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EL SILENCIO MILITAR: UNA TRAICIÓN AL FUTURO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 8 dic. 2011 7:33 por Semanario Voces

Las declaraciones del comandante Pedro Aguerre, a propósito de la aparición del cuerpo del maestro y periodista Julio Castro en un predio militar, suenan prometedoras pero tienen también un cierto retrogusto amargo.

¿Cómo explicarlo? Oírlo decir que el ejército no amparará (o que dejará de amparar) a asesinos y criminales, puede resultar prometedor. Pero, verlo pronunciar ese discurso rodeado de una docena de generales y coroneles en actividad, que seguramente fueron oficiales jóvenes y muy activos durante la dictadura, no ayuda a despertar confianza. Por otro lado, las Fuerzas Armadas uruguayas han callado, ocultado y mentido tanto, desde hace tantos años, que a uno le cuesta creer.

A estas alturas, uno siente que es inútil seguir gastando calificativos para describir la conducta de las Fuerzas Armadas durante la dictadura. Así como la que adoptaron después de la dictadura y hasta el presente. Se les ha dicho “asesinos”, “torturadores”, “violadores”, “ladrones”, y ni siquiera se despeinan. Salvo por algún exaltado ex general en retiro o algún excepcional reconocimiento hecho a título personal, la respuesta militar es la de siempre: caras adustas, inexpresivas, discursos rimbombantes pero sin emoción en los actos patrióticos, respuestas evasivas o hipócritas ante la prensa y el más porfiado silencio respecto a los hechos concretos y al destino de las víctimas.

Fuerza es reconocer, también, que la cadena de acusaciones y calificativos no ha hecho demasiada mella en el ánimo público. Dos plebiscitos, con veinte años de distancia entre uno y otro, no lograron que la mayoría de la población se manifestara por dejar sin efecto a la ley que protegió durante tantos años a la impunidad. Sin embargo, una cosa son las palabras y otra los hechos.

La aparición de un cuerpo, sepultado en secreto durante más de treinta años, tiene una fuerza simbólica infinitamente superior a la de las palabras y los discursos. Más aun cuando se sabe que es el de un maestro y  periodista de  68 años de edad, un hombre pacífico que nunca empuñó un arma contra nadie, que había militado largos años en el Partido Nacional antes de ser fundador del Frente Amplio y que fue primero torturado y luego asesinado de un balazo cuando tenía las manos y las piernas atadas.

La fuerza de esa aparición es tanta que logró lo que casi treinta años de acusaciones no habían logrado: que el mismísimo “número uno” de las Fuerzas Armadas asumiera públicamente que los asesinos de Julio Castro eran (o podrían ser) militares, que se diera por enterado de que existe (o podría existir) en las Fuerzas Armadas un pacto de silencio y que ordenara ponerle fin.    

En sí, nada demasiado novedoso. ¿Quién no sabe que los torturadores y asesinos de Julio Castro y de tantos otros fueron militares? ¿Quién no sabe que los militares –y algunos civiles- tienen un pacto de silencio? ¿Quién no sabe que la orden de deponer ese pacto probablemente será tan obedecida como lo fueron en su tiempo los compromisos de brindar información asumidos por los generales Bertolotti o Rosales?

La muerte debería ser democrática.y ningún cuerpo debería pesar más que otro. Sin embargo, todos sabemos que la aparición de ese cuerpo –de ese en particular- y la confirmación de que fue deliberadamente asesinado, en lugar de habérseles “quedado” en la tortura, como probablemente creían incluso muchos militares, le ha causado un daño enorme al silencio militar.

La cuestión es qué hacemos con eso.

Ojalá el comandante Aguerre dé un paso más y asuma oficialmente la responsabilidad que le cabe a la Institución militar por esa y por otras muertes. Eso, y una activa colaboración con el Poder Judicial para esclarecer ese y otros crímenes, contribuiría a dar solución a un problema que ha ocupado por demasiado tiempo un lugar central en el debate público nacional.

Ojalá el comandante Aguerre sea sincero y ojalá fuera obedecido. Porque el país tiene problemas graves que requieren atención. En ese contexto, el silencio militar, en la medida en que nos obstaculiza mirar hacia adelante, ya no es sólo una cobardía respecto al pasado sino también una traición al futuro.

 

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