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EL CALEIDOSCOPIO TRAICIONERO por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 6 ago. 2011 15:10 por Semanario Voces
 

 

 

 

Hay palabras que se oxidan y se rompen. Reforma, por ejemplo.

Desde el comienzo de este gobierno, cuyos propósitos carecen de vaguedad, menos mal, pero se ahogan en un verbo excesivo, hubo un deseo irrefrenable de dar a alguna idea la estirpe maternal. O sea una suerte de patria potestad.

Había llegado el tiempo de las reformas.

La primera, la del Estado, perdió sus favores con la velocidad de un gato –siamés, persa o chinchilla, no importa- que escapa de la crueldad de unos niños poco amigables. Su peripecia es prueba de una patología histórica contra la cual el Frente Amplio, o mejor dicho sus administraciones, no han hallado vacuna: la pérdida de memoria política.

El agujero que aquel empeño dejó al diluirse se tapó, sin mirar atrás, amontonando otros con clarines de urgencia. Así aparecieron nuevas aspirantes a la maternidad de las reformas que, a los tropezones, siguen ahí, quizás con espasmódico entusiasmo pero por ahora sin riesgo de olvido.

Una destaca su porte, encaramada sobre las demás, porque lo merece y su proclamación estentórea semejó el canto del himno nacional y recibió hasta el asentimiento de la descolorida oposición.

Desde que el presidente de la República se entusiasmó con ella, y la enunció lleno de buena fe y entusiasmo, delante de una masa coral de esas que mezclan al clérigo con el farmacéutico, la reforma de la educación –que de su prioridad habla uno- alzó su cabecita en medio del fárrago de cuestiones complejas que la aplastaban y hacían difícil advertir su importancia cabal: a saber, la frustrada anulación de la Ley de Caducidad, la crisis de la vivienda, el estímulo de la inversión, la búsqueda de la equidad, la creación de infraestructura y tantas otras.

Hubo un Congreso Nacional de la Educación que recolectó aportes plurales, ricos en la diversidad. Le siguió un acuerdo multipartidario, que quizás sólo fue una conmovedora movida política con futuro de maniquí, y enseguida se aprobó la Ley de Educación.

Extrañamente, a partir de ese hecho fundacional renacieron los corporativismos, la rigidez, las confusiones programáticas y, finalmente, tamaño asedio de inconveniencias hizo del objetivo anhelado un remolino que puede comérselo todo.

Qué zafarrancho. La reforma de la educación quedó convertida, por culpa de todos, en un caleidoscopio: un tubo ennegrecido interiormente, que encierra varios espejos inclinados y en un extremo láminas de vidrio, entre las cuales hay varios objetos de figura irregular, cuyas imágenes se multiplican simétricamente al moverlo, a la vez que se mira por el extremo opuesto.

¿Una metáfora algo pretenciosa? Sí, pero pocas veces tan fiel reflejo de la realidad: lo que dice Mujica no coincide con opiniones de Astori, aunque no sean explícitamente discrepantes, y ambos, por el camino de dar mayor relevancia al papel del Ministerio de Educación, que en esto hasta ahora ha hecho de gusano loco, chocan con los defensores de la autonomía, sean sindicatos o autoridades de la ANEP y el CODICEN.

¡Si hasta se discursea en torno a otro Congreso Nacional de la Educación! ¿El anterior fue un entrenamiento?

El precio de persistir en un desbarajuste así, sin autoridad real ni ejecutividad, es que cada día se educa peor. Igual a decir que no se educa.

Nadie sabe con certeza, aunque se sospeche y asuste, cuánto daño significa la pérdida de una hora en resolver el entuerto. Cuando las horas se hagan días, semanas y meses, añadidos a los años que ya deformaron en reiteración real al sistema educativo, la sociedad uruguaya, en este mundo acelerado, complejo, tecnológico, reino de los conocimientos, donde el tren de la equidad y el progreso viene ahí nomás, doblando la curva, correrá el riesgo de irse definitivamente a la mierda (con perdón).

Y no la salvarán planes de emergencia, inversiones ni el mantenimiento –una dulce esperanza- de la ola, próspera y ajena, que nos subió a una nube de pedos.

¿Es tan difícil entenderlo? ¿Nos ha mareado tanto el caleidoscopio?

 

 

 

 

 

 

 

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