Artículos‎ > ‎

EL SOCIALIMO DEL FUTURO Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 6 ago. 2015 14:32 por Semanario Voces

Octavio Paz fue un hombre comprometido con su tiempo, nacido en una familia de revolucionarios, que conoció desde niño el costo de la guerra y la complejidad de los procesos sociales.

 

Activo defensor del gobierno de la República, en España y desde España, no desde una posición más segura en América, Paz sintió en carne propia el tironeo interno de las izquierdas, de la misma forma que sufrió los mazazos del fascismo, en todas las formas en que intervino durante la Guerra Civil. Su vida fue la del hijo de la Revolución mexicana, y hasta el final su pensamiento se presentó agrio y duro con el poder de lo que él llamó, con respecto al PRI: la dictadura perfecta. Defensor de la vuelta al México indígena, no descansó en la búsqueda de un nuevo paradigma en tanto socialismo y democracia se presentaron como alternativas irreconciliables. Ante la impactante noticia de que un alzamiento armado había tenido lugar en Chiapas, el primer día de enero de 1994, Paz fue otro de los sorprendidos, como cualquier mortal de este mundo. Desconfiado ante el uso de las armas, poco a poco, Octavio Paz no pudo ocultar su simpatía por el Subcomandante Marcos, y lo plasmó en muchos de sus artículos. Por un momento su vida se conmovió ante la posibilidad de que la revolución volviera a ser posible.

En su pensamiento político no parecía haber dudas respecto al régimen que mejor aseguraba la libertad y la convivencia social: "El liberalismo democrático es un modo civilizado de convivencia. Para mí es el mejor entre todos los que ha concebido la filosofía política". Pero siempre sintió el aleteo de la revolución, en algún lado, bajo una forma imprevisible. Las armas, en cambio, le mostraban el camino equivocado. Su búsqueda de la madurez se orientó a condenar las pasiones destructoras, a buscar para México la forma de convencer que no se debía perder la vida por nada, por el contrario, ganar la vida. Quizás su legado se plasme con mayor precisión en estas palabras sencillas: "Debemos repensar nuestra tradición, renovarla y buscar la reconciliación de las dos grandes tradiciones políticas de la modernidad: el liberalismo y el socialismo. Me atrevo a decir que éste es el tema de nuestro tiempo."

Las ideas de la independencia, y, en particular, las que movieron a quienes lucharon por hacer de estas tierras algo muy distinto a la monarquía, han recorrido un largo camino durante estos 200 años de vida autónoma respecto a las metrópolis coloniales. El liberalismo democrático ha hecho su trabajo, tanto en América como en Europa, y las palabras de Paz al respecto parecen tener total vigencia, después de que hubiéramos vivido experiencias como las del nazismo, el estalinismo o las dictaduras criollas, versiones patéticas de esos fenómenos europeos que arrastraron al mundo a dos guerras brutales. Se ha intentado denigrar la forma democrática de gobierno en América Latina emparentándola con el caos, como si los resultados sociales tuviesen algún vínculo con la mano dura y el partido único. Se pretende contrabandear algunos éxitos, por cierto que discutibles, en el terreno de la salud y la educación, ocultando el enorme fracaso en todo el resto en las experiencias socialistas del siglo XX, inspirado en el leninismo y el partido único. Pobreza, atraso tecnológico, fragmentación social, enriquecimiento ilícito de las elites gobernantes, es parte del saldo que algunos intentan justificar con argumentos de índole conspirativa. No es esa la mejor tradición de América Latina sino la de haber construido, contra todas las condicionantes, países que no alteraron, fundamentalmente, sus fronteras. Convivimos en paz, hemos intentado e intentaremos tener un futuro común, siempre que no persistamos en el camino de confundir unidad con absorción por parte de cualquier novelería al paso.

Algunos compatriotas piensan que somos hijos del azar, de los juegos de las cancillerías que nos hicieron posible. Es difícil sostener un país entre los dos países más grandes de Sudamérica sólo porque Inglaterra lo haya decidido así casi 200 años atrás. Pasaron muchas cosas desde entonces, incluyendo la invasión de nuestro territorio por parte de Brasil. Si algo nos define es nuestro carácter democrático y los avances sociales que la democracia liberal han hecho posible. Es por eso que se nos respeta y no por ser rémoras de ningún país poderoso. Nuestras Fuerzas Armadas no pueden encontrar un avión que cayó ahí, a la vista de cualquiera que camine por la rambla, tampoco la policía de Treinta y Tres detectó el robo de cerca de 200 pistolas, ni la Fuerza Aérea se dio cuenta que se habían llevado una tonelada de munición de sus depósitos, por tanto no es la fuerza que mantenemos con impuestos altísimos la que está en condiciones de defendernos ante la amenaza de algún atropello internacional.

Democracia y libertad política son indivisibles en nuestro país, y es la esencia del liberalismo democrático, en contraste con las viejas monarquías, incluso con las versiones más sofisticadas de las monarquías parlamentarias europeas. No obstante, con el transcurso del siglo XX, las ideas del socialismo democrático fueron creciendo, incluso en nuestro país, a lo largo de la primera mitad del Siglo XX. El triunfo de la Revolución vino a alterar las condiciones en que se desarrollaba la democracia uruguaya, sin duda que debilitada por la falta de reacción del sistema político ante la crisis económica, acentuada en el último gobierno colorado. El gobierno blanco entrante mostró la misma apatía y falta de ideas renovadoras, produciendo la sensación de que se trataba de una crisis terminal de la democracia, ante las noticias contundentes que llegaban desde el Caribe.

¿Se había estancado el avance de las ideas socialistas en Uruguay ante la aparición de la lucha armada como vía excluyente? ¿Olían a alcanfor Frugoni y Rodney Arismendi, aunque este último irrumpiera como una fuerza renovadora, sobre todo en el ámbito sindical y estudiantil? La respuesta es no, y siguieron avanzando a pesar del fracaso de la URSS, sus países aliados, la Revolución china y la más cercana revolución en Cuba.

Algo quedó aleteando luego que todos esos fracasos llevaran a la convicción de que el capitalismo gozaba de buena salud. Una cuña ética había penetrado su espesa coraza, de igual modo que el liberalismo lo hizo ante las monarquías imperiales europeas, y el poder coadyuvante de la iglesia católica.

El socialismo, como camino, recoge ese legado ético pero el futuro no admite nuevas improvisaciones. Quizás la democracia liberal esté a punto dejar atrás las peores inconsistencias de una redistribución determinada por el mercado y acepte las reglas del juego de la responsabilidad social. Es difícil imaginar un camino que no sea el de las libertades políticas en la búsqueda incesante de un sistema de redistribución de la riqueza más justo del que produce el mercado.

Evidentemente, en el marco regional, no es nuestro país el que se encuentra más alejado de una reconciliación entre esas dos grandes tradiciones de la modernidad. Lo que resulta difícil de comprender es por qué no lo reafirmamos en la idea y en el discurso, si, en los hechos, nuestro camino está marcado con tanta claridad por el apego a las ideas liberales en lo político, y por la aceptación del socialismo como sistema redistributivo más justo, en vez de tomar como paradigma la farándula izquierdosa que sigue viendo en los cuarteles la fuerza del poder.


Comments