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EL SUEÑO DE LOS TRABAJADORES por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 27 jul. 2014 14:34 por Semanario Voces

El futuro imaginado por Carlos Marx sólo fue posible a través de gruesas simplificaciones, aunque su trabajo, y el de su compañero Frederick Engels haya sido un compendio exhaustivo del modo en que funcionaba la acumulación del capital, las experiencias políticas de su tiempo, y el sustento filosófico que había detrás de las relaciones de clase. En cuanto a la pequeña burguesía, apenas era concebida como un falso ascensor social, errabunda en su aspiración de parecerse a la burguesía pero sin los recursos de ésta para generar el suficiente capital que la pusiera a salvo del carácter monopólico del capitalismo. La pequeña burguesía, y su heredera, la clase media, desarrolló a lo largo de los siglos XIX y XX el hábitat alternativo donde hoy se la encuentra, y fue capaz de edificar un nuevo paradigma, capaz de conciliar ética social con producción de bienes materiales y espirituales, conocimiento científico y garantías jurídicas en constante superación. El desarrollo de la clase media ha dejado atrás la ubicación en el campo de la lucha de clases que le asignaron Marx y el marxismo, y es, en sí, destino de enormes contingentes humanos que poco tiempo atrás malvivían en la miseria. Países como India, China o Brasil, el 39% de la población mundial, ven crecer a sus clases medias, y con ellas la educación y la capacidad para competir con sus industrias en el mundo. Las élites de la izquierda tradicional todavía piensan en términos peyorativos sobre ellas, aunque los obreros de la Renault en Francia, bien poco tienen que ver con los obreros industriales de la Comuna de París, son la clase media.

¿Fue un error de Marx  no prever las leyes que harían posible el enorme crecimiento de la clase media, y, sobre todo, su incidencia en la humanización del trabajo y de la sociedad en general? Lo que Marx no pudo prever fue el progresivo avance de la ciencia, liderado de forma multipolar, hasta situar a la humanidad frente al umbral de un cambio radical y más removedor del que produjo la revolución industrial, y que ese cambio sólo fuera posible en el ámbito de instituciones democráticas, donde la ciudadanía tuviese un rol fiscalizador, a través de partidos políticos en pugna y no de otra forma.

¿China es la negación de esta arriesgada afirmación? China es, el ejemplo más claro de que el progreso económico sólo florece en sociedades vibrantes, donde la ciudadanía y el poder comienzan a dialogar. Nada parece más lejano a una democracia que China, pero en términos de procesos no conviene olvidar qué era China en 1976, al caer en desgracia la viuda de Mao, y su “Banda de los Cuatro”. Se había cerrado uno de los últimos experimentos del poder absoluto: La Revolución Cultural, por la que 3 millones de miembros del Partido Comunista fueron destituidos y llevados a la cárcel o a sitios de “rehabilitación”. Una historia repetida. Fracaso económico y gobiernos opacos parecen ir siempre de la mano. Las dictaduras militares en América Latina en poco se diferencian del juego de las camarillas en lucha por el poder en los países socialistas de la segunda mitad del siglo XX.

¿Han demostrado los sectores económicos más poderosos de América Latina un compromiso fuerte con las democracias ahogadas por regímenes militaristas durante los sesenta y setenta? La respuesta es no. Quien ha sido decisiva para despojar a las dictaduras de todo sustento social han sido las clases medias de Latinoamérica, que han puesto una barrera ética ante las dictaduras, exigiendo democracia y no dictadura del proletariado, como era, recordemos, la visión estratégica del marxismo leninismo hasta que se dejó de hablar de eso. ¿Quiere decir que la clase obrera y los partidos marxistas, y hasta los marxistas leninistas hayan hecho la plancha durante las dictaduras militares, o cívico-militares de la década del setenta y parte del ochenta? De ninguna manera, se comprometieron y en muchos casos lideraron el cambio, como en Brasil. En nuestro país, el movimiento sindical fue parte activa de un amplio movimiento ciudadano, claramente opuesto a la dictadura. Las organizaciones del movimiento obrero fueron prohibidas, en la misma medida que también lo fueron las estudiantiles y los partidos políticos. Al movimiento sindical le hace bien la democracia, que garantiza su funcionamiento sin restricciones y le posibilita un avance continuo, tanto económico como social. En los países autodefinidos como socialistas, esas conquistas no se consiguieron, en ninguno de los casos. Ni en uno solo de los países del socialismo real la clase obrera fue la vanguardia de una sociedad beneficiosa para la propia clase. Atrás del telón de acero sólo había miseria, corrupción, persecución de todo aquel que no formase parte del status quo. La clase obrera cubana, cooptada por el aparato del partido único, convalida, de hecho, una situación desventajosa para la lucha por sus propios objetivos de clase, participando de un discurso que pretende supeditar todo, hasta la propia libertad para elegir el camino de lucha sindical que más convenga, a consignas y propaganda falaz.

En “Sobre el sistema colonial del capitalismo”, de Marx y Engels, en “El capital”, y, sobre todo, en los artículos que éste publicara en el New York Daily Tribune, Marx pone sobre la mesa el papel benéfico de los ferrocarriles británicos en la India, aun siendo instrumentos colonialistas esenciales para el afianzamiento y explotación por parte de la metrópoli. El fundamento de esta arriesgada idea está en que para Marx el desarrollo del capitalismo en la India haría posible el nacimiento de una clase obrera y la acumulación del capital, condiciones indispensable para que la lucha de clases se manifestase en toda su amplitud. “Inglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión: una destructora, la otra regeneradora; la aniquilación de la vieja sociedad asiática y la colocación de los fundamentos materiales de la sociedad occidental en Asia” (N.Y.D.T., 1853).

No se puede decir que India haya conseguido que su clase obrera liderase el cambio esperado por Marx, pero sí produjo una acumulación del capital vernáculo suficiente para hacerla uno de los países económicamente más fuertes del mundo. ¿En qué, entonces, se equivocó Marx?

Al finalizar el siglo XX pocas situaciones se identifican con el colonialismo. Se ha ido afianzando la institucionalidad democrática en el mundo, el sistema de derechos, y la incorporación de los trabajadores asalariados a la clase media. Es un proceso que no tiene retorno. Los uruguayos lo sabemos por nuestra propia historia, pero cuando miramos hacia el exterior parece que nos corroe la culpa de tener buenos indicadores. Cualquier trabajador, en este país, aspira a incorporarse a la clase media, incluyendo a las direcciones sindicales, porque para pertenecer a la clase media no hay que abandonar el trabajo ni el trabajo asalariado. Esta tendencia era demasiado débil en tiempos de Marx. No hay un sector social más comprometido con el tipo de sociedad que mayor éxito ha traído a los trabajadores que la clase media. Si la humanidad se dirige a un cambio social tan radicalmente distinto, como el socialismo, sólo será concebible a través de las garantías jurídicas de la democracia, donde cada individuo es único, y sus derechos son la garantía de que los derechos generales son respetados.


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