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EL ESTADO, HOGAR COMÚN Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 22 jul. 2016 15:04 por Semanario Voces



En los Estados modernos, éste se abroga el derecho de la fuerza, de la ley y ejerce sobre el ciudadano la coerción sobre su voluntad para obligarlo a cumplir con las obligaciones que le impone la comunidad, y le ofrece la garantía de que podrá ejercer los derechos que ella otorga a todos, de forma universal.

Este pacto, con el que hemos nacido, hace que una comunidad histórica organice su vida y la de su descendencia de acuerdo a normas que le garantizarán un porvenir previsible. Toda alteración, por mínima que sea, provocará una alerta, y hasta, posiblemente, reacciones apresuradas ante lo que puede percibirse como una posible pérdida del delicado equilibrio que mantiene unida a la gran familia que termina siendo una nación.

El siglo XX fue pródigo en luces de colores. En el fondo, lo único justificable, y que la comunidad internacional apoyó, fue el remanente de los procesos colonialistas. En eso se debe incluir el apartheid, como un sucedáneo del largo saqueo a que África fue sometida. No existe país alguno donde el socialismo haya podido demostrar que estaba en camino de ser el paraíso de toda la humanidad, como lo aseguraba La Internacional. Caído el telón de acero nada era como decía la propaganda. En lugar de estarse construyendo una sociedad sin ricos ni pobres, se estaban instalando canillas de oro en los baños de la élite, que no se privaban ni del caviar ni la langosta. La opacidad del régimen lleva a eso, no construye la proximidad entre los integrantes de lo que debiera ser una gran familia.

Existen vestigios de las otrora poderosas monarquías, y, de hecho, la concepción del socialismo de partido único es uno de esos vestigios. Ya nadie habla hoy de partido único ni de dictadura del proletariado. Parece un cambio intelectual muy importante, porque la izquierda, tal como la conocemos, se educó en eso. No construyó su estrategia pensando en que para alterar las relaciones entre las instituciones y las clases sociales, debía ir alternando su propuesta con el avance y retroceso de otras fuerzas políticas. No lo creyó conveniente, porque su verdad era La Verdad, y su propuesta tenía más jerarquía que las emitidas por otros sectores políticos. ¿De dónde salió ese programa eterno, donde cada etapa parecía más factible que el plan de Dios?

Marx y Engels plantearon cuestiones filosóficas, morales y diagnosticaron un desenlace que tiene muchas posibilidades de cumplirse. Lo que no hicieron fue lo que finalmente se hizo, en primer lugar en la Rusia de los zares, donde el tamaño del imperio llevó a Lenin a pensar que la vieja Europa, monárquica y rancia caería más temprano que tarde. En ninguno de sus trabajos Marx afirma que era posible construir el socialismo en un Estado nacional, y continuar construyendo allí la sociedad sin clases. Al contrario, fue partidario de que Inglaterra construyera en la India el ferrocarril, con todo lo de inmoral que implicaba, y con todas las vidas que seguramente se cobraría una obra de ese tipo, porque nacería una clase obrera, sin la cual el capital no cumpliría su misión histórica. Para el materialismo histórico era un paso ineludible en la lucha de clases.

En estos días se anuncia que UPM podría construir en Uruguay una planta todavía más grande que las que operan en el país. Se reedita el planteo que acompañó el establecimiento de Botnia, incluyendo la reacción inmediata de los piqueteros, aunque si alguna traza de kriptonita llega a la costa argentina es porque de este lado del río estamos todos muertos. Lo que digan en Gualeguaychú es previsible, extraña que también se escuchen razonamientos parecidos aquí, cuando si algo ha demostrado la industria forestal que se instaló en el país es que no contamina, que los árboles no agotan las reservas, al contrario, y que mueve muchísimos más puestos de trabajo de los que calculan los que no ven la realidad porque no la conocen. Esto repercute favorablemente en la vida del país, y es raro que el Ministerio de Economía no se preocupe por explicarlo a la ciudadanía, y hacer una labor didáctica para que no se actúe como barrabravas.

Si los beneficiarios indirectos de las papeleras y de todo el sector forestal, que es mucho más que las papeleras, se quedan cruzados de brazos, contando cuántos camiones pasan por la Ruta 3, en una actitud indolente, lo único que puede esperarse es que todo cambie, por hache o por be, las empresas a las que pertenecen las papeleras levanten vuelo y ni siquiera se preocupen por cerrar las puertas. Si el país, en cambio, actúa con responsabilidad, como debería actuar cualquier país que tuviera petróleo, por ejemplo, y se prepara para cuando la pasta de papel deje de tener una buena cotización, entonces estaría interpretando aquella opinión de Carlos Marx. La plantación de árboles no le hace mal ni al país ni a la atmósfera. Habrá algunos cuantos jabalíes más, muchas más cotorras que ahora, pero la tierra va a recuperar un porcentaje más alto de agua de lluvia, y habrá menos erosión, y se podrán construir mejores casas con la madera que trajo la aplicación de la ley 15939, del 28 de diciembre de 1987.

Los tres partidos mayoritarios de nuestro país han gobernado desde que se puso en práctica la Ley Forestal. Los tres partidos se vieron enfrentados a la disyuntiva de defender la ley o apoyar a los grupos de opinión que pensaban era perjudicial para el país, como sucedió con la minería de gran porte. Blancos, colorados y frenteamplistas la defendieron hasta en la Corte Internacional de La Haya. Actuaron con un sentido de continuidad de las políticas que requieren la defensa de los intereses de los ciudadanos, más allá de lo que es un período de gobierno.

Por una vez, el Estado no fue rehén de las aspiraciones partidarias, se actuó con un sentido más amplio, que hace previsible la vida de los ciudadanos. Los informes que los técnicos elaboraron no eran argumentos falaces para ganar en La Haya. Más que para complacer los reclamos de nuestros vecinos fue un respaldo para la propia ciudadanía uruguaya. La presentación de la documentación exigida  por los técnicos uruguayos para autorizar la obra tenía sentido, el resultado habló muy bien de la idoneidad con que cuenta el país.

Desde luego que el ámbito parlamentario es decisivo para el estudio y la promulgación de políticas de Estados, pero igual de decisivo es el control que ejerza sobre la aplicación de las leyes y el funcionamiento de las instituciones y empresas estatales. Admitir los controles, respetarlos, no enajenarse en defender lo indefendible, más que síntoma de debilidad son garantía de buen gobierno.

El estado no soy yo, el Estado somos todos los ciudadanos que estamos aquí y los que vendrán. Nuestros gobernantes deberían dedicar buena parte de su tiempo a buscar los ámbitos de coincidencia con sus adversarios políticos. Hoy trascendió que los resultados que obtienen los jóvenes uruguayos que están en secundaria, o ya desertaron de sus estudios, son apenas parecidos a los de países como Guatemala, Honduras o Nicaragua, países devastados por guerras fratricidas y pésimos gobernantes.

¿No habrá llegado el momento de que nuestros gobernantes actúen como buenos padres de familia, y asuman el rol que la ciudadanía les confió? Olvidarse de lo transitorio de su mandato les puede costar caro, y si no que lo diga Cristina Kirschner.


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