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EL GORDO CON BASTÓN por José Luis Baumgartner

publicado a la‎(s)‎ 16 abr. 2012 13:02 por Semanario Voces
 

 

 

La Asociación de Dirigentes de Marketing (ADM) organiza regularmente en lugares cucú/pipí almuerzos, a cien dólares el cubierto, en los cuales se presentan como disertantes a políticos en auge y a personajes de la sociedad que algo van a decir. El público, en las mesas, es tan conspicuo como el famoso que ese día ocupa el púlpito. En realidad, si uno se tomara el trabajo de registrar asistentes, comprobaría que durante los últimos años muchos de ellos han subido al podio magistral o han sido, y aún son, candidatos a hacerse oír desde allí.

Periodistas al acecho hasta las tres o cuatro de la tarde. Declaraciones, fotografías y filmaciones que ocuparán espacio en los noticieros. Borbollón palabrero. Efectos colaterales. Derivaciones directas e indirectas.

Tormenta de verano. Ya pasó. Venga el siguiente. Siga la función.

(Entre paréntesis: ¿a dónde va a parar la recaudación de los almuerzos?).

 

ADM es una burbuja para gloriosos en lista de espera –y al merodeo-.

Abuchalja, único asociado conocido que organiza los eventos y siempre preside el estrado, es un genio de la onda Manija/ Pasarela/ Figura/ Figurita/ Figurante/ Figurón. Un discreto y sagaz  Tinelli de la conferencia- espectáculo.  Sin necesidad de minas apabullantes ni bailes del caño. ¿Quién no desea ser el hombre del día, aunque sea por media hora? Pues él obsequia –es un decir- esa oportunidad democrática -a fuerza de ser omnicomprensivo entre la clientela cautiva de los próceres, sin importar pelo, meta,  ni dirección seguida. Lo que importa es que uno salga a escena  y diga cosas para mover el aire.

Mi sincero homenaje a su sentido de empresa y ejecutividad no poco intrépida. No dije “inventiva” porque hay antecedentes en el mismo sentido. El Centro Interamericano de Comercio Y Producción, CICYP, por ejemplo.    

 

Cuando recién me recibí de abogado trillé estudios buscando sitio para aterrizar. Por suerte (lo digo hoy) no conseguí más que, desde uno de ellos, me recomendaran a un señor Ons Cotelo, ex funcionario de Relaciones Exteriores, que estaba organizando aquí en Montevideo una asamblea continental de dicho Centro, y necesitaba amanuenses.

Fui. Me tomó. Trabajé tres meses en la Bolsa de Valores, sede del CICYP. Debía llenar lo más posible la revistita azul del organismo con comentarios de libros y conferencias de los magnates que lo integraban –desde Canadá a la Patagonia-. Me servía de cables sueltos, síntesis en inglés de publicaciones varias y tapas de revistas.

Un día, Ons me mandó llamar. Yo había adjetivado con distinta intensidad escritos de dos pesados boss yanquis. Seamos claros –comenzó su lección-. Nosotros estamos para batirles el parche a todos esos empresarios que gastan sus vidas haciendo dinero. Aquí sí, a muerte, nadie es más que nadie. Todos son idénticamente portentosos. Desatada su envidia, podemos desaparecer –y no sería buen negocio para este servidor-. Aplicando el rasero, palabra más, palabra menos, su labor es impecable. Para demostrarme su satisfacción aumentó algo mi salario. Incluso me encomendó preparara el discurso inaugural de la Conferencia         -que oí por boca de un veterano carcamán-.

 

Entonces aprendí para siempre el valor de la frase: batirles el parche…

 

Pero claro, hasta ahora ni en el CICYP –ni en las multitudinarias fiestas de premiación a periodistas o artistas del espectáculo-, surgió ningún gordo con bastón que disfrutara con inocencia natural (como niño jugando en el agua, como tigre cazando gacelas en el Discovery) el armado de un previsto y previsible batifondo, por completo ajeno a ningún destino ministerial.

Nada sorpresivo, por supuesto. El Gordo con bastón –se sabe- es perito en esgrimir una granada, o un candelabro de siete picos, o la referencia a un Flaco gil, o genérico insulto   semi ético y madre mediante, para suscitar puteríos baratos con patricios, obispos y mersa desconocida (de la que me siento parte) –olvidándose todos por un rato de los enfermeros asesinos y de para qué sirve el Ejército en un país tan condenado a guerrear como San Marino-. Abuchalja se topó con un mago no menos ardidoso que él –y también le sirvió; ¡vaya que le sirvió!-.  

 

Ahora, yo (un paria en estos fastos), me permito dos observaciones.

 

Una. No entiendo por qué el Gordo con bastón, caído el 14 de abril de 1972, baleado, en un berretín de Amazonas 1440, rehén de la dictadura y tipo que se caga en funciones de fachada, se prestó a ser protagonista circense en un comistrún de la ADM –dedicada a batirles el parche a caciques con algún puntaje en la anual-. ¿Precisaba una dosis de autopromoción?

  

Dos. Al parecer, históricamente, en la realidad, Jesús fue un individuo de rasgos toscos: narigón, labios gruesos, ojos saltones, frente estrecha, pescuezo de buey, mentón ceñido, bajo, giboso, de cejas juntas, escasa barba y pelo raya al medio sobre la frente; un aldeano  piel oliva –como los naturales de la zona- que un día le dio por predicar, y madre y hermanos dijeron que había enlocado.

Que se sepa, nunca llamó a nadie Ñato, ni nunca a nadie se le ocurrió llamarle Flaco - porque no se habría podido dar por aludido-.

 

Todo lo más bien, hasta que apareció el Gordo con bastón –ex monaguillo, capaz de intimar con Dios y con el Diablo en la misma churrasqueada, y que, a los corcovos, como los pingos de la Rural, terminó integrando el espectáculo montado por el ruloso y muy discreto Abuchalja-.

 

 

 

 

 

 

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