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EL ECOLOGISMO DEL SIGLO XXI por Hebert Gatto

publicado a la‎(s)‎ 5 nov. 2013 15:26 por Semanario Voces
 

                                                                                                                        

 

        

El fenómeno es notorio y en el Uruguay aparece coordinado como si se buscara un efecto unificado sobre la población a través de un lenguaje pasional, pródigo en ejemplos que auguran, en tiempos breves, los más deprimentes desastres. Oposición en Rocha al prometido puerto de aguas profundas, movimientos contestarios en Tacuarembó y Lavalleja contra la minería a cielo abierto, tensa reunión en Sayago oponiéndose a la planta regasificadora en el oeste de la capital, caballerías ambientalistas por el centro de Montevideo. Al unísono, explosivas declaraciones de un ingeniero español argumentando que una explosión accidental en un buque gasificador  equivaldría a la de varias bombas nucleares; denuncias de cicatrices mineras que finalizada la explotación arruinarían para siempre la irrecuperable penillanura oriental; prevenciones ante un peligroso e inmenso puerto que estropearía definitivamente el disfrute de las playas rochenses polucionadas hasta el fin de los tiempos; críticas a puentes de acceso sobre Laguna Garzón paralelos al mar que habilitarían transitadas carreteras para desgracia eterna de la flora y fauna locales. Junto a tales incurias la iracunda oposición de los entrerrianos contra la fábrica de UPM, a su juicio un reservorio de inmundicias en el río “de los pájaros pintados”, que provocará por generaciones enfermedades incurables y una debacle estética.

Frente a semejante requisitoria daría la impresión que el país y su entorno internacional se levantaran  en defensa de un medio natural impoluto, amenazados por un ataque inminente dirigido desde el exterior. Por más que en los hechos dicha unanimidad no existe, ni está cerca de existir, ni nadie parece sufrir demasiado por la belleza de los idílicos paisajes orientales ni por la ingrávida limpidez de sus balnearios. De acuerdo a una encuesta de la empresa Cifra de julio último, gran parte de la ciudadanía apoya la extracción  de hierro. Lo mismo ocurre con la regasificadora y el puerto, que únicamente inquieta a sus habitantes más próximos. Mientras, la tesis negativa de los vecinos argentinos no la comparten siquiera los fraybentinos directamente implicados en una eventual contaminación y abiertamente proclives al desarrollo de la obra.  

¿Si esto es así, cómo explicar en pequeños grupos locales tanta pasión ecologista, semejante certeza, producto de una actitud de tal vehemencia irreflexiva que resulta inmune a cualquier argumentación? Dicho sea esto más allá de eventuales virtudes y defectos concretos de los diferentes proyectos, nunca detenidamente examinados por sus contradictores pero, para su mayor sospecha, ciertamente promovidos por empresas privadas únicamente interesadas en las utilidades de sus inversiones.

         Cierto también que estas sospechas sobre ataques al medio natural son de larga data en la historia, aun cuando sean distintos sus orígenes y sus promotores. Principiando por la defensa de los bosques y sus animales por los señores feudales. En las primeras décadas del siglo XIX, promediando la revolución industrial en ciertas zonas de Inglaterra se desarrolló un movimiento proletario junto a pequeños propietarios tejedores contrario a la introducción de maquinaria moderna considerando que las mismas generaban desocupación, algo que efectivamente ocurrió en los primeros momentos del proceso. El grupo promovió la destrucción de unas decenas de máquinas de hilar y una fuerte represión que transformó a un tal Ned Ludd, símbolo de la conjura, en el símbolo de los derrotados  rebeldes. A partir de ese modesto comienzo la crítica social se propagó, trasladándose a Francia y Alemania donde se combinó con el romanticismo, tradición literaria por entonces en auge en Europa, con el resultado, especialmente en zonas rurales, de un marcado rechazo a la modernidad y un fuerte apego al pasado, que muchos identificaron con la Edad Media, la vida campesina y su bucólico inmovilismo. El temor al cambio, a toda innovación y a una suerte de comunión con la existencia natural pautada por el folklore, la convivencia aldeana y el lento ritmo de las estaciones pervivió como un legado de esta corriente pese a que fue sacudida por la indetenible revolución industrial. Por más que se tratara de una tradición más literaria y filosófica que, implantada en sectores proletarios y paradojalmente en estratos de la nobleza rural amenazada por la ascendente burguesía, nunca alcanzó real gravitación social. Hace pocos años, seguramente impulsada por los muchos riesgos de nuestra civilización industrial, resurgió una versión neoludista contraria al progreso tecnológico, las grandes empresas trasnacionales,  la globalización de la economía, las computadoras e incluso la inteligencia artificial y sus implicaciones. En una desesperada defensa de lo pequeño y local. Pero también de una constelación de valores tradicionales como la familia, la solidaridad y la importancia de los vínculos personales lesionados por el anonimato de la vida moderna. En un movimiento que en sus comienzos llegó a tener, si bien lateralmente, ciertas relaciones con Heidegger su rechazo a la modernidad y a su través con algunos sectores nacionalsocialistas y su apego a los mitos ancestrales.

         Otra parte de esta difusa  herencia romántica, a la que se sumó como determinante los estragos de dos guerras genocidas más el peligro atómico dominante a mediados del siglo pasado (aún lejos de estar superado), y los desastres del desarrollismo capitalista o socialista  fuera de cauce iniciado en el mismo período, fue recogido por el auge ecologista que progresivamente, como el viejo ludismo y bajo el manto del humanismo se opuso a cualquier avance tecnológico profundo. Ello sin reparar que sin innovación resultaría imposible alimentar a  más de siete mil millones de personas, todavía en ascenso, que hoy pueblan el mundo. Una constatación, que sostienen los desarrollistas sensatos, no supone indiferencia ante cualquier transformación, ceguera a las consecuencias ambientales de las mismas ni por supuesto apoyo al belicismo, sino el equilibrio con un ecologismo informado y mesurado, conciente de sus límites y de los del planeta, pero también a las necesidades crecientes de una humanidad demandante.

         Ocurrió no obstante, que este ambientalismo desbordado terminó en muchos casos cooptado por la izquierda radical, que habiendo entregado sus anteriores banderas modernizadoras, aquellas con las que Marx celebraba el incontenible avance de la revolución burguesa, hoy parece volverse, por lo menos en sus prácticas mas afanosas de protestas sociales, a un neorromanticismo de corte naturalista. Como si la revolución invirtiera su marcha, se desdijera de las ácidas críticas de Marx al utopismo y se dirigiera hacia el perdido mundo de la inocencia roussoniana o a las  amanzanadas ciudades, entre los esmeraldinos valles  del país de Utopía, como las soñó Tomás Moro.

            Los resultados fueron los previsibles al fundir el temor a la degradación ambiental –por más que muchas veces justificada como aparentemente lo testimonia el debatido cambio climático- con  prejuicios político ideológicos. El foco ambientalista, en los comienzos prudente, fue ampliando su apertura y transformándose en una crítica civilizatoria global, a menudo sin excesivos fundamentos científicos y lo que es peor, sin efectivas soluciones de recambio. Lo que era prevención  rechazo a ciertos emprendimientos a priori agresivos para el entorno y adecuada crítica a gobiernos demasiado dóciles con las inversiones extranjeras se transformó en cerrada negativa a todo progreso tecnológico de base capitalista. Como si el progreso pudiera clausurarse sustituido por el ascetismo o por una revolución verde sin los necesarios mecanismos de implementación ni cálculos de sus consecuencias. Este desplazamiento no ayudó al ecologismo que difuminó sus objetivos perdiendo nitidez en sus acciones y cayó en actitudes declamatorias cuando no en un localismo miope o en un nacionalismo chauvinista.  Con ello, un movimiento bien inspirado, pero excesivamente generalista, incapacitada por sus prejuicios para discriminar en cada caso si las consecuencias de los proyectos modernizadoras causan o no daños, se ha enredado políticamente abandonando su rumbo inicial, cuando intentaba mantener una selectiva conciencia vigilante. Tal como está ocurriendo por estas latitudes donde muestra involucionar hacia un imaginario retardatario, refractario a toda novedad.

                Tampoco lo ha ayudado el apoyo de sectores tercermundistas igualmente de objetivos políticamente radicales. En el Uruguay suele coincidir con este movimiento, el inefable Pepe, filósofo uruguayo de la incongruencia,  que promueve entusiasta megaproyectos industriales y a la par se rebela contra el consumismo apelando a un estoicismo propio de las sociedades agrarias. Todo lo cual es de lamentar porque un ecologismo bien orientado continúa siendo una necesidad vital para una civilización  que suele confundir desarrollo con ciego crecimiento económico.

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