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El suplicio de Jorge y Joel o cuando el odio racial puede más Por Pedro Cribari

publicado a la‎(s)‎ 5 may. 2014 10:11 por Semanario Voces

Fueron noventa largos minutos de desprecio y humillación. Sólo por ser negros.

No fue obra de europeos neonazis que discriminan a los inmigrantes que “invaden” el rico continente.

No fueron jóvenes de la orgullosa y “pura” Europa del norte que discriminan a sus coterráneos del sur mediterráneo.

No fue en el sur estadounidense donde aún quedan fuertes reminiscencias racistas.

Fue en Tacuarembó, en nuestro Tacuarembó, en un partido de fútbol, y los responsables del absurdo agravio fueron tacuaremboenses, uruguayos, como usted o yo.

La naturaleza de los insultos no dejó duda alguna sobre el odio y desprecio por la condición racial de Jorge Coco Rodríguez y Joel Burgueño, dos jugadores de fútbol, dos deportistas en apariencia culpables de haber nacido negros de piel.

Primero fue un grito aislado machacón (“negro de mierda”, “mono”, “gorila”, “comé banana”, etc), luego se fueron sumando otros, hasta que los cánticos racistas se transformaron en orgulloso coro de buena parte de los parciales de la tribuna local.

Jorge Coco Rodríguez, que ya había sufrido una situación similar años atrás en una cancha montevideana, advirtió a la terna arbitral, éstos plantearon la situación a los directivos locales, hubo más de un pedido por la red de altavoces. Pero nada cambió. Los insultos siguieron. El partido se jugó, nuestro reglamento al parecer ampara este tipo de absurdos e inhumanos extremos. Y si no lo ampara es letra muerta.

El resultado del partido de fútbol poco importa. Dicen que ganó los tres puntos Tacuarembó pero hubo más pérdidas que ganancias.

Perdimos todos, los que allí estaban, sumándose al racismo ramplón y también quienes acompañaron en silencio solidario el dolor de Jorge y Joel.

Perdimos quienes nos enteramos después sólo por la valentía de uno de los jugadores humillados que hizo una denuncia pública.

Perdió Tacuarembó, tierra de humanistas, de grandes pensadores, de poetas, escritores, músicos y deportistas. También a ellos se les ofendió. A Mario Benedetti, Sara de Ibáñez, Paulina Medeiros, Washington Benavidez, Héctor Numa Moraes, Martha Gularte, Dani Umpi, Alfredo Gravina, Andrés Silva, algunos de una extensa lista de personalidades relevantes.

Perdió el deporte porque a diferencia de lo que pasa en otras partes se continuó un espectáculo que debió haberse suspendido.

Perdió la justicia porque no hubo fiscal o juez que actuara de oficio ante un hecho notorio de odio y discriminación racial.

Perdió la sociedad porque todos somos testigos de la impunidad de hechos que deberían ser sancionados deportiva y judicialmente y no lo son.

Perdió la imagen democrática y republicana de nuestro Uruguay porque pasados varios días no ha habido reacciones de rebeldía u ofensa, pedidos de disculpas u otro paliativo.

Y si socialmente el caso repugna, sólo pensar en los más cien mil afrouruguayos que saben que lo vivido por Jorge y Joel no es un hecho aislado y fuera de contexto, ¿qué decir del silencio de las autoridades? Las del club involucrado, las jurisdiccionales del fútbol, las de la fiscalía o de la justicia letrada departamental.

Quizás este triste episodio no haya hecho otra cosa que poner de manifiesto una cara de cómo somos los uruguayos que con más astucia que honestidad nos gusta disimular u ocultar. Que una cosa es la Constitución y los derechos de igualdad que allí se establecen y otra cosa bien diferente es cómo se cumplen esos preceptos en la realidad del día a día.

 


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