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ELLAS Y ELLOS LA LLAMARADA TRIVIAL Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 19 nov. 2011 10:30 por Semanario Voces
 

Aunque parezca mentira, hay uruguayos que buscan en la televisión a esa mujer de sus sueños, carnosa sin sobrarle, de andar con nalgas redondas y tersas, oscilantes, generosa para amamantar, pero además cariñosa, simpática, inteligente y de conversación serena, elegante para cuando cuadre.

Es la fuerza tremenda de la caja boba.

A veces se cree que por fin esa mujer ha aparecido porque pululan las que tienen la pretensión. Sin embargo, sobran las engañosas. Si se espera que con el envase venga el pudor, la sobriedad, la charla limpia y llana, de golpe la verdad tira la ilusión a la mismísima mierda.

¿Cuántos la han buscado entre los cuatro mil programas idiotas que nos taran a diario, si allí se reproducen ciertos prospectos como conejas para salir a remate?  

Claudia Fernández, por ejemplo, está haciendo mucho ruido, dicho literalmente.

Cuando empezó se hacían horas extra para maquillarle unos cuantos incómodos pocitos en la cara -¿sobrevivirán?- y era la victoria de Waterloo que dijera dos frases seguidas; pudo haber dado esa imagen anhelada por machines que revoloteaban, entre empresarios de chequeras abultadas, con porte de románticos.

¡La uruguayita Lucía! ¡La pulpera de Santa Lucía! ¿Había nacido al fin una esperanza?

Difícil para Sagitario. La vida es cruel.

Ahora, con cabalgatas aquí y allá, tras la electricidad que desparrama con sólo mirarla –pechos redondos y saltarines, caderas portentosas y piernas modeladas para bajar escaleras de revista, o subirlas, vamos, hombre, que para ver lo que hay que verle sería mejor perspectiva- comete el pecado, empujada por tontitos productores que confunden el entretenimiento con el exhibicionismo estridente, de abrir la boca y hablar. Mucho.

Y vaya que abre grandota esa boca sabrosa, voraz, exhibiendo una sonrisa de ciento veintidós dientes (a ojo de buen cubero) mientras la mirada se le afina en una línea que no puede disimular la picardía.

Entonces, al dirigirse al televidente, le parte la cabeza con unos aullidos gatunos, agudísimos, que adorna de gestos esquizofrénicos, y uno sospecha que no son problemas neurológicos sino de audición; de otro modo no se entiende que grite así, a lo bestia.

Si bajara el volumen se le entendería mejor y nadie pensaría en usar cinta adhesiva. ¡Qué necesidad de que el prójimo sufra, que ya bastante tiene con mirarla y babearse, siendo, como es, capaz de que un cadáver tenga una erección si se para al lado!

En fin, tampoco uno ama las pálidas. Quién sabe.

Machos decentes del Uruguay progresista, ¡no nos neguemos a la esperanza! Tal vez no todo sea como parece.

Habría que conocerla en su mismidad -ruleros, chancletas y nenita en brazos- incluso sin ese desdén con que, aullando y todo, diciendo pavadas a granel y mostrando lo suficiente como para que estalle la llamarada, suele plantarse ante la cámara.

En una de ésas no sólo es fuego trivial y sobrevive, detrás de la urdimbre de un cuerpo imponente, una persona capaz de dar, porque sí, sin precio, otras cosas esenciales de buena mujer.

Ah, eso sí: hay que ser un optimista.

 

 

 

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