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El brillo fatuo del consumo por Andrés Berterreche

publicado a la‎(s)‎ 15 feb. 2014 8:33 por Semanario Voces


            Aquel compañero, que a estos efectos vamos a llamar Robertito, era el más humilde del grupo de estudio. El hecho de ser del interior, de un hogar verdaderamente proletario (sus padres ambos eran obreros en una fábrica), y tener todas las fichas familiares puestas en él, como la revancha a su condición socio económica, hacía que le pusiera gran tenacidad, esfuerzo y sobre todo eficiencia a la hora de dar sus exámenes. Y sobre todo era un tipo esencialmente bueno. Pero como dice la letra del tango, había visto, con la ñata contra el vidrio, las posibilidades de consumo. Por ello, ante la primera propuesta tecnológica que le ofrecieron, quedó deslumbrado, juntó sus ahorros y disparó al consumo. Cuando caíamos de a uno por aquella casa donde solidariamente vivían un montón de gurises del interior, nos iba mostrando su adquisición: “Mirá, un reloj para 200 metros de profundidad!!”. Una esfera dorada brillaba en su muñeca, tanto como brillaban sus ojos a la exposición del preciado bien que acababa de hacer suyo. Creo que todos lo pensamos, pero haciendo alarde de mi malicia fui yo el que pregunté: “Pero Robertito, ¿cuándo vas a andar vos a 200 metros de profundidad?”. Se quedó unos segundos mirando su novel reloj, y sin perder el brillo de los ojos dijo susurrando: “Al pedo pero lindo”.

            Dentro de los valores que hemos defendido para un militante de izquierda el tema de la austeridad, y de resistirse al consumo desenfrenado, que se da y se promueve en la sociedad capitalista, debería ser uno de los que requiere menos explicación. El combate a la desviación de priorizar bienes de consumo es algo que llevamos implícito y que sin que se plantee efusivamente está dentro de los controles colectivos. Ser consecuente entre lo que se dice y lo que se hace debe ser un valor en sí mismo, una forma de mostrar con el ejemplo, una lucha testimonial para actuar sobre los valores culturales de una sociedad que queremos cambiar. Y ojo, no es un culto al pobrismo, es simplemente no caer en la contradicción que marcamos desde nuestras propias posturas ideológicas. En síntesis, es más fácil de explicar nuestras posturas si somos creíbles, y hay que hacer esfuerzos en este sentido.

            Cuando estos planteos los llevamos al conjunto de la sociedad en general son escuchados positivamente. Nadie hace alarde, en términos generales, de ser un consumista insaciable. Los discursos de nuestro Presidente tanto en la cumbre de Río como en las Naciones Unidas, tienen una buena acogida en los puntos de combate al mundo del consumo irracional e innecesario. Las mayorías acuerdan que si toda la humanidad tuviera el derecho de consumir como se consume en el primer mundo este colapsaría sin remedio. Y cuidado, que primer y tercer mundo hay en todos lados. En general se ve como un valor positivo este tipo de planteos.

            Sin embargo, en una suerte de esquizofrenia social, los días de los descuentos en los centros comerciales se llenan de gente que se abocan a una sobredosis de consumo. La adquisición de bienes suntuarios se ha disparado en nuestra sociedad más allá de lo imaginado, a veces basado en un aumento de los ingresos que se vienen dando en los últimos años, y cuando no, con un endeudamiento en créditos de consumo que muchas veces van a comprometer las economías familiares a futuro.

            Muchas veces los mismos que apoyan los planteos de austeridad creen que no son los mismos que atentan contra el consumo racional, mientras que se critica a los demás con un paquetón del último electrodoméstico que acaba de salir al mercado debajo del brazo (y que posiblemente salga la mitad dentro de un año). El “lo quiero ya” viene ganando culturalmente al análisis racional de los servicios que nos da lo que compramos, las verdaderos aportes a un supuesto confort y las posibilidades económicas que se tienen para acceder a ello.

            Si alguien tímidamente trata de interpelar este tipo de actitudes, buena parte de los defensores anticonsumo devenidos en compradores compulsivos, argumentan, a veces al borde de la ofensa, en términos de la libertad y de la felicidad. Libertad que se sabe no es tal, que muchas veces se es más prisionero de este consumo. Felicidad que dan cosas materiales con una obsolescencia que mete miedo, porque entonces el concepto de felicidad, harto discutible en relación a los bienes materiales, dura tan poco que deberíamos plantearnos si vale la pena.

            Aquella noche celebrábamos que el grupo que estudiaba junto habíamos salvado todos un examen y nos íbamos acercando al final de la carrera y el ansiado egreso. Entre vinos baratos, risas y sueños compartidos se colaba alguna discusión de cierta profundidad. A los veinti y pocos la muerte parece tremendamente lejana y se la convoca a los temas de debate. La pregunta era qué haríamos si supiéramos que moriríamos en unas horas. Desde las posturas heroicas, fáciles en la ficción, hasta la desesperación por los placeres mundanos, desfilaron por las posturas de aquellos muchachos. Robertito pidió la palabra, habló acerca de que él pondría todos sus sentidos para aprovechar a quedarse con la mayor cantidad de vida en sus pupilas, sus oídos, sus dedos, su nariz y su lengua. En particular habló de captar el dulce perfume tornasolado del brillo de una temblorosa gota de rocío. Jamás se refirió al brillo de su reloj ni de ningún otro bien material.

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