda que el holocausto (un holocausto en particular, el cometido por los nazis) existió. Cada vez es más “políticamente incorrecto”, cuando no está legalmente penado, hacer alusión a características personales que tengan que ver con la raza, el sexo, o las convicciones religiosas de las personas. Cada vez es más innecesario argumentar a favor del reconocimiento de ciertos derechos, en particular los “humanos”. Son derechos “inherentes a la condición humana” y por tanto no se demuestran, ni se argumentan, ni se justifican: simplemente “son”, sin que nadie se esfuerce por explicar su origen o las razones de su vigencia.

En otras épocas, o en otros lugares, estuvo o está prohibido poner en duda la existencia de Dios, o afirmar la igualdad entre hombres y mujeres, o sostener que los seres humanos provienen de la evolución de la vida animal en lugar de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

La intolerancia no es patrimonio exclusivo de los ignorantes y de los reaccionarios. ¿Cuántas veces, lector, le cerraron la boca, o intentaron cerrársela, diciendo que lo contrario a lo que usted afirmaba había sido “científicamente demostrado”? ¿Cuántas veces los “científicos” de la economía nos dijeron que las leyes del mercado no podían ser alteradas sin provocar una catástrofe? ¿Y cuántas catástrofes se produjeron respetando las leyes del mercado? ¿Y cuántas verdades “científicamente demostradas” resultaron tan falsas como la imposibilidad de superar la velocidad de la luz o la de que el Universo fuera un todo en busca de equilibrio estable?

Lo que quiero decir es que los presupuestos de la vida democrática no son verdades “científicamente demostrables”. La libertad, la igualdad, los derechos, la misma democracia, no son hechos ni verdades. En realidad ni siquiera  existen. Son proyectos, propósitos. Deben ser construidos y recreados cada día, mediante el convencimiento, el diálogo, la pelea y la educación. Existirán sólo en la medida en que creamos en ellos y luchemos por ellos.

Por eso, algún que otro traspié de las supuestas “verdades científicas” no viene mal. Sirve para reafirmar que todas las verdades son provisorias y que las más importantes son y deben ser construidas.

Bienvenida una ciencia más modesta. Y bienvenidas unas prácticas sociales que no se dejen amedrentar ni siquiera por la soberbia de alguna “ciencia” mal entendida.    

 

 

    

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