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BAILONGO Y PATRIA GRANDE Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 16 jun. 2012 15:44 por Semanario Voces   [ actualizado el 16 jun. 2012 15:48 ]
 
 

 

La presidente K, de visita en Angola, elogió el candombe y hasta se marcó unos pasos con un grupo de mujeres, que, por otra parte, llevan el tambor en la sangre. Después pareció sacada elogiando la cantidad de productos que había llevado para mostrar a los angoleños. En medio de la excitación reprendió a su secretario de Comercio Guillermo Moreno, medio en broma medio en serio, cada vez que le recordaba a la presidente que se había olvidado de algún producto: “Carne para todos y le-che-pa-ra todos”, con miradas de picardía y gestos rayando en la obscenidad, como cuando quiso ilustrar el ordeño a mano. Sólo le faltó anunciar los espejitos de colores. Cuando hablamos de la Patria Grande como una nación, ¿no sentimos vergüenza de que alguien nos represente como si fuese Jane en el papel de vendedora en el Cuarto Mundo?

Esta visita al país africano tuvo como motivo principal conseguir una línea de trueque de productos argentinos por petróleo. Un intercambio con cero dólar. 400 Empresarios acompañaron a la presidente pero bien deben saber ellos, mucho mejor que nosotros, que aparte del viaje poco más podrán conseguir de esta gestión. La producción no es de propiedad estatal por tanto será una operación en la que alguien tendrá que poner dinero para amortizar insumos, pagar salarios, impuestos y generar alguna ganancia. En este tipo de operación se puede ver el grado de desesperación en que está cayendo el gobierno de la Sra. K, que de ser un país lleno de recursos humanos y apto como pocos para la producción de alimentos en gran escala, está entrando en la era del trueque sin perder su capacidad de agitación política y social que ha caracterizado al poder argentino durante décadas (incluyendo el período en que la dictadura agitó los ánimos con su invasión a las Malvinas argentinas).

Los K también intentaron su guerrita con Uruguay por el tema de Botnia, y no les fue bien, pero quedaron con resto como para que sus procónsules den línea acá, sin que se les mueva un pelo, y, en parte, porque nadie se les puso firme y los mandó callar. Por el contrario, la Cancillería uruguaya ha manifestado el apoyo de nuestro país ante la reclamación de Argentina sobre las Malvinas. ¿Nadie del sistema político uruguayo preguntó al ministro de Relaciones Exteriores en qué basó el apoyo, que llevó a Uruguay a declamar públicamente que prohibiría el abastecimiento de buques con bandera de Malvinas acá, y a los barcos de guerra británicos que se abastecieran en nuestro país? ¿Cuál es la fundamentación histórica que maneja Uruguay para solidarizarse gratuitamente con la Argentina? Sería bueno que el gobierno nos explique en qué basan nuestros vecinos su demanda. ¿No tiene nada que ver el súbito apuro que le vino a la Sra. K por hacerse con el control de YPF, ó con el inicio de la era del trueque con Angola? Los británicos, tan  extranjeros como los argentinos en las islas Malvinas, tienen a cinco compañías trabajando en la búsqueda de petróleo. ¿Y por qué la Sra. K piensa que ese petróleo es de Argentina y no de los kelpers, por ejemplo? ¿O de Uruguay?

En tren de argumentaciones históricas, nuestro país también podría reclamar su derecho sobre las Malvinas. Siguiendo el razonamiento de Eugenio Petit Muñoz, que Julio Louis recoge para Voces del 7/6/2012, las Malvinas dependían del Apostadero Naval del Río de la Plata, que estaba asentado en el puerto de Montevideo, capital administrativa de la Gobernación Política y Militar de la Banda Oriental desde 1749, gozando, desde esa fecha, de una semi autonomía con respecto a Buenos Aires. En 1796 la corona nombra al gobernador de Montevideo jefe del Apostadero, por tanto, Comandante General de la flota que tenía asiento en nuestro puerto, y que, también, estaba fondeada en Malvinas. En nuestro artículo del 1 de marzo del 2012 propusimos otra serie de argumentos que hacían difícil el reclamo argentino. La posición de Uruguay no podría ser la del gallito de lata que sale a la calle saltando de costado, buscando camorra. Pero tampoco sumarse a la caterva de presuntos agraviados que ven en la Argentina al portavoz de todas las naciones al sur del río Bravo. Uruguay debió mostrar una postura más acorde con las dudas históricas en torno a este tema, con un debate en el ámbito legislativo, en profundidad, previo pasaje por comisión, donde fuesen escuchados los historiadores que hayan trabajado este tema. ¿Por qué la Cancillería se sumó a la urgencia que el gobierno de la Sra. K imprimió a sus pares latinoamericanos?

Damos por hecho que todo lo que suene a antiimperialismo es beneficioso para las naciones latinoamericanas. ¿Lo es? ¿Nuestra forma de asumir el antiimperialismo puede sentirse representada por el gobierno argentino? ¿La izquierda uruguaya puede llegar a creer que allí hay algún germen de socialismo? ¿Cuál socialismo? ¿El que llevaba Antonini Wilson en la valija? ¿El del vicepresidente Boudou? ¿El de Shocklender? Durante décadas, muchas, muchas décadas también creímos que Castro iba por ese camino, y ¿cuál ha sido el latiguillo de la política cubana? Que Estados Unidos levante el bloqueo, embargo o como se le llame. ¿Para qué quiere Castro que Estados Unidos levante el bloqueo si su guerra es a muerte con el país más poderoso de la Tierra? Éste ya mantiene un intercambio comercial con Cuba superior al que mantiene con Uruguay, por ejemplo, pero Castro, al igual que la Sra. K, ha hecho caudal de esta situación que tiene su origen en dos actitudes simétricas: la miope política de Estados Unidos hacia América Latina y, el aventurerismo histórico de Castro, que siempre tomó medidas extremas asegurándose que su vida no corría peligro. Al igual que la Sra. K, que se erige en paradigma de la dignidad latinoamericana, Castro ha tenido éxito en hacerse acompañar por una América Latina ciega y sorda, tal vez temerosa de cometer una injusticia al exigir algo tan sencillo como una argumentación más convincente acerca de las razones históricas de estos conflictos.

Para plantarse ante la comunidad internacional, y exigir que Gran Bretaña abandone las Malvinas, América Latina debería promover por sí sola, que Brasil devuelva a Paraguay el territorio que le quitó en la indigna guerra de la Triple Alianza, que Chile devuelva la salida al mar que le quitó a Bolivia, y que Argentina le dé Martín García a Uruguay, que está a tiro de honda de nuestra costa. Cuando todas las reclamaciones históricas estén encaminadas, la comunidad latinoamericana de naciones habrá construido una nueva y sorprendente realidad en el mundo: la de los países que se proponen, seriamente, la atenuación de los conflictos remanentes del colonialismo para construir naciones independientes y, a la vez, unidas en la estrategia común de enfrentar los desafíos del milenio. América Latina está en condiciones de hacerlo, y Uruguay bien puede empezar por reencontrarse a sí mismo para tener una política exterior consistente, y no sólo un papel de claque.

 

 

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