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EL SALARIO DEL MIEDO Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 12 oct. 2012 11:22 por Semanario Voces
 

Ganó la izquierda, perdió la derecha en elecciones transparentes, en un clima de respeto, y hasta de mutuo regocijo. Tras el reconocimiento del recuento primario, y de las comunicaciones entre los dos candidatos, algo trascendente parece abrirse paso en Venezuela.

Con más de seis millones de votantes, llama la atención el crecimiento que ha tenido la “derecha” en Venezuela, situándose a un 10% del partido Chávez dependiente del PSUV. En 2006, Chávez había conseguido el 62,84% de los votos sobre Manuel Rosales, que obtuvo el 36,90%. El pasado domingo 7, Chávez consiguió el apoyo del 54,42% de la población, y Capriles el 44,39%. De un 26% de supremacía sobre la “derecha”, en seis años la brecha cayó al 10%. Chávez había pedido un 70% de los votos para llevar adelante su proyecto de Socialismo del Siglo XXI. En ese sentido se podría decir que, según la terminología chavista, la “derecha” ha ganado en Venezuela. Que la burguesía, en las condiciones que le ha impuesto el aparato chavista después de 14 años de gobierno, ha  conseguido entusiasmar a casi la mitad de la ciudadanía, que ha elevado su autoestima, bastante cascoteada por ser identificada como servil a la burguesía y el imperialismo. En esos términos, el proyecto de Chávez ya no puede estar seguro de conseguir la mayoría en los próximos compromisos electorales: Para gobernadores dentro de dos meses; para Alcaldes en abril del próximo año, y legislativas de 2015, a mitad de su mandato.

Una vez desaparecido el miedo que muchos electores tuvieron de que su voto fuese realmente secreto, ya nadie podrá asegurar que el oficialismo gane con la misma comodidad. Si en 2015 Chávez no renueva la mayoría parlamentaria que tiene hoy, la segunda parte del próximo período de gobierno estará determinando el futuro de este camino al socialismo, que, al día de hoy, está absolutamente ligado al petróleo.

Un siglo después que comenzase su explotación, el petróleo sigue siendo determinante, sin que Venezuela haya podido utilizarlo como palanca de progreso, a pesar de haber sido, hasta la década del 60, el primer exportador del mundo. Viviendo a los barquinazos de unos precios fluctuantes y, ahora, bajo la amenaza de que fuentes de energía alternativas se impongan sobre el principal causante del efecto invernadero, el llamado Socialismo del Siglo XXI, ha innovado poco en el tradicional uso que Venezuela ha dado a un bien que parece infinito en esa tierra.

En 1953, Henry-Georges Clouzot, dirigió el que fue, quizás, el film más importantes de su carrera: “El salario del miedo”. En ella un joven Ives Montand mostraba su fibra, cuando apenas iba por su tercera película. El film de Clouzot nos sitúa en la Venezuela de la postguerra, donde varios europeos vegetan en un pueblo perdido, cerca de los pozos de la Southern Oil Company. Se declara un fuego en uno de esos pozos y la compañía ofrece un salario de dos mil dólares (entonces una fortuna) para transportar nitroglicerina en un par de camiones con el fin de provocar una gran explosión que consiga detener el incendio. Con esas premisas, Clouzot logra una obra de arte del cine de suspenso, que, además, consigue retratar con acierto el ambiente miserable que convive con la extracción del crudo, y el poder hipnótico del llamado oro negro sobre aventureros y empresas extranjeras sin escrúpulos. Durante tres cuartas partes del siglo XX esa enorme riqueza estuvo en manos de empresarios rapaces y políticos corruptos. Cuando el socialdemócrata Carlos Andrés Pérez lo nacionalizó, en 1976, poco cambió para Venezuela. La corrupción oficial y la fluctuación de los precios internacionales han sido la constante. El miedo ante una industria excluyente, de la que sigue dependiendo el salario y el éxito de los planes sociales, sigue pareciéndose demasiado al ambiente que retrató magistralmente Clouzot, sesenta años atrás.

Este modelo de socialismo difiere poco del cubano, que en 53 años de revolución destrozó completamente su industria azucarera, su principal fuente de divisas. En Venezuela, PDVSA pasó de una plantilla de 32000 trabajadores, en 1999, cuando asume Chávez por primera vez, a los 105000 funcionarios de la actualidad, y a pesar de ese incremento, hoy produce un millón de barriles diarios menos que entonces. La actual zafra azucarera de Cuba, a punto de terminar, producirá 1.38 millones de toneladas, prácticamente la misma cantidad de azúcar que produjo en la zafra de 1905 (1.32 millones de toneladas). La escasa inversión en mantenimiento de las refinerías le impide a Venezuela ser más eficaz, a la vez de generar continuos accidentes, como el de la refinería de Amuay, el pasado 25 de agosto, con un saldo de 48 fallecidos, 132 heridos y 8 desaparecidos. Ese es el modelo de gestión que por primera vez casi la mitad de Venezuela ha comenzado a cuestionar.

Ya no será tan fácil para el chavismo disponer de los bienes del Estado como si fueran propios. Los uruguayos lo vimos de cerca, porque Antonini Wilson, después de llegar a Buenos Aires en un avión de PDVSA y ser descubierto con un maletín lleno de dólares, cruzó a Uruguay para desaparecer. La oposición a Chávez enumeró, en forma pública, algunas de las donaciones de PDVSA, y a nosotros nos pusieron como ejemplo por la donación al Hospital de Clínicas. Podríamos agregar que hasta el tablero del estadio, y otras tantas donaciones y salvatajes a empresas en dificultades. Ese país que está enclavado sobre la mayor reserva de petróleo del mundo no tiene recursos para arreglar sus carreteras mientras financia obras y emprendimientos casi fundidos por toda América Latina.

Cuando Chávez asumió la Presidencia, en 1999, Venezuela tenía 4550 asesinatos al año, en 2011 los crímenes fueron 19336. Esa cantidad representa 65 cada 100 mil habitantes, sólo superada por Honduras, el país más violento del mundo. Para comprender lo que es esa cifra, hay que ponerla en su contexto: Brasil tiene 26 asesinatos cada 100 mil habitantes, México 18, Estados Unidos y Uruguay 5, Chile 4, Irak 12 cada 100 mil habitantes. La policía venezolana ha sido relegada con respecto a las Fuerzas Armadas, que sí han recibido material actualizado y aumentos de sueldos. La policía sólo maneja armas ligeras y tiene que vivir en los mismos barrios en que la delincuencia se ha hecho fuerte. El último año fueron asesinados cerca de 8000 policías, muchos de ellos en sus propios domicilios. Un Estado que se declara socialista, y cuyo gobierno hace caudal de su preferencia por los sectores más humildes, demuestra poca sensibilidad ante esta epidemia, que los ricos pueden evitar en sus casas vigiladas y coches blindados. En cambio, el gobierno sí ha volcado grandes recursos en la compra de tanques, submarinos, aviones de combate, artillería; adquirió los derechos y montó una fábrica de fusiles Kalashnikov. Chávez proclama la Venezuela potencia, aunque la delincuencia reviente su sociedad civil.

Si esto no cambia, y teniendo en cuenta que a Paraguay se le mostró tarjeta roja por violentar el Estado de Derecho, Venezuela deberá seguir encadenada a la democracia política, y se verá obligada al diálogo interno, o a correr el peligro de hundirse en el caos, y con ella, una vez más, las esperanzas de vivir en un régimen más justo.

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