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EL ABRAZO DE SOROS Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 26 sept. 2013 11:47 por Semanario Voces
 

¿Qué es hoy el Frente Amplio? ¿Qué efectos están teniendo sus gobiernos en el país? ¿Cómo se inscriben sus posturas ideológicas en la complejidad del mundo actual? ¿Qué corrientes de opinión lo integran? ¿Sigue siendo una fuerza “de izquierda”? ¿Tiene sentido preguntarse si es “de izquierda”?

Ante todo, una constatación: el Frente Amplio está hoy simbióticamente integrado por –y a la vez dividido en- cuatro grandes actitudes ideológicas y políticas, en ocasiones aliadas y en ocasiones enfrentadas.

No me refiero a las viejas divisiones entre comunistas, tupamaros, socialistas, batllistas radicales, nacionalistas de izquierda, democristianos, anarquistas marxistizados, y el mosaico de grupúsculos menores, esa sopa de letras o de siglas en que tradicionalmente se ha dividido la izquierda. Esas divisiones, en buena medida, “ya fueron”. No es que hayan dejado de existir; es que no expresan los debates verdaderos, los temas que parten aguas y cabezas.

Todas esas organizaciones y grupúsculos están atravesados por una división mayor, que las parte y reunifica en cuatro grandes actitudes ideológicas y políticas.

¿Por qué cuatro?

Bueno, como toda clasificación es bastante arbitraria. Pero saquemos la cuenta y veamos si es tan errada.

En primer lugar está el “progresismo”. Esa corriente que se empeña en demostrar que es posible atar a dos moscas por el rabo. Por un lado, administrar la instalación del capitalismo global en su más pura expresión y, por otro, transferir recursos a los sectores sociales más desfavorecidos para “incluirlos” (y también para seguir contando con sus votos). Algo así como capitalismo salvaje con corazón tierno pero pragmático. Es la corriente dominante en los gobiernos frenteamplistas. La que ha predominado en los sucesivos equipos económicos. La que se propone como objetivo central atraer a la inversión extranjera a cualquier costo, apostando a que su riqueza sea tan desbordante que “se derrame” sobre toda la sociedad.

Junto al progresismo está la segunda actitud, la del “discurso de los derechos”, o “de los derechos humanos”. Ese difundido y difuso discurso para el que ser de izquierda es querer castigar a los militares violadores de los derechos humanos y “declarar” o “reconocer” incansablemente nuevos “derechos” a quienes se consideren “discriminados”, mujeres, niños, marginales, adolescentes, homosexuales, raza negra, discapacitados, transexuales; en fin, todo el que alegue un motivo de infelicidad especial y distinto a la general injusticia del sistema social y económico en el que seguimos viviendo. El discurso de los derechos ha sido la inspiración del MIDES, de multitud de ONGs, y, en general, de las políticas sociales de los últimos nueve años. Es también el que se muestra más entusiasmado con que la ONU o la OEA, y sus cortes internacionales, dicten la cuota de derechos que nos toca a cada habitante del planeta.

El “Progresismo” y el “discurso de los derechos” han estado y están firmemente aliados durante los dos gobiernos del Frente -más allá de algún tironeo cuando el reconocimiento de derechos afecta más de la cuenta a la caja registradora del MEF. Juntos, han conformado el modelo de los gobiernos frenteamplistas: exonerar a los muy ricos, darles a los muy pobres, y cobrarles a los del medio.

Postergadas, miradas con cierta desconfianza por los progresistas y por los defensores de los derechos humanos, hay otras dos corrientes en el Frente Amplio.

Una es la actitud “clasista” o “revolucionaria”, a veces también llamada “sesentista”, para la que el objetivo es “que la tortilla se vuelva”, tanto en el país como en el mundo. Más allá de sus rigideces y de cierto esquematismo en la interpretación de la realidad, a esta corriente, casi inorgánica pero todavía existente, pese a sus numerosas migraciones hacia el exterior del Frente , le ha tocado preservar en ciertos momentos dos ideas clásicas de la izquierda: la vigencia de la lucha de clases, y la vigencia de la noción de imperialismo. Recordemos a Gargano, oponiéndose casi en soledad, en el Consejo de Ministros de Tabaré, al TLC con los EEUU.

Por último, está la corriente más novedosa. La que suele ser reconocida, tal vez con poco acierto, como “ecologista” o “ambientalista”. Una corriente que cuestiona frontalmente al capitalismo global, no tanto -o no solo- por su injusticia como por la incompatibilidad de sus prácticas de explotación de los recursos naturales con la conservación del planeta y de la vida sobre él.     

Clasismo y ecologismo, hasta cierto punto, son también aliados naturales. Los une su aversión al sistema capitalista y su oposición a las políticas impulsadas por los Estados de los países centrales.

Esta clasificación cuaternaria (en progresistas, derechohumanistas, clasistas y ecologistas) es, por supuesto, una simplificación de la realidad, siempre diversa y compleja. Ningún partido o sector del Frente expresa a una sola de esas actitudes, y ninguno prescinde por completo de las otras tres. Un capítulo aparte, por lo paradigmático, es Mujica, capaz de enunciar con inteligencia, en discursos o declaraciones sucesivas, lo esencial de cualquiera de las cuatro posturas y después desdecirse de ella en la siguiente declaración o al firmar el próximo decreto o proyecto de ley.

Sin embargo, me atrevo a insinuar que esa clasificación puede servir para caracterizar a las vertientes ideológicas que hoy disputan –con mejor o peor suerte- la decisión sobre las políticas que llevará adelante el Frente.   

Asumida la clasificación como instrumento de análisis, cabe preguntarse si esas cuatro visiones –juntas o separadas- están en condiciones de interpretar la realidad, tanto nacional como mundial, y de darle una respuesta satisfactoria, capaz de restablecer la esperanza y de generar entusiasmo o al menos compromiso con lo colectivo.

¿Es posible, a partir de alguna o de todas esas actitudes ideológicas, dar cuenta de los nuevos fenómenos que están ocurriendo en el mundo y que repercuten en el Uruguay?

¿Es posible entender los caminos sinuosos que sigue el capital desterritorializado para controlar los recursos del mundo? ¿Es posible descubrir el papel que juegan, en ese nuevo mundo que nos toca vivir, las ideas, las ciencias, la técnica, los medios de comunicación, la moda, la informática, el consumo, las artes, la academia, los organismos internacionales y su financiación, los intelectuales, los gobiernos de los países centrales, los protocolos de “buenas prácticas”, el derecho internacional, los Estados nacionales, la democracia, las guerras, el sexo, la propiedad intelectual, las drogas, el narcotráfico, el individualismo, el feminismo, los derechos humanos, la “bancarización”, las crisis financieras, las religiones, la educación y sus crisis, el marketing, las nociones de “libertad” y de “felicidad” o “diversión”, etc., etc.? ¿Cuáles de esos fenómenos son vías de emancipación y cuáles de alienación? ¿Por qué, y en qué medida?

Ver por televisión al multimillonario George Soros, accionista de poderosas multinacionales de la agroindustria, entrevistándose con Mujica en Nueva York, y felicitándolo por el proyecto de despenalización de la marihuana, vale más que mil tratados de ciencia política o de economía para advertirnos de la complejidad del mundo actual. Un mundo en el que las cosas suelen no ser lo que parecen y sin duda no son lo que eran pocas décadas atrás.

¿Tiene la izquierda uruguaya (¿tenemos?) las herramientas conceptuales para orientarse (orientarnos) en ese mundo y adoptar una conducta favorable a la mayoría del pueblo?

La respuesta es forzosamente dubitativa y muy inquietante.

Seguiremos buceando en ella la semana próxima.

       

  

   

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