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El abrazo de Soros IV (conclusión) IZQUIERDA, AZÚCAR Y SOBERANÍA Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 17 oct. 2013 15:13 por Semanario Voces
 

¿Qué hacen ustedes cuando necesitan azúcar?

Sí, obvio, ir al supermercado más cercano. Yo también. La pregunta es qué hacen en el supermercado. ¿Se conforman con cualquier marca, o buscan una en particular?

No sé ustedes, pero yo compro siempre la bolsa con letras azules que dice “Bella Unión”.

Lo conversé con varias personas y descubrí que mucha gente hace lo mismo. Es casi una militancia íntima. Por aquello de que ALUR es una empresa uruguaya, de ANCAP, y les da trabajo a los cañeros.  Recuerdo aquel aviso publicitario hecho por Raúl Castro, en que el país entero –escolares, oficinistas, paisanos, obreros- se paralizaba mientras alguien dudaba ante la góndola de un supermercado. Y, cuando la persona elegía la bolsa de “Bella Unión”, el país entero volvía a ponerse en marcha.

Al llegar a este punto,  algunos amigos progresistas, y otros que no lo son tanto, me saltarán al cuello. “¡Justo vas a elegir a ALUR!”, gritarán, “¿Vos sabés cuánto costó ALUR? ¿Tenés idea de cuánto gastó el Estado para mantenerla? “. Otros, más clasistas, dirán indignados: “No seas iluso. ¿Sabés cómo trata ALUR a los cañeros? Este año quisieron despedir a setecientos”. Y no faltarán ecologistas que digan: “¿Sabés con qué gana plata ALUR? Con el etanol. ¿Sabés lo que es convertir alimentos en combustible? ¿Y sabés  lo contaminante que es?

Pero yo no estoy hablando de ALUR (esto no es un aviso publicitario). Hablo de esa silenciosa actitud con la que tantos uruguayos prefieren –preferimos- comprar productos uruguayos, que den trabajo  a uruguayos y generen ganancias que se queden en el Uruguay. La misma actitud por la que, cuando se instaló Parmalat, mucha gente insistía en comprar productos Conaprole.

AY, SOROS

Ahora comparemos esa imagen, del uruguayo o uruguaya que silenciosamente elige azúcar o leche en el supermercado, con una fotografía que dio la vuelta al mundo: la de Mujica abrazado por George Soros, el millonario especulador  internacional, vinculado a la agroindustria, que se ha propuesto cambiar las políticas mundiales respecto a la marihuana.

Desde hace un mes vengo sosteniendo –sin mucha originalidad- que el hecho más significativo que viene ocurriendo en el mundo es la “globalización”. Globalización que no es sólo económica, sino también política y cultural.

Ese proceso explica muchas cosas. Por ejemplo, la lluvia de inversiones extranjeras que buscan en los países pobres recursos naturales escasos, como petróleo, tierra, agua y minerales. O el peso creciente del capital financiero. O la insistencia de las multinacionales en que se les garantice la “propiedad intelectual” (léase “patentes”). También explica que los Estados de los países pobres  se debiliten y pierdan parte de su soberanía ante organismos internacionales, como la ONU, el Banco Mundial, el FMI, la OCDE. Y finalmente ayuda a explicar muchos de los cambios culturales que vivimos: el individualismo, la frivolidad, el consumismo, la corrupción, la pérdida de confianza en las instituciones políticas, el deterioro educativo, la marginalidad cultural, el bombardeo publicitario e informativo, la disolución de la solidaridad social.

Soros, haciendo “lobby” en el mundo para que se legalice la producción de marihuana y surja así un nuevo mercado para la agroindustria transnacional, es un ejemplo de los nuevos métodos y alcances del capitalismo global. Sólo un ejemplo.

¿Qué hacer ante la nueva realidad?  ¿Cuántos de los esquemas de la izquierda siguen siendo válidos para defender  los intereses populares y cuántos se han vuelto funcionales a los intereses y estrategias del capitalismo global?

SOBERANÍA

Lo que planteo es la necesidad de reinstalar en el debate público, y especialmente en el de la izquierda, el problema de la soberanía, entendida como soberanía democrática.

El nuevo modelo capitalista global depende, para su instalación, de restarles autonomía a las sociedades sobre las que aspira a imponerse.

Por lo tanto, el concepto de soberanía se convierte en un tema crucial para las sociedades interesadas en resistir ese proceso : soberanía económica, política y cultural.

Esos tres aspectos de la soberanía están directamente relacionados con el Estado e, indirectamente, con la educación.

En lo económico, ¿quién, salvo el Estado, puede invertir o promover inversión nacional, y limitar y condicionar el ingreso de inversión extranjera? Los planes de desarrollo no pueden depender exclusivamente del interés de los inversores. Creer que las recetas y consejos de quienes quieren comprarnos o vendernos van a ser convenientes para nosotros sería como organizar la vida doméstica preguntándole  a Carlos Gutiérrez cuántos electrodomésticos nos conviene comprar.    

La soberanía económica requiere soberanía política, porque, ¿de qué sirve alcanzar democráticamente  el gobierno del Estado si el Estado es vaciado de poder a favor de los organismos internacionales?

Y la soberanía política, en un sistema democrático, requiere soberanía cultural, que depende de la educación de todos los habitantes para ejercer activamente la ciudadanía.

Hay, entonces, un hilo conductor que une a las nociones de “soberanía” y “democracia” con las de “Estado” y “educación”.  Un hilo que puede estar señalando los grandes temas que la izquierda, si quiere ser actor y no marioneta, debería encarar.

ESTADO Y EDUCACIÓN

La “reforma del Estado” se ha vuelto un tópico común en todos los discursos políticos. Pero, ¿de qué reforma hablamos?

Pensar en reformar la administración del Estado para hacerlo más rápido y eficiente es no decir nada. Si la rapidez y la eficiencia van a servir para tramitar más rápidamente los permisos de explotación, las exoneraciones tributarias y la concesión de beneficios a toda inversión grande  que se presente, más vale que no reformemos nada.

Probablemente, desde una visión soberana, la reforma debería consistir en la construcción de un Estado más proactivo en lo económico y más “jugado” en lo social, capaz de planear, de invertir y de regular la inversión, de dar créditos y asesoramiento para la actividad productiva pequeña y mediana, de generar trabajo  y tal vez de sustituir al capital privado en los créditos para el consumo;  en definitiva, capaz de democratizar la economía.

No se trata de estatismo vocacional sino de realismo. No hay  otro que el Estado para hacer ciertas cosas. Aunque, claro, muchas de esas cosas no puede hacerlas el Estado burocrático que tenemos. Tampoco se me escapa el escándalo que esto puede causar a los neoliberales y a algunas corporaciones sindicales. Pero nadie dijo que el asunto fuera fácil. 

Habría que revisar sin miedo el dogma neoliberal de que el Estado no debe intervenir en la actividad productiva. Los recientes superávit de ALUR,  más allá de las polémicas, podrían demostrar que se puede. Sobre todo en comparación con el costoso fiasco que ha sido la entrega de empresas públicas a privados (Pluna).

El otro gran tema estratégico es la educación, como la principal política social. En el sentido de que de ella depende la inclusión social y la formación de la ciudadanía que puede respaldar un proyecto soberano y popular.

La educación es otro tópico manoseado y vaciado de sentido al que, desde una perspectiva de soberanía, habría que redefinir. Seguramente orientándola hacia la formación para el ejercicio comprometido de la ciudadanía en el marco complejo del mundo actual.

TEMAS REVOLUCIONARIOS

Solemos creer que la gente está desinteresada de todo proyecto colectivo.

Sin embargo, cabe preguntarse si no es la falta de un auténtico proyecto colectivo la que provoca el desinterés.

Si en algo he visto solidaridad y compromiso de los uruguayos,  es en cualquier cosa que apunte a mejorar la situación de los niños. Nadie se resiste a colaborar con la escuela pública.

Y, volviendo al ejemplo del azúcar, también hay solidaridad cuando un emprendimiento parece pensado para el beneficio del país y sus trabajadores. En cambio, es muy difícil despertar entusiasmo hacia un proyecto político basado en megainversiones extranjeras.

Por eso, la construcción de un Estado emprendedor y autónomo, y la transformación de la educación en la gran política social, orientada hacia la formación de ciudadanía, pueden ser las causas revolucionarias de nuestro tiempo. Pacíficas y sin víctimas inocentes.

Darán lugar a mucha polémica y a mucho trabajo. Pero marcan rumbos claro.

 

 

   

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