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EL ABRAZO DE SOROS (II) Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 3 oct. 2013 15:41 por Semanario Voces
 

La imagen de George Soros, abrazando a Mujica, en Nueva York, sigue dándome vueltas en la cabeza desde la semana pasada. Tal vez porque es de esas imágenes que sintetizan lo que insumiría muchas horas -y ríos de tinta o de saliva- exponer en palabras.

Soros es ante todo un gran especulador financiero internacional. Entre otras cosas, es responsable de crisis financieras que han arrasado a países enteros, crisis que Soros ha causado deliberadamente mediante la especulación. Su fortuna se ha hecho tan enorme y se ha diversificado tanto que es difícil saber a qué negocio -incluida la agroindustria- y a que gran acontecimiento mundial no está ligado. Pero no es sólo un financista y un especulador. Con estudios de filosofía, economía y ciencia política, autor de varios libros y promotor de foros como el que se realiza anualmente en la localidad alpina de Davos, en los que participan los principales líderes económicos y políticos del mundo desarrollado, el hombre se ha vuelto algo así como el ideólogo más visible de una nueva etapa del capitalismo.

Si uno fuera psicólogo o novelista, Soros le resultaría un personaje apasionante. Al saber que tiene ochenta y tres años de edad, posee una fortuna de más de veinte mil millones de dólares y permanece muy activo, uno sospecha que ganar dinero no es su verdadero objetivo. Es decir, gana dinero, pero ¿para qué lo quiere?, si ni aunque él y su familia vivieran cien años podrían gastar lo que tiene. Seguramente su verdadera motivación sea otra: demostrar y demostrarse que puede no sólo determinar lo que ocurre en el mundo sino diseñar al mundo para que haga lo que él quiere. Una mezcla casi patológica de soberbia y actitud lúdica, para la que, a esta altura, el dinero quizá no sea más que un trofeo, la prueba confirmatoria de su poder.

Sin embargo, el tema de esta nota no es Soros. Me he detenido en él porque abrazó a Mujica y porque probablemente encarne una nueva etapa del sistema capitalista. Una etapa en la que los escenarios son globales y en la que el capital ya no se limita a aprovechar la realidad para obtener ganancias sino que la modela o diseña de acuerdo a sus intereses.

¿Cuánto han incidido las compañías petroleras y las empresas fabricantes de armas para que se produjeran las guerras de Afganistán, Irak y Libia, o  la dudosa “primavera árabe”, que ha removido la realidad política de tantos países petroleros?  ¿Quién decide el ritmo de aparición de nuevos modelos de computadoras, celulares, televisores y artefactos tecnológicos que todos debemos comprar para estar “conectados”? ¿Quién financia y determina los programas de investigación científica que luego permiten fabricar nuevos artefactos tecnológicos? ¿Quién decide qué enfermedades serán objeto de investigación y que medicamentos y tecnologías se desarrollarán y venderán para tratarlas? ¿Quién patenta y controla las semillas y los productos agrícolas que todo el mundo debe plantar para comer? ¿Quién determina cuáles serán los miles de libros, revistas, discos, películas, artistas y programas de televisión que se venderán cada año a lo largo y ancho del mundo? ¿Cuánto inciden esos libros, discos, películas, artistas y programas en la forma en que pensamos quienes los consumimos? ¿Quién controla la información que se difunde a través de las agencias y cadenas informativas internacionales? ¿Quién decide qué hechos se hacen públicos y cuáles permanecen ignorados? ¿Quién promueve los “protocolos de buenas prácticas” con los que se pretende regir el comercio y la actividad administrativa de los Estados? ¿A qué responde la fiebre por el control, la extracción y la explotación de recursos naturales finitos, como la tierra, el petróleo, el agua y los minerales? ¿Por qué los bancos, que han causado la crisis de los países desarrollados, son protegidos por los Estados de esos mismos países? ¿A qué intereses responden los gobiernos de los privilegiados países que dominan a la ONU?

Lo que trato de decir es que el capital, los grandes capitales, que ya no son de ningún país en particular aunque cuenten con el respaldo incondicional de algunos Estados, han entrado en una nueva etapa. Ya no se limitan a aprovechar las circunstancias, las realidades políticas, la situación económica, las condicionantes culturales, las necesidades y tendencias del consumo, las posibilidades técnicas, e incluso las condiciones geográficas y climáticas. A la realidad se la diseña, se la crea de acuerdo a las necesidades del capital. Los gobiernos y las estructuras políticas se compran, se manipulan o se cambian, las condiciones económicas se alteran mediante la especulación o los préstamos, las condicionantes culturales se modifican con espectáculos, pseudoideología, pseudoperiodismo y “cultura de masas”, las necesidades y tendencias del consumo se crean con modas y publicidad, las posibilidades técnicas se amplían y hasta las limitaciones geográficas o climáticas se superan con nuevas tecnologías. Cualquier resistencia, disidencia o intencionalidad crítica es ignorada o silenciada. Ya ni siquiera es necesaria la violencia. Basta con dejar que la crítica sea aplastada por la alegre  farándula del consumo, feliz de sentirse “moderna”, “adaptada”, “integrada al mundo”.

Ver a Mujica abrazado por Soros me confirmó que el Uruguay ya no está al margen de ese proceso. Soros, el ideólogo del nuevo capitalismo, el hombre que en Davos y en tantos otros ámbitos selectos demuestra que la combinación de dinero e inteligencia todo lo puede, se ha fijado en el Uruguay.

En realidad no era indispensable ver a Soros para percibirlo. Allí están, a nuestras puertas, o más adentro, la multitud de empresas multinacionales interesadas en comprar tierra, en plantar árboles y soja, en extraer hierro, en regasificar el gas. Y allí está el Estado uruguayo concediéndoles exoneraciones tributarias, zonas francas, puertos, firmando con ellos acuerdos “reservados” o secretos, saliéndoles de garantía.

Porque, claro, el proceso de globalización económica tiene algunos requisitos.

Por ejemplo, es necesario que la comunidad política de cada país se debilite, que la solidaridad social se pierda, que la democracia se vacíe de contenido, que el aparato estatal sea dócil, o torpe, corrupto e ineficiente, que la gente le pierda la confianza. Lo ideal es que el Estado, los Estados nacionales, no sean un obstáculo para el “desarrollo”, que traspasen su poder a organismos internacionales, que se sometan a los tratados, protocolos, recomendaciones y tribunales internacionales que garantizan el libre comercio y la protección de las inversiones. El secreto en este asunto es que el control de la riqueza es siempre una cuestión de poder. No hay riqueza duradera sin poder. O sea: toda lucha es una lucha por poder

Por eso también es conveniente que la educación se oriente hacia las necesidades del mercado y sobre todo que no forme personalidades críticas o díscolas. Incluso es preferible que la educación pública decaiga, o que deserte de ella más de la mitad de los alumnos, cualquier cosa es preferible a que forme ciudadanos politizados y entrometidos y se vuelva una traba para el “desarrollo”. Aunque, claro, esas políticas harán que cada vez haya más pobres. Y más delitos. Para eso están las políticas sociales. Démosle dinero a los muy pobres, así se quedan quietos. Dinero que deben pagar los que trabajan por un salario. ¡Faltaba más! Es obvio que no se lo podemos exigir a los inversores extranjeros.  

Si hay un signo característico de estos tiempos, es la globalización económica, un reordenamiento mundial que tiende a la concentración de la riqueza y de los medios para generarla. Así, las más grandes y exitosas empresas se aseguran el control de los recursos naturales, por medio de la guerra si es necesario. Los capitales financieros internacionales “bancarizan” la vida de toda la sociedad. Los medios de comunicación se concentran en pocas y poderosísimas cadenas multimedia. Y el orden político y jurídico internacional facilita y garantiza el proceso.

Sé que no hay novedad en lo que digo. Lo novedoso, lo realmente inédito del fenómeno, es su capacidad para naturalizarse, para manipular la realidad y para presentarse como el único e inevitable camino hacia el “progreso”, hacia la “modernización”, y hacia una vida individual más libre, gozosa y feliz.

¿Cómo se sitúa la izquierda uruguaya, o más precisamente el Frente Amplio (las dos expresiones no son sinónimos), ante ese proceso?

La respuesta no es fácil ni tampoco unívoca. Como tampoco es fácil saber si existe una alternativa ni si el Frente es capaz de articularla.

Dentro del Frente Amplio hay actitudes diversas. Como dijimos la semana pasada, las cuatro grandes líneas ideológicas perceptibles en su interior, el “progresismo”, el discurso de los derechos humanos, la línea clasista o revolucionaria, y el ecologismo, tienen actitudes distintas ante el tema. Algunas son funcionales al proceso de globalización económica y otras lo resisten. Curiosamente, esas cuatro líneas no coinciden exactamente con casi ninguno de los partidos y organizaciones que integran el Frente, en las que en general coexisten más de una de esas líneas. También sería interesante analizar cómo se sitúan las dos precandidaturas presidenciales ante el problema.

La semana próxima: “quién es quién en el Frente Amplio”  

                      

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