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El FMI ya no es el mismo: ¿es esto bueno o malo? Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 18 oct. 2013 9:35 por Semanario Voces
 

Es notorio que el FMI no ocupa, de un tiempo a esta parte, los espacios que solía ocupar en la prensa de nuestro país hasta hace algunos años. Eso se debe, básicamente, a que el país ya no tiene deudas con ese organismo multilateral, las que llegaron a su apogeo en oportunidad de la crisis de 2002 y fueron canceladas en la primera mitad del Gobierno Vázquez. Hoy día Uruguay mantiene una relación “de mínima” con el Fondo y recibe anualmente las misiones de orden, en tanto país miembro del organismo. La última misión, en el marco del Artículo IV, estuvo en Montevideo entre finales de septiembre y comienzos de octubre y tras ella hubo en la prensa algunas declaraciones de la Jefa de Misión con comentarios y recomendaciones de política (en la página web del FMI se puede encontrar el texto completo producido por la Misión a su término).

Hasta que se cancelaron las deudas con el Fondo en la segunda mitad de la década pasada, el país solía utilizar su crédito y para ello se producían Cartas de Intención en las que se describía la situación y se planteaban las políticas a impulsar por el Gobierno. Dichas Cartas se daban, habitualmente, en el marco de programas “stand by” a corto plazo y en alguna oportunidad, en el de un acuerdo de “facilidades extendidas”, a mayor plazo. Las Cartas de Intención reflejaban la “condicionalidad” del crédito, ya que si bien eran producidas por el país, su contenido era acordado entre ambas partes, y el no cumplimiento de sus metas daba lugar al no desembolso de tramos del crédito y a su renegociación con el organismo, con la desventaja de haber incumplido.

Esa menor presencia y relevancia del Fondo en nuestro país no es excepcional, ya que en los hechos su importancia se ha debilitado mucho en el mundo en los últimos años, en parte debido a la situación extraordinaria que han aprovechado las economías emergentes, que eran los clientes habituales del FMI.

Desde otro ángulo, también se refirió a la pérdida de influencia del FMI Enrique Iglesias, en una reciente entrevista de Luis Custodio en “Economía & Mercado” de “El País” (lunes 7 de octubre), bajo el título de “El mundo no encuentra el rumbo para armar un nuevo sistema financiero”, algunos de cuyos pasajes creo que vale la pena reproducir a continuación.

Consultado sobre la advertencia realizada por él tiempo atrás acerca de la necesidad de instaurar un nuevo modelo financiero, Iglesias expresó que “Estamos en un período de gran incertidumbre en materia económica y social, donde no han aparecido soluciones definitivas a los problemas que afectaron a los países desarrollados. El mercado financiero dio muestras de una enorme creatividad, que alimentó la codicia desmesurada así como la falta de regulación financiera, no por olvido, sino por filosofía. Estados Unidos está saliendo, pero aún está expuesto a turbulencias con problemas importantes para resolver, como su gran endeudamiento. A su vez, Europa está superando tímidamente el peor momento. Todavía los sistemas bancarios están débiles, con activos muy complicados y una situación muy confusa desde el punto de vista de la regulación”.

Preguntado acerca de por qué no se avanzó como esperaba, Iglesias dijo que “Uno de los factores más importantes que juegan negativamente en esta realidad, es que se ha debilitado el liderazgo que en su momento tuvo el Fondo Monetario Internacional. Es bueno tener siempre una visión de futuro, y en este momento no la hay en la economía internacional. Pero además, se está marchando a navegación visual, sin una estrategia previa, y al mundo le cuesta encontrar el rumbo para establecer una nueva organización internacional. El sistema financiero es la base de todo y en la actualidad tenemos problemas en Estados Unidos, en Europa y también en Asia. Es un elemento clave para afirmar que estamos ante una economía sin rumbo, eso es lo que me preocupa”.

Y cuando el periodista le hizo notar que frente a su concepto de que es una debilidad no contar con el Fondo Monetario, otros piensan que es bueno que no se lo necesite, comentó que “Lo importante es no tener que necesitar de la asistencia del Fondo, pero es una cosa distinta a no tener a esa institución activa. Es necesario que alguien ponga orden y reglas de juego, para que todos nos comportemos de forma tal que las cosas puedan funcionar con equilibrio y equidad. Para ello prefiero tener al Fondo, que oriente la organización del sistema financiero mundial. El FMI abrió, en los últimos años, las puertas a soluciones que nunca hubiéramos imaginado nosotros, cuando teníamos que lidiar con la institución treinta años atrás; se ha flexibilizado de una forma sorprendente, enfrentando situaciones que ellos mismos consideraban incapaces de administrar con los esquemas viejos. Por ejemplo, la apertura de nuevas líneas de crédito casi automáticas, para encarar contingencias; es un hecho novedoso que, muchas veces, puede ayudar a alcanzar soluciones y que hay que tener en cuenta. Por eso reivindico el papel de esa institución y la necesidad de que retome el liderazgo que tuvo tiempo atrás”.

En definitiva, desde una visión global y más allá de la casuística de los países, Iglesias ve al Fondo debilitado y considera que es negativo que esté en esa situación porque el mundo lo necesita en el rol orientador, regulador, organizador, que nadie ha asumido en su lugar. Y refuerza su argumento destacando la flexibilidad que el organismo ha mostrado recientemente. Flexibilidad, digo yo, que no había sido un atributo del “viejo” Fondo.

Un buen ejemplo de lo que Iglesias reclama como rol del Fondo está dado por los conceptos de Olivier Blanchard, Economista Jefe del organismo, en el Prólogo de las “Perspectivas Económicas Mundiales” de este mes, cuya lectura también recomiendo.

En dicho Prólogo, Blanchard reparte recomendaciones de política económica a diestra y siniestra con sabiduría y con equilibrio.

Sobre Estados Unidos, advierte sobre el riesgo de un ajuste fiscal mal diseñado y sobre la necesidad de que en materia de política monetaria se vaya viendo cómo salir de la actual situación expansiva, destacando los problemas de comunicación que ha tenido la Fed.

Sobre Japón, destaca dos desafíos: los riesgos de cómo dar con una adecuada consolidación en materia fiscal a partir del aumento del impuesto al consumo e implementar reformas estructurales que eleven el crecimiento económico.

Sobre Europa, advierte sobre los balances de los bancos, tanto en el centro como en la periferia del continente y también demanda urgentes reformas estructurales para fortalecer el crecimiento potencial.

Sobre los mercados emergentes, mientras tanto, es donde pone el mayor énfasis en esta oportunidad, dado que es donde más se ha desacelerado el crecimiento recientemente. Blanchard encuentra que esto se debe en parte a factores cíclicos (como en Rusia y Sudáfrica) y en parte a una caída en el crecimiento potencial (como en China e India). En este contexto, considera que los gobiernos de las economías emergentes tienen dos desafíos: ajustar a un menor crecimiento potencial y lidiar con el ajuste cíclico. Para ello también acá recomienda realizar reformas estructurales (como el rebalanceo hacia el consumo interno en China) y mejorar las finanzas públicas y fortalecer las políticas monetarias, cuando haya elevados déficits fiscales e inflaciones respectivamente. Finalmente, ante la (por ahora postergada) subida de las tasas de interés de largo plazo en Estados Unidos, y el consiguiente retorno de capitales a ese país, recomienda a los emergentes poner las casas “macro” en orden y permitir que sus monedas se deprecien. Como elemento distintivo, positivo, respecto al pasado, Blachard considera que la menor exposición a las monedas extranjeras evitará crisis como las de antes.

Son demasiados avisos a demasiados navegantes, que, para ser efectivos, requerirían que el Fondo tuviera el rol que Iglesias considera clave que tenga, pero que en realidad no tiene. Y el no cumplimiento de algunas de esas recomendaciones puede tener consecuencias a una escala considerablemente mayor a la del área específica de que se trate.

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