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ELOGIO DE LA DUDA Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 6 mar. 2014 9:14 por Semanario Voces

Lo que voy a contarles pasó hace unos cuantos años, cuando Chávez ya era Chávez, pero todavía no era todo lo que llegaría a ser, en Venezuela y en América, en los años previos a su muerte.

Ocurrió durante un seminario académico en el que intervenían docentes universitarios de casi toda América. Había brasileños y mexicanos, pero también chilenos, costarricenses, argentinos, paraguayos, muy poquitos uruguayos, y dos –solo dos- venezolanos.

Los dos venezolanos eran profesores de edad madura, de aspecto serio y quizá hasta un poco “nerd”. Cientistas sociales, no recuerdo bien de qué especialidad.

El seminario se desenvolvía con normalidad. Las ponencias se sucedían, con ocasionales chispazos de interés, sobre un fondo general de respetuoso aburrimiento, como suele pasar en los acontecimientos académicos. Expusieron un grupo de brasileños, una chilena, un reconocido profesor mexicano, y luego le tocó el turno a uno de los venezolanos.

Estaba el hombre desarrollando su tema, relativo a las teorías sobre la democracia, cuando en el fondo de la sala se levantó una mano y una voz de tono fuerte, casi destemplado, dijo: “¿Me permite una interrupción, colega?”

Quien había hablado era el otro venezolano presente en la reunión.

El expositor lo miró con inquietud, vaciló, era obvio que no deseaba cederle la palabra. Pero, aunque el pedido rompía reglas tácitas del seminario, era muy violento rechazarlo. El expositor suspendió su discurso y, sin decir palabra, sólo con la mirada, habilitó de mala gana la interrupción.

“Estoy aquí, escuchando a mi colega, a mi compatriota”, dijo el otro venezolano, “lo oigo hablar de democracia, y me pregunto de qué sirve hablar de democracia si no decimos claramente que en Venezuela tenemos a un tirano, a un asesino…”.

El tono y el contenido de la frase obligó a quien ejercía la coordinación del seminario a recordarle al interviniente que las preguntas y comentarios debían hacerse al terminar cada ponencia. El hombre, con sonrisa que tenía algo de sorna, se disculpó e hizo una seña como de quien promete no molestar.

El expositor retomó la palabra y, para mi sorpresa, cambió completamente el giro de su ponencia. Olvidando los problemas teóricos de los que venía hablando, dijo:”Algunos acusan a los gobiernos democráticos populares de ser tiranías, sin recordar que las democracias sin pueblo, de espaldas al pueblo, como las que hemos tenido siempre, son la peor tiranía y el peor de los crímenes…”.

Desde el fondo de la sala, el otro venezolano recibió la frase con una onomatopeya de dudoso gusto, y, desde ese momento, el seminario se volvió una guerra privada entre los dos. Con el correr de los días, a todos nos quedó claro que, sin importar de qué estuvieran hablando, en realidad siempre estaban hablando de Chávez. A favor o contra Chávez, pero siempre de Chávez. Como si todas las cosas de este mundo lo aludieran.

 Aquél encuentro entre un venezolano chavista y uno antichavista fue, para el resto de los asistentes al seminario, toda una sorpresa. Quizá muchos habíamos olvidado el efecto que produce la pasión política.

Después, con el paso de los años, a medida que el clima político venezolano se fue tensando, recordé muchas veces aquella experiencia. Me dije que, si esa era la forma en que vivían el conflicto dos veteranos docentes universitarios, ¿cómo podía sorprendernos que los militantes políticos venezolanos, chavistas y antichavistas, se odiaran y parecieran dispuestos a matarse?

Hoy, cuando la cosa ha dejado de ser metafórica y los venezolanos se matan literalmente en la calle, no puedo menos que recordar ese episodio.

Desde luego, no me voy a hacer el Blades. No tengo la menor intención de decirles a los venezolanos cómo resolver sus problemas. Por un lado, porque no sé cómo podrían resolverlos. Por otro, porque me parecen inútiles los llamados supuestamente neutrales a la concordia y a la buena voluntad. Ojalá el gobierno y la oposición venezolanos encuentren el camino para evitar una guerra civil y otras tragedias. Es todo lo que puedo decir.

Lo que sí creo es que Venezuela es un espejo agigantado de algo de lo que nadie está libre. Más precisamente, de algo de lo que los uruguayos no estamos seguros de estar libres.

No sé si todos lo percibimos, pero el debate político-electoral en  curso este año en el Uruguay tiene aspectos preocupantes.

Gobierno y oposición, simpatizantes oficialistas y simpatizantes de la oposición, encaran los asuntos desde una óptica camisetera. Hay una tendencia creciente a ver el mundo según el interés electoral del partido al que adherimos y a considerar que toda crítica es una agresión o una traición.

La pregunta es, ¿hemos decaído tanto como sociedad que somos incapaces de reclamar que los gobernantes hagan autocrítica y asuman errores y desvíos? ¿Hemos decaído tanto que necesitamos que los opositores nieguen o silencien sistemáticamente cualquier acierto del gobierno?

Lo que los militantes apasionados parecen no percibir es que esa lógica maniquea de “lo bueno y lo malo” termina por distanciar a mucha gente de la política. Porque la realidad existe y es porfiada. Y, aunque los discursos políticos la nieguen, sigue siendo visible para quienes no tienen anteojeras partidarias.

La sinceridad es un arma política formidable, a menudo injustamente menospreciada.  Un gobernante que fuera capaz de asumir públicamente las cosas que ignora, los fracasos, las cosas que ha querido y no ha podido hacer, o las que ni siquiera ha intentado hacer, inspiraría gran confianza. Como la inspiraría un opositor que reconociera públicamente su incertidumbre respecto a algunas políticas del gobierno y admitiera que, en ciertos temas, tal vez continuaría aplicando las mismas políticas si le tocara gobernar.

Hay quienes sostienen que la democracia se basa en la duda, que las certezas absolutas son incompatibles con la auténtica concepción democrática, y que la admisión de opiniones diversas a la propia requiere un grado razonable de incertidumbre respecto a las propias creencias.

De chico, movido por certezas ideológicas apasionadas, yo solía creer que la tolerancia de ideas que uno consideraba erradas, y aun el escepticismo respecto de las ideas “correctas”, eran eufemismos de la debilidad y de la falta de firmeza ideológica.

Ortega y Gasset me enseñó después que el escepticismo no es en realidad ausencia de convicciones, sino la disposición a admitir convicciones diversas, que pueden ser incluso contradictorias entre sí.

En todo caso, nadie ha sido asesinado en nombre de la duda. En cambio, mucha gente ha sido sacrificada en nombre de las certezas absolutas.   

Por eso hoy descreo y desconfío de cualquier discurso que no deje lugar a la duda, a la sospecha prudente de que otros, incluidos los “adversarios”, pueden tener un punto de vista válido al que hay que hacer lugar en el análisis de la realidad.

La duda no es enemiga de la acción. Por el contrario, permite una acción más amplia, guiada por una mirada más abarcativa.

Les propongo un experimento. Observemos cuántos de los discursos políticos que circulan hoy en el Uruguay dejan lugar a la duda y admiten la incertidumbre.

En Venezuela nadie parece dudar.

Ojalá en el Uruguay no dejemos de hacerlo.

 

   

 

   

   

 

 

 


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