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EL CAPITALISMO EN 18 Y EDUARDO ACEVEDO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 26 oct. 2013 6:35 por Semanario Voces
 

El martes de mañana miraba yo con relativa atención el noticiero, cuando de pronto, tuve que frotarme los ojos para asegurarme de que no soñaba.  Pero no, no era un sueño ni una alucinación. Lo que la TV mostraba era la esquina de 18 de Julio y Eduardo Acevedo, justo frente a la Facultad de Derecho, y los presuntos maleantes a los que la policía arrestaba eran empleados de los locales de fotocopiado que funcionan en la galería que ocupa esa esquina.

Más asombrosa fue la causa del operativo policial: una denuncia efectuada por la Fundación de Cultura Universitaria respecto a la presunta infracción, en esos locales, de la ley que prohíbe fotocopiar o reproducir sin autorización textos protegidos por esa variante de la “propiedad intelectual” que se llama “derechos de autor”.

Los hitos históricos suelen ocurrir ante nuestros ojos disfrazados de hechos comunes. Así, mucha gente habrá visto a la primera rueda, o a la primera espada forjada en hierro, o a la primera imprenta de Gutemberg, como novelerías excéntricas y sin utilidad práctica. Otros habrán visto coronar al último faraón egipcio creyéndolo un hecho común, que seguiría repitiéndose por toda la eternidad, y muchos habrán creído que el movimiento  “juntista” en la América colonial era cosa de momento, sólo hasta que España se librara de Napoleón. La historia es así. Está determinada por hechos aparentemente insignificantes que después terminan cambiando al mundo.

Pues,  bien, uno de esos hechos se manifestó este martes en la esquina de 18 y Eduardo Acevedo.

¿ En qué consiste?

Sencillo: en que la forma más eficaz que ha desarrollado el capitalismo para comerciar cierto tipo de productos  (en este caso la producción intelectual y artística) ha sido superada por procedimientos técnicos que el capital no puede o tiene gran dificultad para controlar.

Hasta hace relativamente pocos años, la forma más eficaz  y barata –o la única- de acceder a la obra de un escritor, de un cineasta, o de un músico, era comprar un ejemplar del libro o del disco producido por una editorial o casa grabadora, o pagar una entrada de cine.

Así, la “industria cultural”, incentivada por los capitales que controlan a editoras y distribuidoras,  pasó a producir cada año millones de libros, discos , filmes y reproducciones de obras plásticas.

Sin embargo, la “industria cultural”, tal como la conocemos, está condenada. No por las fotocopias, que al fin y al cabo son un medio primitivo y en este caso juegan apenas un papel de chivo expiatorio. La “industria cultural” está condenada por la posibilidad de reproducción y circulación virtual  de las obras, vía internet,  que puede ser gratuita, ilimitada, instantánea e incontrolable.  Una verdadera pesadilla para cualquier capitalista de la cultura.

Para percibir la importancia del  cambio, es necesario recordar que, desde hace más de quinientos años, el sistema capitalista había derrotado a todas las otras formas de producción y comercialización de bienes en base a su capacidad de producir más mercaderías y ofrecerlas a menor precio. La industria cultural no era ninguna excepción. La producción en serie y la venta masiva de productos culturales (libros, discos, películas, etc) era consecuencia del accionar de poderosas empresas culturales (editoriales, compañías discográficas, productoras y distribuidoras cinematográficas, etc.) que se adueñaban de las obras de los autores y las comercializaban, quedándose con la parte del león de las ventas.

La aparición del fotocopiado afectó un poco a la industria cultural, en el sentido de que ya no era indispensable comprar el objeto “libro” para acceder a una obra. Cada libro podía ser reproducido total o parcialmente cientos o miles de veces sin que el editor –y el autor- percibieran un peso por ello. Pero seguía siendo necesario el elemento “papel”, que limitaba la circulación y hacía más fácilmente ubicable la “piratería”. Algo parecido pasaba con los discos y las películas, en tanto su reproducción y circulación irregular  requería de un soporte material.

La noción de “propiedad intelectual”, en su faceta de “derechos de autor” (porque también comprende las “patentes”), era el concepto jurídico que legitimaba perseguir a quienes reproducían las obras sin autorización y sin pagar los derechos correspondientes. En esta misma nota veremos hasta qué punto la noción de “propiedad intelectual”  es justa y legítima.

El gran cambio tecnológico que desvela a los capitalistas de la industria cultural es la aparición de internet. Es decir la posibilidad de que una obra, ya sea literaria, musical, fotográfica o cinematográfica, sea reproducida y reenviada millones de veces a cualquier distancia sin costo ni limitaciones y casi sin dejar rastros materiales.

La nueva tecnología vuelve innecesario al complejo aparato comercial que controlaba la reproducción y circulación de las obras. Eso plantea un conflicto entre el derecho de los autores a cobrar por su trabajo intelectual, el interés de los empresarios en seguir percibiendo la tajada mayor por la reproducción y venta de las obras, y el interés del público por acceder a las obras sin costo y sin límites.

¿Cuáles de esos derechos e intereses merecen más protección?

Parece claro que el trabajador intelectual, como cualquier otro trabajador, debe percibir una remuneración por su trabajo. También es claro que existe un interés social superior en que las obras culturales lleguen a la mayor cantidad de gente y al menor costo posible. Lo que no es tan claro es que la “propiedad intelectual” deba tener el alcance que hoy le asignan la industria cultural y otras industrias.

Supongamos el caso de un libro o una tesis científica cualquiera. ¿Qué parte del contenido de esa obra es realmente creación del autor?

Sin duda, el idioma en que está escrita la obra no es propiedad del autor. Es patrimonio de todos los hablantes de ese idioma, y el autor está aprovechando ese patrimonio común sin pagar nada por él. Pero, además, ¿cuántas de las ideas, conocimientos y recursos técnicos en que basa su tesis el autor son también patrimonio común de la humanidad?

Nadie inventa o crea algo de la nada. Todo creador aprovecha un cúmulo de conocimientos previos, por los que nada ha pagado, y  aporta apenas un nuevo punto de vista o una nueva conclusión. Tiene derecho a ser remunerado por ese aporte, pero su derecho no debe comprender la facultad de exigir cualquier precio ni la de impedir que su aporte sea conocido o usado por otros.

El asunto es aun más claro en el caso de las empresas que se apoderan de la mayor parte de los derechos de autor a cambio de difundir (vender) y administrar el uso de la obra o invento.

¿Qué persigue la denuncia hecha contra las fotocopiadoras cercanas a la Facultad de Derecho?

Me atrevo a decir que en realidad está enviando un mensaje dirigido no a los fotocopiadores sino a todos quienes estén dispuestos a saltearse la estructura comercial de las editoriales accediendo directamente a las obras de su interés. El mensaje es: “estamos dispuestos a impedir por todos los medios que nos salteen; así que tengan cuidado”.     

La noción capitalista de “propiedad intelectual” es ilegítima porque conlleva el indebido apoderamiento de bienes culturales que son patrimonio común de todos. Pero además de ilegítima es obsoleta, porque el actual desarrollo tecnológico –internet mediante- hace cada vez más posible el contacto directo entre el autor y su público, volviendo innecesaria la estructura comercial de impresión y distribución.

El asunto que la sociedad uruguaya –y su gobierno, que pretende ser “de izquierda”- deberían resolver es si continuarán respaldando el uso abusivo de la idea de “propiedad intelectual”, o si buscarán formas más justas y razonables de pagar el trabajo de los creadores intelectuales, diferenciándolos de los comerciantes de la cultura.

Este no es un tema menor. En  él se dirime la posibilidad de abaratar, universalizar y democratizar el acceso al conocimiento. La otra alternativa es la creación de un Estado policial orientado a impedir que el conocimiento fluya por las vías virtuales.

El camino popular, democratizador y garantista es encontrar otra forma de remunerar la creación intelectual, por ejemplo a través de un impuesto, cuyo producto se distribuya entre los autores en proporción a la circulación virtual de sus obras.

Sin duda, los monjes medievales, copistas de las obras de Aristóteles, habrían deseado actuar respecto a la imprenta de Guttemberg como lo hizo la Fundación de Cultura respecto a las fotocopiadoras.  Pero todos sabemos cómo se resolvió ese conflicto, y sabemos que la expansión de la imprenta democratizó el acceso a los libros.

Hoy la imprenta –y la industria editorial que la rodea- se enfrenta a otra forma más universal y económica de difundir el conocimiento. Por eso sabemos de qué lado debemos estar.  

  

        

  

 

 

   

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