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EDUCACIÓN, PLATA Y LADRILLOS Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 16 abr. 2012 12:59 por Semanario Voces
 

 

 

El Instituto Dámaso Antonio Larrañaga (o “IDAL”, o “Dámaso”, o “Hernán Pucurull”, según quién lo nombrara) tenía los baños casi siempre inundados, con los artefactos obstruidos o rajados, tenía vidrios rotos, puertas sin picaporte, paredes pintarrajeadas y, en la entrada, un busto metálico de Artigas, con la nariz desgastada por las manos de muchas generaciones de estudiantes, que jugábamos a creer que tendríamos suerte en los escritos si al entrar acariciábamos la nariz aguileña del prócer.

Sin embargo, en el Dámaso se aprendía. Eran épocas difíciles (hablo de fines de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado), pero se aprendía. Se aprendía historia, filosofía, matemáticas, educación cívica, literatura, cosmografía, química, inglés, francés. Y se aprendía qué cosa era una asamblea, que para hablar había que anotarse en la lista de oradores y que los delegados debían transmitir la opinión de sus representados. Entre manifestaciones, cumpleaños de quince, pintadas, “rabonas”, ocupaciones, partidos de fútbol y barriadas, se descubría que las compañeras de clase eran hermosas, que ciertas materias eran apasionantes, que algunos profesores eran “docentes con mayúscula”, personas que tenían para enseñar mucho más que sus respectivas materias, que las agrupaciones gremiales de estudiantes eran réplicas de los partidos a los que respondían  y se enfrentaban con métodos no siempre muy limpios, y que la policía y algunas organizaciones de extrema derecha, como la Juventud Uruguaya de Pie, podían invadir en cualquier momento el liceo e interrumpir a palazos, al mismo tiempo, las clases, los debates, la diversión y las maniobras gremiales.   

Evocada así, puede resultar una currícula un poco extraña. Pero juro que esa rara mezcla de enseñanza formal, militancia política y casi tonta picardía juvenil producía un efecto formativo interesante. Por ejemplo, recuerdo haber roto bancos y vidrios en alguna manifestación interna, pero también aprendí a manejarme en asambleas e instancias colectivas, descubrí la historia y la literatura como asignaturas y pinté todo el liceo por decisión gremial. Recuerdo haber perdido clases por huelgas o asambleas. Lo que no recuerdo es que nunca –nunca, jamás- se perdieran clases porque hubiera vidrios rotos o los baños se inundaran. Tal vez porque, cuando hay decisión de enseñar y voluntad de aprender, esas dificultades se superan sin grandes dramas.

Más de cuarenta años después, parecería que el mayor problema de la enseñanza fuera la mala condición de los locales de estudio. Poco a poco, los aspectos edilicios han ido disimulando a los problemas más sustanciales que afectan al sistema educativo. Así, la falta de designación y la mala formación de los docentes, las dificultades organizativas, la desconexión entre docentes y estudiantes y entre los estudiantes y los planes de estudio, la violencia y la anomia imperantes, parecen pasar a un segundo plano ante las acusaciones sobre defectos constructivos y sobre omisiones de ejecución presupuestal.

Los gremios, la oposición y hasta el oficialismo parecen haberse puesto de acuerdo en centrar el debate público en aspectos arquitectónicos y financieros, en lugar de centrarlo en los motivos por los que el sistema de enseñanza no logra cumplir el objetivo mínimo de motivar y transmitir a los niños y a los adolescentes los conocimientos y disciplinas indispensables para integrarse a la sociedad adulta.  

Esta especie de “mosqueta”, por la que lo importante es sustituido por lo accesorio, no es casual. Si mal no recuerdo, fueron los mismos gremios docentes los que tiraron el tema sobre la mesa. Cuando la debacle educativa ya no pudo justificarse por la miserabilidad de los sueldos ni por la falta de participación de los docentes en la dirección del sistema, apareció este asunto de los defectos locativos como problema central. El resultado es que siguen sin discutirse las razones por las que el fenómeno educativo no se produce como debería. Es una técnica muy vieja. La usan desde tiempos inmemoriales los teros, que gritan en un lugar distinto a aquél en que están sus huevos.

Lo alarmante es que el sistema político en su conjunto parece haber comprado de buen grado este falso debate. Tal vez porque es más fácil discutir sobre ladrillos y sobre pesos que admitir el desnorteo que afecta al sistema de enseñanza y a la sociedad uruguaya en materia de educación.

Arreglar los edificios y usar para eso el dinero disponible para ese fin es algo que debe hacerse. Eso nadie lo discute. Pero los ladrillos y los billetes son cosas. Y ni todos los ladrillos ni todos los billetes del mundo garantizarán que la educación funcione. Porque la educación es cuestión de personas, de objetivos y de ideas, no de cosas.

Reformar la educación probablemente sea, en estos momentos, un objetivo demasiado grande para la sociedad uruguaya. Requiere claridades y consensos que hoy no existen. Pero es indispensable hacer que, al menos, el sistema funcione, que los alumnos aprendan a leer y a escribir, a razonar elementalmente y a convivir entre sí y con los docentes.

Eso –repito- no es cuestión de plata ni de ladrillos. Es cuestión de ordenar el sistema, de eliminar privilegios y de exigir responsabilidades. Una tarea –claro- mucho más difícil e ingrata que arreglar edificios y gastar presupuestos.

 

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