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El día después de la campaña Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 15 feb. 2014 8:31 por Semanario Voces

Retomo el contacto con los lectores de Voces, ya entrados en el año electoral. Y lo hago, como vimos en alguna de mis columnas del año pasado, con el propósito (entre otros) de ir acompañando desde aquí la campaña hacia las elecciones, de modo de analizar las propuestas y las ideas que se vayan planteando por parte de los candidatos y sus equipos. Pretendo hacerlo desde una posición de independencia (sé que no todos saben entenderlo), que busca analizar las propuestas por sí mismas y no por quien las enuncie. También independencia con relación a la propia campaña, en la medida en que no habré de participar de ella, salvo como simple votante, ni participaré del gobierno que de ella resulte, sea del color que sea. Mis comentarios al respecto, por lo tanto, sólo se me podrán atribuir a título personal y no en representación de sector o partido alguno.

En esta primera columna del año quiero expresar un temor que tengo con relación a la campaña que ya se ha iniciado. Básicamente ese temor consiste en que la dinámica de la campaña termine generando enfrentamientos que impidan, ya en el próximo período de gobierno, concretar acuerdos sobre temas en los que por lo general no hay diferentes objetivos o propósitos y, en todo caso, hay diferencias de medios, caminos o instrumentos. En definitiva, me preocupa el día después de la campaña.

Como escribí aquí algunas veces, creo que en nuestro país existen, en los partidos políticos, enormes consensos, para bien y para mal: tenemos lo que alguna vez denominé políticas de país positivas y negativas.

Así como un día el Frente Amplio relevó a los Partidos Tradicionales en el gobierno y mantuvo (y en algún caso profundizó) políticas que contrariaban su discurso previo, estoy seguro que ocurrirá lo mismo el día que se dé el relevo opuesto. El Frente Amplio mantuvo las políticas de inflación de un dígito, de gestión de la deuda pública, de procura de reputación internacional (investment grade), de amigabilidad con la inversión privada y en particular, extranjera. Y si gana la próxima elección alguno de los Partidos Tradicionales, se mantendrán el MIDES, los Consejos de Salarios y el IRPF, más allá de cambios marginales (y razonables) que se les pueda introducir.

Muchos de los casos referidos constituyen políticas de país positivas que unen a los partidos políticos en nuestro país. Uruguay se caracterizó desde muy temprano, mucho antes que los restantes países del continente, por alcanzar estatus políticos, sociales y económicos más avanzados, cuasi europeos. Las políticas sociales no se descubrieron acá en marzo de 2005, en todo caso se expresaron de un modo distinto a las previas, dada la coyuntura particular del momento. Lo mismo que la bien ganada reputación por el cumplimiento de las obligaciones contraídas. Cada gobierno se ha ido apoyando en los avances de los anteriores, más allá de que haya habido crisis y retrocesos de vez en cuando.

También une a los partidos que han pasado por el gobierno una lista de fracasos compartidos, o, dicho de otro modo, políticas de país negativas o “no políticas” de país. No hay dudas que el primer lugar en la lista lo ocupa la enseñanza pública, pero también encontramos allí la nunca concretada reforma del sector público, los crecientes problemas de seguridad, el progresivo proceso de exclusión social (que no es pobreza), una cierta tendencia a caer en corporativismos y (last but not least) la lentitud en hacer las cosas debidas.

En la campaña que se viene, lógicamente, se van a exacerbar las diferencias y posiblemente se van a soslayar los consensos. Y en la búsqueda de la diferenciación, seguramente se caerá en aquello de “los buenos y los malos” o “ellos y nosotros” o “la izquierda y la derecha”. Cuando la cuestión real es que todos somos nosotros, todos pretendemos hacer las cosas bien y los problemas que debemos resolver no son de derecha ni de izquierda. Esto no implica creerse que no haya ideologías porque en el qué y en el cómo muchas veces ellas quedan en evidencia. Ni qué hablar de lo que pueda quedar tras la campaña si ésta se centra en lo “acusativo” en lugar de centrarse en lo “propositivo”. Al final del día, si ese fuera el caso, el voto refractario podría terminar castigándolos a todos.

El próximo gobierno tendrá por delante una agenda considerable y deberá lidiar con ella en tiempos económicos no tan favorables como los que venimos de transcurrir. Creo que no existe economista que piense que los próximos cinco a diez años nos tendrán en un mejor ambiente que los últimos cinco a diez. Veamos la agenda.

Uno, habrá que adaptarse a un nuevo contexto económico global y regional, menos amigable. Ni el sector público ni el privado podrán mantener sus actuales niveles de gasto, en ambos casos superiores a sus respectivos ingresos, dado que el crédito para financiarlos será más caro. Se deberá resolver el dilema entre inflación y competitividad, que lleva varios años, y otro, entre salario y empleo, que se está incubando y es inminente. Los impuestos y el presupuesto se meten en la agenda.

Dos, habrá que encarar reformas en el sistema de enseñanza pública, causa y consecuencia de otros problemas. Institucionalidad y diseño del sistema (incentivos; metas y objetivos). Magnitud del presupuesto (el huevo y la gallina) y dónde asignarlos (temprano o tarde en la vida de la persona).

Tres, se deberán concretar importantes inversiones en infraestructura: vialidad, puertos, ferrocarriles, energía, telecomunicaciones y manejo del agua.

Cuatro, se deberá ajustar la política de inserción internacional, que ha dejado de ser política de país como lo fue históricamente. En este capítulo no hay consensos como tampoco los hay en relación a la posición de Uruguay ante la OCDE.

Cinco, se deberá continuar lidiando con problemas de seguridad. Encima, con un plebiscito temático coincidiendo con las elecciones. Posiblemente se den aquí los máximos de polarización y eslogan.

Seis, habrá que avanzar en la reforma del sector público y seguramente en nuevos ajustes al sistema previsional (al ya ajustado y a los que aún no lo fueron). También el diseño de las políticas sociales deberá seguir acompañando la marcha de la realidad socioeconómica.

Siete, varios de los puntos anteriores deberían dar lugar a cambios en la estructura del presupuesto, con un presupuesto que por el punto uno no debería ser superior al actual. Por lo tanto, con el nuevo, debería haber “ganadores y perdedores”, con los conflictos asociados a esa situación.

En fin, no pretendo agotar aquí la lista sino apenas apuntar algunos de los temas más importantes de la agenda del próximo quinquenio.

Como podrá comprobar el lector, en varios de los puntos referidos son claras las diferencias de enfoque de los candidatos (incluso hacia adentro de los partidos). En algunos casos las diferencias están en el cómo y en otras en el qué, lo que es más complicado.

Pero en cualquier caso, ya sea que haya más cercanías o distancias, la campaña va a exacerbar las diferencias, va a simplificar las propuestas y las va a llevar a nivel de eslogan y en algunos casos (ya empezó) a “el quién da más” (más presupuesto, menos impuestos).

Esperemos que este proceso no termine bombardeando los futuros necesarios consensos para seguir construyendo juntos, el día después de la campaña.

 


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