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ELLAS Y ELLOS: EL ACADÉMICO INCÓMODO Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 14 nov. 2011 10:32 por Semanario Voces
 

Se le advierte, seguro que contra su voluntad y jamás se sabrá si hasta puede ser inconsciente, una actitud compungida que esconde una incomodidad esencial; es como si de pronto, ante sí, se hubiese abierto una puerta que le lleva inexorablemente a un sitio que –esto es paradójico- le atemoriza pero le fascina.

Ricardo Ehrlich, el académico notable, el investigador, el hombre culto e inteligente, se ha lanzado, desde hace un tiempo, a las turbulencias de la política de gobierno. Los tubos de ensayo, microscopios y pruebas de laboratorio entre los cuales se movía como delfín simpático en aguas serenas del Caribe, dejaron paso primero a la burocracia pesarosa de la Intendencia de Montevideo, que le aplastó el espíritu, el discurso y el hacer, y ahora, cuando alguna cabeza inquebrantablemente optimista imaginó que éste era su destino ideal, a la pesadez elefantiásica del ministerio de Educación y Cultura: una sinuosidad perfecta de cosa casi inútil o con deseos de serlo.

El académico está incómodo, olfateando.

Sin embargo, parece gustarle el vino efervescente, ese que embriaga fácil, de una buena pose para la fotografía o la cámara de televisión. ¡Y vaya que posa! Es la estampa a cuidar, hoy que ya está un poquito mareado por el poder. Después vendrá, tan previsible como el maestro Tavárez, el discurso verboso, semejante a un bosque desmesurado de coníferas transgénicas, algo gimoteador, primo de aquellos versos clásicos de Giner de los Ríos que no leía ni su propia familia; los sabía de memoria antes de que el oxidado pero erecto y aristocrático poeta los leyera.

Entonces, aquella encarnadura sólida de científico, ¡ah, obra y gracia de la bendita necesidad de parecer!, se convierte en un hombre más bien quieto, que ante cada circunstancia compleja abre los ojos claros con generosidad, arquea las cejas como hacía Pepito Marrone y otea sobre los lentes mientras que su encrespado bigote de mosquetero, más de Athos que de Portos diría Roberto Giordano,  -una pilosidad viril, pinchuda y de extraña movilidad autónoma- le permite disimular sonrisitas irónicas, en exceso autoindulgentes, o unas muecas con vida propia de sorpresa e incomprensión. Y, claro, le cuesta horrores pasar de dichos y gestos a los hechos que se esperan.

Lo que sigue, con frecuencia no es estimulante.

Los interlocutores, al recibir tamaños mensajes, muestran a su vez una expresión que oscila entre la estupefacción y unas ganas irrefrenables, cual si padecieran  hiperplasia prostática, de ir al baño.

O de cambiar de canal, que para el caso, si se tolera la licencia, es igual.

Una piensa si no hubiese sido mejor para todos, empezando por el propio hombre quieto, discursero, bigotón y, pese a todo, compuesto y engolado, al estilo Valéry Giscard d’Estaing, que hubiera permanecido en aquella Facultad de Ciencias que, se supone, sigue amando.

“La vida trampera me fue dando soga/ y me fui de boca tras una ilusión”,  dice el tango “Avergonzado”.

Hay quienes a veces, en un instante de lucidez, se dan cuenta. Pero, bueno, es un tango, nada más.

 

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