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EL PAÍS DEL OLVIDO Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 2 jul. 2016 11:05 por Semanario Voces


Es un deber guardar memoria de todo lo que pasó durante la dictadura. En los doce largos años de dictadura formal se cometieron crímenes aberrantes. Dar un golpe de Estado es ya de por sí un crimen que apareja consecuencias incalculables, y no sólo en lo que tiene que ver con los Derechos Humanos básicos. Desapareció la educación de calidad en la enseñanza pública y se resintió seriamente la capacidad del Estado para dar cobertura de salud a toda la población. Desapareció el Derecho, nada menos. También desapareció el prestigio del Parlamento.

Todos los que vivimos antes y después de la dictadura sabemos que se perdieron cosas muy importantes para la sociedad uruguaya en esos 12 años.

Cuando Europa perdió todo lo que perdió durante la 2ª Guerra Mundial, no se quedó a llorar por los muertos, aunque también lo hizo, sino que comenzó a reconstruir todo lo que la guerra había destruido. No sólo reconstruyó su infraestructura sino que, también, se puso a construir algo nuevo: una comunidad supranacional en la que a los viejos nacionalismo les fuera difícil volver a transitar por los recovecos emocionales que tantas veces había cambiado el mapa europeo.

Los traumas ayudan a comprender tanto la pequeñez humana como lo frágil que acaba siendo el poder, cuando se sustenta en la arbitrariedad. Uruguay, un país que se había cansado de pelear consigo mismo a lo largo del siglo XIX, de pronto se dedica a construir una sociedad que supere el trauma de las sucesivas guerras y lo consigue. Algunos le restan todo mérito al sistema político que fue capaz de darle a la democracia uruguaya niveles de desarrollo humano ejemplares para el subcontinente. Se lo restan cuando argumentan que Uruguay lo pudo hacer porque los países europeos habían destruido su aparato productivo como consecuencia de la guerra. Es un argumento que se escucha seguido. Tiene parte de verdad, pero ni fuimos los responsables de las guerras ni hicimos mal en vender lo que teníamos. ¿Acaso era un espejismo la riqueza que este pequeño país fue capaz de crear mientras otros gastaban todo en destruirse?

Tenemos una cuenta pendiente con nosotros mismos en torno a esta cuestión, porque cuando nos exigimos tener memoria de las barbaridades que protagonizó la dictadura, no somos igual de rigurosos con el proceso que desembocó en el 27 de junio de 1973.

El MLN, o lo que queda de él, se ha desentendido de considerarse como parte del problema y se dedicó a hilvanar la historia de los hechos de tal manera que el heroísmo de una parte de la juventud acabe por explicar lo inexplicable.

Al elegir el relato de las acciones militares, o policiales –según se entienda-, partiendo del supuesto que la lucha armada era imprescindible, todo sacrificio personal será recordado con veneración. Entregar la vida por un ideal de justicia; dedicarle la juventud a batallar contra las fuerzas represivas de la oligarquía; cumplir con el mandato guevarista de crear, aquí, uno de los tantos Vietnam que había pedido; ser parte de la gran llamarada, exime de toda culpa, se vuelve una acción venerable.

La construcción del relato revolucionario no se hizo desde cualquier lado. No resistiría el análisis de no contar con una densa cortina moral alrededor, porque hablar de la explotación del hombre por el hombre, o hablar de un país que no pudo superar el latifundio improductivo cuando había nacionalizado los ferrocarriles, había creado una empresa monopólica de propiedad estatal para la importación y refinación de petróleo, tenía el monopolio de la generación de energía eléctrica y la producción de agua potable, y mantenía bajo control del Estado la actividad de los puertos, no se entendía y no se entiende sin comprender que la poderosa clase media uruguaya seguiría demandando transformaciones sociales. La naciente guerrilla era parte de eso, pero el sistema político no lo supo ver, no fue capaz de corregirse a tiempo.

A pesar de los presagios de Carlos Marx y Federico Engels, la clase media no sólo ha trepado por la escalera social con el fin de ser parte de la burguesía y la alta burguesía, sino que, además, se ha puesto al servicio de los más desfavorecidos, de los trabajadores, de los marginados, de todo lo que tritura y expulsa la sociedad humana. La clase media ha generado la inteligencia y el arte, y ha servido de referencia para que quien consigue trabajo pueda aspirar a una vida mejor. Marx predijo un mundo en el que el proletariado acabaría por imponer su ley y su cultura, y una parte de la clase media se lo creyó. Pensó que había llegado el momento de acudir a lo que le pedían sus entrañas y allá fueron, los jóvenes uruguayos primero que sus padres.

Pero aquel sistema político que se había mostrado sabio y flexible sesenta años atrás, tras el eco del último disparo en los campos uruguayos, no comprendió lo que pasaba al caer el último batllismo en las elecciones de 1959. Nos debemos una reflexión franca y desapasionada acerca de las causas que llevaron al país al desenlace del 27 de junio de 1973, y no haremos otra cosa que andar en círculos hasta desentrañar esas causas.

Y como lo eludimos por motivos de conveniencia política, corremos el riesgo de repetir el error del Partido Nacional tras las elecciones de 1959, cuando “o ganaba la UBD o todo quedaba como estaba”. De 1985 hasta acá hemos vivido una sucesión de frustraciones, de promesas y engañapichangas que ya ni provocan sorpresa sino una mansa entrega, un debilitamiento de nuestra capacidad de rechazo.

Desde la primera presidencia de Sanguinetti hasta la segunda de Tabaré Vázquez venimos siendo testigos de las más desatinadas políticas, y tomaduras de pelo. Es duro pensar que somos tontos, que aquellos “operadores” políticos de la primera época postdictadura, los que desaparecieron de escena con buenos negocios en sus manos son tan distintos a los que prácticamente fundieron Ancap. ¿Es que tenemos que esperar pasivamente a que el edificio de la estación de ferrocarriles quede en escombros para que Rossi lo llene de contenedores, sólo por tener la mala suerte de estar junto a un puerto que demanda más espacio? ¿Es que ya no tenemos fuerzas para pedir la renuncia inmediata de una ministro de Educación y Cultura que habla con tanto desprecio de los maestros?

Lo del 27 de junio de 1973, y toda su secuela de crímenes, pasó porque pasaron cosas en el país, y entre las cosas que pasaron previamente, aparte de la dejación de responsabilidades de los partidos tradicionales, hubo una expectativa en torno al discurso de algunos militares, que a la postre fueron los protagonistas del golpe de Estados, se conversó con ellos, hubo negociaciones que sólo reportaron algún beneficio a esos militares.

Pero lo más preocupante es la frustración que se avecina, lenta pero inexorablemente, y quien no lo perciba es porque está muy distraído. No se lo puede juzgar por eso, también pasó en la década del sesenta, cuando no nos dimos cuenta que los males no estaban en el sistema democrático sino en la falta de convicción en el sistema que más justicia había traído al Uruguay; que más oportunidades había dado en el punto de partida, con una escuela laica, gratuita y obligatoria; que menos conflictos sociales había producido como consecuencia de sindicatos de trabajadores acostumbrados a negociar.

Hubo muchos Sanchos que nos dijeron que lo que teníamos enfrente eran molinos de viento, pero nuestra tajante respuesta fue siempre la misma: “Son gigantes, y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte a orar, que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla”.


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