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EL GRAN MENSALAO Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 31 ago. 2012 5:56 por Semanario Voces
 

El pasado 7 de agosto comenzó en Brasil el juicio a los 38 acusados del Partido de los Trabajadores, de otros partidos aliados, de la banca y el mundo empresarial que incurrieron, presuntamente, en delitos tales como:

peculado, lavado de dinero, corrupción y fraude mientras ejercían distintas responsabilidades para el gobierno de Luiz Inácio Lula Da Silva.

Lo que en su momento fue un escándalo fenomenal, y que en cualquier otra circunstancia le hubiese costado un juicio político al Presidente Lula, no sólo  lo dejó intacto de manchas sino que al día de hoy cuenta, todavía, inexplicablemente, con un 70% de adhesión popular, un hecho que incide de todas las maneras imaginables sobre la realidad.

¿En qué consistió el delito? En utilizar dinero público para financiar la campaña electoral de Lula en 2002, así como la de muchos otros candidatos de su Partido de los Trabajadores, y otros partidos aliados que respaldarían a Lula que asumió el gobierno el 1º de enero de 2003 sin mayorías parlamentarias. El dinero siguió fluyendo mensualmente (de ahí lo de mensalao) para comprar el apoyo parlamentario hasta que en junio de 2005, Roberto Jefferson, entonces diputado y hoy presidente del Partido Laborista Brasileño, declaró que había recibido del PT 1.6 millones de euros como pago de su apoyo al gobierno de Lula. La ingeniería de semejante operación, que acabó descabezando a los principales cargos del Partido de los Trabajadores, la había puesto en marcha alguien “ajeno” al mundo político brasilero: Marcos Valerio Fernandes, sindicado por el Ministerio Público en las 44.265 páginas que Roberto Gurgel, Procurador General de la República elevó al Tribunal Supremo de Brasil, como el cerebro de esta operación.

El publicista Marcos Valerio Fernandes, a través de sus dos agencias, llevaba las cuentas de varias empresas estatales. De ahí salió el dinero para montar la campaña publicitaria de Lula en 2002. En los dos años siguientes, 2003 y 2004, ya con el Partido de los Trabajadores en el gobierno, su patrimonio se multiplicó por 60. Pero una vez saldada la cuenta de la campaña, todavía quedaba asegurarse la fidelidad al compromiso de apoyo legislativo, por lo que Fernandes siguió desempeñándose en la distribución mensual hasta un total de 35 millones de euros, procedentes del Banco do Brasil.

En la operación estuvo involucrado hasta Eduardo Duda Mendonca, también publicista, que dirigió la imagen de Lula durante la campaña. Según su confesión, tuvo que abrir una cuenta en un paraíso fiscal para recibir su mansalao. La lista está integrada por la plana mayor de Lula, tanto en el gobierno como en el Parlamento: Luis Gushiken, ministro de Información; Joao Paulo Cunha, presidente de la Cámara Baja; Delubio Soares, ex presidente y tesorero del Partido de los Trabajadores, algunos entre los 38 juzgados. Pero de todos ellos, por su peso político, por su proximidad a Lula y por su pasado, se destaca José Dirceu, quien según el fiscal general sería el encargado de montar la trama delictiva propuesta por el publicista Marcos Valerio Fernandes.

José Dirceu era la mano derecha de Lula en el gobierno, y fue sin dudas el golpe más duro en la trama del mensalao. Pero, ¿quién era, realmente Jose Dirceu? Había sido detenido en 1968 por la dictadura brasileña durante un congreso estudiantil. Un año más tarde, junto a otros doce presos políticos, sería canjeado por el embajador de Estados Unidos, Charles Elbrick. En Cuba participaría de cursos militares y le sería practicada una cirugía facial. Volvería por algún tiempo a Brasil, como integrante del Movimiento de Liberación Popular, pero volvería a La Habana definitivamente, hasta 1975, cuando regresa por última vez a Brasil bajo la identidad de Carlos Enrique Gouveia de Melo, un supuesto comerciante de origen judío. Bajo esa identidad permanece hasta la amnistía decretada por el gobierno militar. Participa activamente de la fundación del Partido de los Trabajadores, siendo electo presidente, cargo que ejerce entre 1995 y 2001.

Brasil está pendiente de la resolución que adopte el Tribunal Supremo, que se calcula tendrá lugar a principios de octubre. Las defensas ya han hecho sus descargos y sólo queda que del extenso expediente de 44.265 páginas de pruebas documentales surjan resoluciones que hagan de la vida política brasilera un antes y un después. Conviene recordar que en menos de un año de ejercicio de la presidencia de Dilma Rouseff, tuvo que “aceptar la renuncia” de doce de sus ministros acusados de corrupción. En cuestión de meses se sabrá quiénes quedarán libres de acusación y quiénes verán confirmadas las suyas, por el momento sólo hay una persona que ha permanecido al margen de toda acusación: Lula. Todo cayó bajo sus pies, pero su imagen personal se mantuvo levitando, hasta después que su partido quedó prácticamente diezmado y sus antiguos aliados lo abandonaron al no recibir más el mensalao de manos del publicista Fernandes. En las turbias aguas de la política brasilera difícilmente habrá una respuesta definitiva sobre si Lula sabía o no sabía cómo funcionaba la trama que lo mantenía a flote. Unos afirman que sí y otros que él estaba por encima de todo eso.  Pero hay otras preguntas que, de por sí, inquietan más que si Lula sabía o no sabía.

1)      ¿Hasta dónde hubiera seguido funcionando la trama delictiva, y a qué precio, si Roberto Jefferson, testigo directo, y parte del soborno, no hubiese hecho la denuncia y entregado detalles sobre la trama a la Procuraduría General de la República? Hasta la confesión de Jefferson, las denuncias eran atribuidas a los enemigos de que por primera vez Brasil tuviera un presidente surgido del pueblo; después, la reacción de Lula fue de sorpresa por haber sido engañado por su gente. Pero ¿cuál hubiera sido el resto de la historia si un testigo como Jefferson u otro implicado directamente no hubiese hablado?

2)      ¿Qué hizo de alguien como Jose Dirzeu, con un pasado guerrillero, con una carrera política indudablemente de izquierda, un político con las mañas que normalmente se le atribuyen a los sectores más tradicionales y acostumbrados a moverse entre los pasillos del poder político? ¿Qué enseñanzas deja esta extraña mutación?

3)      ¿Qué era para el PT el Estado, cuando, supuestamente, para la izquierda el Estado es la garantía contra el juego perverso del capitalismo y sus alimañas mayores: las empresas privadas? ¿Qué seriedad hay detrás de ese discurso si la llegada al poder ya es precedida por una trama que está basada en el uso de los fondos públicos para uso indiscriminado del nuevo gobierno, con destino al enriquecimiento personal?

A cuenta de los resultados que arroje este juicio trascendente, por sus derivaciones éticas y morales, debería hacernos mirar para adentro, y preguntarnos, con toda la honradez posible, si ese Estado burgués que queremos desarmar, tornillo por tornillo, es el mismo para el que nos ofrecemos gobernar. Porque si fuese así, no será posible mediante engaños y estafas; a la corta o a la larga todo se sabe, y en lugar de avances lo único que acaba siendo posible es sobrevivir un día más.

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