Artículos‎ > ‎

El complejo del luxemburgués Por Roberto Elissalde

publicado a la‎(s)‎ 1 ago. 2013 13:29 por Semanario Voces
 

La presentación del “Atlas Socio-demográfico y de la desigualdad de Uruguay” a mediados de julio no sólo fue una oportunidad más para conocer el estado de desarrollo social y económico del país; también fue una oportunidad más para exponer el “Complejo del luxemburgués” que muchos compatriotas sufren.

Antes de que malinterprete ni un poquito: aspiro a que la política y la sensibilidad de izquierda nos lleve a un país sin “perdedores”, sin marginados contra su voluntad y sin niños nacidos sin esperanza. La política debe  convencer de que es posible y debe poner en marcha un arreglo social que haga que no haya gente con hambre, con déficit de atención de salud o educación, con frío o sin respaldo a la hora de desarrollar la vida que cada uno elija vivir.

No hay que ser conformista con el mundo que heredamos. Pero tampoco es sensato juzgarnos y juzgar a la mejor serie de gobiernos que ha tenido el país por no haber llegado al nivel de vida de los países centroeuropeos.

Desde hace un tiempo, algunos medios y varios uruguayos se miden contra lo que deberíamos (o querríamos) ser y descubren verdades dolorosas: nuestro nivel educativo es menor al de Corea, Nueva York es una ciudad mucho más segura que Montevideo, nuestra inversión en investigación y desarrollo es ocho veces menos de lo que gasta Japón, la seguridad en nuestras escuelas no pasaría los controles de la Unión Europea, nuestros ferrocarriles corren a 25 kilómetros por hora mientras que los de Francia lo hacen a 300 y una larga serie de etcéteras.

Partiendo de estas constataciones, creo que algunos sectores de la sociedad uruguaya sufren un "complejo del luxemburgués". La falta de modelos, la falta de discusión y síntesis política, lleva a que la fragmentación social genere imágenes de lo que queremos ser y a lo que tenemos derecho basadas en pautas ideales. O en el mejor ejemplo disponible. Se nos ocurre que si todos somos iguales y dignos, podemos tener un sistema de pensiones y retiros como en Luxemburgo, un arreglo de calles y carreteras como en el corazón del Benelux, una seguridad en los espectáculos públicos propia del Gran Ducado.

Es cierto que la gestión de los ruidos molestos, el orden del tráfico, la educación pública, el cuidado de los menores a cargo del Estado, la situación de los hospitales psiquiátricos, el control de calidad de los alimentos que se venden en la calle, las deficiencias en el ordenamiento territorial, la incoherencia entre el desarrollo productivo y el cuidado ambiental son propios del tercer mundo.

Quien sufre del complejo del luxemburgués cree que en este país todo se hace mal, que todos los liceos deberían ser como el Jubilar (o como el British), que nadie piensa en la generación de cadenas productivas integradas o que nadie se fija cómo estamos destruyendo el ambiente en el camino de un supuesto desarrollo capitalista. Y cada cual, desde su rincón, tiene algo de razón: entre el estado ideal que ya existe en otras sociedades y la triste realidad que vivimos hay un absimo.

Es exactamente acá donde creo que está el problema: la imposibilidad de hacer síntesis más allá de los intereses particulares (que son los que dan sentido a un sindicato o a un gremio estudiantil) nos lleva a tener visiones parciales de la verdadera situación del país y de la pertinencia de nuestros reclamos. No es culpa de nadie y es culpa de todos. Las organizaciones sociales que deberían brindar visiones del mundo que sinteticen -los partidos políticos- parecen haber renunciado u olvidado esa tarea. Son los medios entonces, con su necesidad diaria de titulares espectaculares y su falta de memoria y globalidad probervial, quienes nos informan sobre cómo está el mundo.

Parar el sistema educativo secundario del país por tiempo indeterminado porque hay charcos en los salones o porque hay obras que ponen en peligro de resbalones a los alumnos, puede ser central en Luxemburgo (PBI per cápita: U$D 107.000) pero seguramente no en Níger (U$D 383). Uruguay tiene un PBI per cápita de U$ 14.000[1].

El Atlas nos muestra un país con muchísimas carencias, algunas de ellas absurdas. Pero somos un país del tercer mundo y la sorpresa sería que no hubiera hogares con necesidades insatisfechas.

Quien sufre del complejo del luxemburgués sólo mirará hacia la cumbre de la pirámide, mientras que el oficialista sólo pondrá sus ojos en el camino avanzado.

La pregunta del millón es la siguiente: ¿De quién estamos más cerca, del país con mayor PBI del mundo o del más atrasado? La respuesta va a permitirnos, por un camino oblicuo, ubicar la magnitud de nuestras carencias y las próximas vallas a sortear. A falta de síntesis política, la intuición económica puede ser útil.

Por último, hay que coincidir que es necesario seguir combatiendo las injusticias sociales derivadas de las injusticias económicas provocadas por el capitalismo reinante. Pero el tremendismo no es ayuda y sólo un adecuado conocimiento de nuestras reales posibilidades de progreso puede marcarnos ese camino de trabajo.

 



[1]     Datos tomados de http://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.PCAP.CD

Comments