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El deterioro micro y la agenda Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 31 ago. 2012 5:39 por Semanario Voces
 

En mi columna de hace dos semanas (“De ranas, escorpiones, pollos y langostas”) estribé en tres “historias” para referir aspectos de la coyuntura económica y política de nuestro país.

Una de las historias citadas correspondía al caso de la rana que, puesta en una olla con agua a temperatura ambiente, no percibía riesgos ante el aumento gradual de la temperatura y moría hervida, mientras que de haber sido puesta en el agua ya hirviente, habría intentado salido rápidamente. Como la rana, cuando las sociedades viven procesos graduales y no súbitos de deterioro, no lo perciben y terminan muy mal. Deterioro social, cultural, económico o político. Me referí entonces al gradual deterioro que vivimos en materia social, con una exclusión que más que duplica a la pobreza, y a la creciente brecha entre uruguayos en materia de capital humano y perspectivas de generar ingresos.

Y dejé para “una próxima columna en Voces” (la de hoy) el referirme al deterioro también gradual y casi imperceptible que se observa en el ámbito de la micro economía, que es donde se diseñan las políticas que definen la tasa de crecimiento a largo plazo del país, para cuando el viento de cola haya cesado o, más aún, haya virado y esté viniendo desde proa.

Viene al caso, a modo de introducción al tema, citar a Arturo Porzecanski, un economista uruguayo que ha desarrollado toda su carrera en el exterior, en posiciones de destaque tanto en el ámbito académico como en el profesional, que dijo el año pasado a El País, que “la bonanza económica actual es coyuntural en América Latina” y que ella se basa en “el auge de las exportaciones de materias primas y la corriente de liquidez internacional que busca rentabilidad”. Dijo que el fenómeno ha sido tan intenso que incluso ha permitido andar bien a países con políticas económicas insensatas. Pero lo más importante de lo dicho por Porzecanski se refiere a los otros países del área que, como el nuestro, Chile, Colombia, Perú y Brasil, están bien manejados. Con relación a ellos, dijo que “la pregunta es si estamos aprovechando esta bonanza lo suficiente como para protegernos cuando las vacas ya no estén tan gordas como ahora. Y la respuesta es negativa: aún en los países mencionados no se están llevando a cabo las reformas para reducir la burocracia estatal, instrumentar una educación de calidad, mejorar la salud pública, modernizar la infraestructura pública y reducir la criminalidad y la corrupción. Y si no tenemos el coraje de hacer ahora esas reformas estructurales modernizantes, vamos a quedar mal parados el día que se desplomen los precios de nuestras exportaciones y se acabe el crédito barato”.

A ese tipo de reformas a políticas es que yo me refería en mi columna pasada. Es posible que para el caso de nuestro país, el lector no reconozca, en todas las áreas referidas por Porzecanski, enormes problemas y asignaturas pendientes, pero estoy seguro de que no habrá lector que no coincida al menos en más de una.

Es indudable que hoy estamos en el extremo de nuestras posibilidades de producción. Tanto el capital humano como el capital físico (infraestructura de transporte y energía) están siendo utilizados al límite o incluso más allá de él. La falta de adecuada inversión en el pasado (desde hace muchos años hasta la actualidad) es la causa del déficit de hoy. Y por adecuada inversión me refiero a cantidad y a calidad, a su oportunidad y a los diseños institucionales mediante los cuales la inversión se canaliza. Si hablamos de capital físico es indudable que en las actividades privadas se han registrado incorporaciones considerables de capital, desde el agro hasta varias industrias, desde la logística hasta los servicios turísticos. No ha ocurrido lo mismo con la infraestructura pública que ha quedado en offside y ahora limita el desarrollo privado.

Tanto o más notorio es lo referido al capital humano, es decir la incorporación de habilidades y conocimientos en las personas. Una vez más, hay una brecha considerable entre el pilar privado y el pilar público del sistema de enseñanza. Como ha demostrado Claudio Sapelli, otro destacado colega radicado en el exterior, el sistema de enseñanza uruguayo genera mayores diferencias entre los uruguayos en lugar de reducir la ya enorme brecha existente. La distribución de los resultados de las pruebas Pisa es más diversa que la distribución actual del ingreso y al decir de Claudio, de este modo el sistema de enseñanza da lugar a que la distribución esperada del ingreso (futuro) de los hijos sea peor que la (actual) de sus padres.

La cuestión no es reducir la desigualdad emparejando para abajo sino para arriba y entonces es evidente que el foco debe estar puesto en la enseñanza pública. Y acá, hasta los más honestos intelectualmente tienen un sesgo en su análisis y cuando se refieren al tema mencionan “presupuesto” en reiteración real y “gestión” con cuentagotas. Ni qué hablar de aquellos que hablan desde su interés corporativo o desde sus visiones políticas retrógradas, ancladas en el pasado.

Aquí y ahora hay excelentes experiencias privadas en ámbitos socialmente muy comprometidos. Sería bueno conocer el gasto por alumno en esos casos (computando todo, hasta el valor ficto del trabajo voluntario) y compararlo con el gasto por alumno en la enseñanza pública. Obviamente, también es menester comparar los respectivos resultados: repetición, deserción, calificaciones sobre pruebas estándar tipo Pisa, etcétera. Imagino que hay allí un modelo de gestión a tener en cuenta.

Pero hay varios otros ámbitos en los cuales hay que revisar las políticas micro en aplicación de modo de mejorar el rumbo y aumentar la velocidad de la nave, además de las citadas por Porzecanski. Veamos algunos ejemplos de ello.

Uno, la determinación de los salarios. Se realiza mediante acuerdos a nivel de sector de actividad, cuando en un sector coexisten empresas de enorme diversidad (localización, tamaños, mercado, apalancamiento, etcétera). Debe realizarse a nivel de empresa y tomando en cuenta la productividad. La actual rigidez del mercado laboral será un enorme hándicap ante contextos externos adversos.

Dos, la política de incentivo a las inversiones. Hay indicios de que se ha exagerado en este sentido y se ha llegado a magnitudes de “renuncia fiscal” considerables. Es correcto el progreso registrado en la utilización del scoring de las inversiones y en utilizar el instrumento de la exoneración impositiva para promover el avance en determinadas variables (uso de mano de obra, mercado al que se apunta, localización geográfica, etcétera). Cuanto más objetivo sea el proceso de obtención del beneficio, mejor para todos. Pero es posible que los grifos estén demasiado abiertos y se terminen promoviendo inversiones que de todos modos se realizarían. Al menos hay indicios de ello.

Tres, el régimen jubilatorio sigue mostrando una diversidad que debió irse superando a partir de 1996 cuando se hizo la reforma del régimen mayoritario. Las reglas de juego deberían ser similares para todos y no debería admitirse la diversidad propia de regímenes especiales al menos en los casos en que se requiere de financiamiento público. Y no es admisible que siga siendo admitida la presentación de testigos para probar años de trabajo al menos en la proporción en que ello se está dando: el 42% en 2010 y el 37% el año pasado, de los trabajadores que accedieron a la causal jubilatoria recurrieron a testigos.

Cuatro, al revés de lo ocurrido en China tras el censo de 1982, cuando se comprobó una explosión demográfica y se dictó la ley de hijo único, tras el censo uruguayo reciente y ante la comprobación de nuestro no crecimiento poblacional, debería hacerse lo contrario y promoverse la natalidad. El gobierno perdió una oportunidad para ello cuando aprobó el IRPF que en su diseño actual en casi nada beneficia a los hogares con más hijos. Podrían empezar por ahí.

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