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ELLAS Y ELLOS: LA ETERNA INFANTA BEATRIZ Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 2 dic. 2011 7:51 por Semanario Voces
 

 

Su ornamental salto de la política a la televisión no ha sido más que eso, puramente un acomodamiento algo exhibicionista en un sitio que se parece mucho al otro; vamos, chica, que desde siempre se han retroalimentado una y otra, lo que asegura con frecuencia los retornos triunfales.

Así que no debe sorprender el nuevo escenario que ha elegido la eterna infanta Beatriz Argimón.

Sigue a su aire, reconstruyéndose con minuciosidad de orfebre, delgada sin preocupar demasiado, con piernas torneadas, altivas, busto firme pero sin arrogancia, cuello resguardado por sombras bien pensadas según la ocasión, nalgas endurecidas por el trabajo aeróbico, y tal vez más, y esas mismas caderas cuasi adolescentes, predestinadas de todos modos a ciertas indulgencias del tacto –quiero decir: me parece, supongo, imagino al ver de lejos- por la tensión un tanto ficticia que exhiben, ganada gracias a una vestimenta apropiada, casi una armadura poco menos que maniática pero eficaz para la cámara, a distancia.

Claro, otro cantar podría ser en la serenidad desnuda del sueño bajo transparentes sábanas y su verdad indesmentible. O no. ¿Habrá allí flojedades, arrugas, algo descolgándose? ¿O por el contrario nada escamoteará ni el mínimo detalle de lo imaginado, más allá de pequeñas obras artesanales?

 He ahí el secreto de su seducción. Sólo lo descubrirá quien ella quiera cada vez.

Voy a confesarme: he amado su pelo y sus ojos y ha sido un sufrimiento de dudas. ¿Ha habido durante años una peluca protectora de un rubio oscuro  caprichoso, muy a la modistería de estos años, o eso que engalana su satinada cabeza es propio? ¿Es pura imaginación mía, afiebrada, casi al borde de la locura, que el tamaño de sus ojos, de un fulgor que jamás se apaga y de un color que hubiera enloquecido a Guy de Maupassant, haya aumentado al paso de los recientes años? ¿O es el precio, de cualquier manera bien pagado, por estiramientos epidérmicos que, en realidad, tenían otros destinos?

Observándola en su nuevo papel –nunca de reparto, si es por sus aspiraciones, pero que le exige el roce con gentes ligeramente vulgares o no a la altura de su sazonamiento cultural-  hay como una puerilidad de niña del Sacre Coeur en armonía con la mal disimulada altanería de su voz y la aristocracia de sus gestos.

No le importa. Tiene un objetivo preciso, indeclinable: volver al primer plano de la política. Y sus actuaciones de hoy, a las que jamás verá innecesarias y que la fascinan y le hacen arder deseos profundos acerca de los cuales no quiero averiguar, ¡sálveme la providencia o una extirpación completa de próstata!, es posible que le abran puertas que se le cerraron porque, mi querida infanta Beatriz, la ambición excesiva si no mata traiciona.

Como sea, volverá. No tengo dudas. Quizás, eso sí, ya no alcancen las estrategias estéticas usadas hasta ahora y la infanta eterna deberá entender, confío en que sin dolor porque es inteligente, que el tiempo es el tiempo y los años pasan y pesan. Y deberá haber otro acomodamiento, una reconversión más. ¿La última?

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