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EN DEFENSA DE UNA FOTO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 17 ago. 2012 6:22 por Semanario Voces
 

La culpa la tiene la foto.

Yo pensaba escribir hoy sobre los mecanismos manipuladores en general, y, en particular, sobre los que usa cierta prédica anticonsumista. Pero la foto se me cruzó en el camino.

Me llegó por facebook, como tantas cosas. En ella (si los diagramadores de Voces me hacen caso, será la ilustración de esta nota y ustedes podrán verla), un grupo de hombres traslada a un herido (quizá víctima del atentado contra las Torres Gemelas). Entre los que asisten al herido es posible ver a dos bomberos, a un policía, y a lo que posiblemente sea un médico o “paramédico”.

La foto va acompañada por una leyenda, que dice: “El día que este país comprenda que un bombero, un médico o un maestro son más importantes que un futbolista… ese día, y sólo ese día, tendremos esperanza de salir adelante como nación.”.

La situación, el aspecto del herido y la importancia dada a los bomberos, tanto en la imagen como en la leyenda, inducen a pensar que la foto fue obtenida en Nueva York, donde, desde el atentado contra las Torres Gemelas, los bomberos se han vuelto héroes, una suerte de último bastión de la sociedad occidental amenazada por el terrorismo.

Tal vez por eso, cuando reproduje la foto y el texto en mi muro de facebook, varias personas protestaron. A algunas les molestaba la jerarquización de los bomberos. Otras creyeron que la crítica a los futbolistas era una desvalorización del deporte y se pusieron a defenderlo, como si el deporte, en tanto actividad cultural, necesitara de deportistas y de empresarios multimillonarios 

No tengo nada contra el deporte. Tampoco tengo –lo confieso- una debilidad especial por los bomberos estadounidenses. El cine y la televisión nos han acostumbrado a verlos como una dinastía de irlandeses recios, muy machistas, un poco xenófobos, grandes bebedores de cerveza y con capacidad cerebral para apenas dos o tres ideas simples: el amor a “Mary y los chicos”, la lealtad a “los compañeros” (bomberos, claro), y cierta abnegada y a veces suicida obsesión por “servir a la comunidad”. Sin embargo, no tengo inconveniente en admitir que los bomberos, en general, así como los  maestros, médicos, profesores, policías, enfermeros, plantadores de papas, científicos, funcionarios judiciales, parlamentarios, albañiles, periodistas, y un larguísimo “etcétera” de oficios, cumplen en todo el mundo funciones socialmente indispensables y que, aun cuando sean brillantes en sus tareas, son remunerados con sumas ridículas, si se las compara con lo que ganan un futbolista, un cantante o un actor exitosos, sin contar con lo que se embolsan quienes los contratan, administran y exhiben.   

¿Por qué esa falta de equidad? ¿Por qué el que educa niños, o salva vidas, o construye ciudades, es remunerado con el equivalente a cientos o, a lo sumo, a miles de dólares y, en cambio, un futbolista, un actor o un cantante de moda pueden ganar decenas de millones por un pase, por una película o por un disco? ¿Cómo se explica que las sociedades “modernas”, “civilizadas”, “evolucionadas” cometan tan tremenda injusticia.

La clave, una vez más, está en el consumo, en la noción de espectáculo, de producto comercial. Porque, a diferencia del resto de los trabajadores, las “estrellas” deportivas o artísticas son ante todo un producto, algo que todos quieren ver, algo que puede ser exhibido por televisión, ofrecido al público y consumido junto con un celular, una marca de yerba o un desodorante.

El hecho (de tan obvio casi me da vergüenza decirlo) es que nuestra sociedad (nosotros) no remunera (no remuneramos) el trabajo en función de su utilidad social. Lo remuneramos según su espectacularidad, según su capacidad de ser o convertirse en producto de consumo.

El consumismo no se limita, entonces, a hacernos comprar y consumir productos innecesarios, con daño para nuestra economía y para el planeta. Genera además un trastrocamiento de valores, por el que las actividades más vitales para la sociedad son puestas por debajo de las más espectaculares y consumibles.

El efecto educativo de esta opción es tremendo. ¿Cuáles son los modelos adultos que se les presentan a los niños como exitosos? ¿La maestra, que gana menos de veinte mil pesos por mes y viene a trabajar en ómnibus? ¿El profesor, que gana lo mismo y vive corriendo de liceo en liceo ante la indiferencia, la burla o la prepotencia de sus alumnos? ¿El policía, que con el 222 hace doble horario de trabajo y casi no duerme?

No, claro. Los modelos exitosos son el futbolista estrella, la botinera, la modelo que baila ligera de ropas “por un sueño” administrado por Tinelli, o el cantor que acierta con un tema pegadizo y tiene su cuarto de hora de fama.

Una sociedad que aprecia, paga y premia en forma tan injusta a quienes en ella trabajan es una sociedad enferma

¿Podemos hacer algo para cambiar eso?

Sí, claro. Pero requeriría un esfuerzo importante. Porque el consumismo no es sólo comprar más de la cuenta. Es también endiosar a espectáculos y a protagonistas que no lo merecen.

Cada  vez que millones de personas están pendientes de los avatares económicos o sentimentales de una estrella de fútbol, cada vez que millones de personas siguen los programas de chismes en la televisión, se está consolidando el absurdo sistema en que lo espectacular prevalece y es más premiado que lo importante, ese sistema en que la fama es más valiosa que la utilidad social.

Al elegir lo que vemos por televisión estamos fortaleciendo o debilitando a ese sistema absurdo, Increíblemente, se podría hacer una enorme obra política con un simple control remoto.

 

 

 

 

 

 

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