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El aborto Por Juan Martin Posadas

publicado a la‎(s)‎ 6 oct. 2012 14:05 por Semanario Voces

La pregunta es sobre la convivencia, utilidad o necesidad de proponer un plebiscito sobre el aborto. Contesto: en mi opinión directamente no. Pienso que no se trata de una cuestión plebiscitable, como tampoco lo serían la soberanía o la libertad de pensamiento. Dicho esto no quiero rehuir la discusión sobre el tema de la legalización del aborto que ha conmovido –con razón- a la Cámara de Diputados y a buena parte de la opinión pública.

         Cuando una mujer se plantea la posibilidad de procurarse un aborto generalmente es porque se encuentra enfrentada a una disyuntiva dramática: lo hace ante un peligro o a una amenaza graves como el deshonor, un riesgo de salud, daño material o inmaterial grave. Es en base a ese tipo de circunstancias, combinadas entre sí y con los agravantes que se quiera imaginar, que construyen su línea de argumentación quienes están a favor de justificar una interrupción del embarazo. Se busca una solución para una situación terrible para la mujer, teniendo además en cuenta el agravante de que, en esto como en otras cosas de la vida, los padecimientos son mayores entre los pobres.

Un alto porcentaje de mujeres pobres, que no pueden costearse una clínica apropiada, muere en el curso del aborto. Se habla de un 27%, otras estadísticas arrojan mayor porcentaje. Pero, adviértase, que si hablamos de porcentaje de muertes, en el caso de los nonatos, ricos o pobres, es el 100%. No es sólido el argumento de los porcentajes.

 También es falaz el argumento de que la mujer es dueña de su cuerpo. La discusión es sobre otro cuerpo: el del nonato. Desde un punto de vista científico o médico, lo que lleva en su seno la mujer embarazada no es ni un órgano de su cuerpo ni un miembro: es otro cuerpo humano.

Cuando la mujer decide consultar para cerciorarse si está embarazado o no es porque se ha salteado un período menstrual; hablamos, pues, de cinco o seis semanas. A esa altura el humano por nacer que está en su vientre ya tiene el color de sus ojos, la propensión al asma o a las afecciones cardíacas, si va a ser alto o bajo y si va a ser varón o mujer. Las soluciones que se procuren para ese ser humano que es la mujer encinta, es decir para aquella que ha engendrado en su seno otro ser humano, no pueden planificarse o ejecutarse a expensas de otro ser de igual condición humana que ella, como es el nonato.

En el fondo hay un único punto de discusión: ¿Quién tiene derecho a decir: este ñatito vive y aquel no? Este es el asunto ¿Qué títulos bastan para que alguien se constituya en amo de la vida ajena? ¿Ser madre da ese derecho? Si así fuera la madre podría disponer también de la vida de sus hijos ya nacidos para solucionar algún problema grave de ella (y es obvio que ningún juez absolvería a una madre que hubiese matado a su hijito de seis meses, por el motivo que fuera y a todos nos chocaría como algo monstruoso).

Este asunto es una cuestión de derechos y cualquier discusión que deje este ángulo afuera yerra el bizcochazo. Como es una cuestión de derecho por eso mismo tiene profundas proyecciones en la escala de valores de una civilización o de una nación. ¿Qué grado de aflicción o penuria puede justificar una solución a través de una vida (o no vida) ajena? ¿Quién tiene derecho sobre la vida de otro? Hay derechos –y el derecho a la vida es uno de ellos- que son anteriores al estado: no los ha concedido el estado y no los puede retirar o suprimir el estado.

Por estas razones de fondo me parece que el aborto no es plebiscitable, no está dentro de los asuntos que una sociedad está facultada para determinar en un sentido o en otro según mayorías.

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