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Enseñanza EL HUEVO Y LA GALLINA Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 4 jul. 2013 11:07 por Semanario Voces

En medio del típico mar de conflictos sindicales que acompaña a cada rendición de cuentas, el conflicto de los docentes tiene perfiles propios que obligan a pensarlo por separado.

Aunque un poco disimulado por las vacaciones de invierno, sigue allí, pendiente, disfrazado como uno más de los reclamos con que los funcionarios públicos agitan la época de ajuste presupuestal.

 

QUÉ LINDO ES CONTAR EUROS

La escena ocurrió hace poco. Ante la puerta de un supermercado, tres hombres, un muchacho joven, vestido con el uniforme de guardia de seguridad del supermercado, un cuidacoches, con el clásico chaleco fluorescente, y otro hombre de más edad, probablemente un vecino, comentaban el contrato de no importa qué jugador de fútbol uruguayo con un club europeo.

Los millones de euros iban y venían en la charla como las hojas secas en otoño. Notoriamente, los hombres, que trabajando todas sus vidas no juntarían entre los tres lo que el futbolista gana en seis meses, sentían alguna clase de satisfacción vicaria en analizar, con ese aire sesudo que usan los comentaristas de fútbol,  las sumas de dinero, las condiciones del contrato y las alternativas de la negociación.

“Escuchame”, decía el cuidacoches, que parecía el más informado, “Yo firmo, le compro una casita a la Vieja, y después… ¿sabés cómo la rompo?” El vecino parecía menos optimista: “No te creas, mirá que en Europa te matan a impuestos, además por ahí se rompe una pata y…”. “Pero el contrato tiene que tener un seguro”, terció el guarda de seguridad”. “Ta clavao, muchacho”, contestó el cuidacoches, “A mí, si no me aseguran las patas en un millón de dólares, no les pateo una pelota”.

 

LEJOS DEL GLAMOUR

Ese mismo día, en 18 de Julio, los docentes protestaban y reclamaban aumento de sueldo. “Salario docente: $14.000. Vergüenza nacional”, decía un cartel.

¿Los maestros y profesores ganan realmente $14.000?

Presumo que pocos. La antigüedad, el multiempleo, hacen que el ingreso real de la mayoría sea un poco más alto.

Pero ganan poco –muy, muy poco- en relación con la importancia de la tarea que deben o deberían cumplir.

¿Cuánto vale tomar a un niño de cinco o seis años, totalmente analfabeto e ignorante de todo, como suelen serlo los niños que ingresan a las escuelas más carenciadas, y en pocos años sacarlo alfabetizado, sabiendo leer y entender lo que lee, capaz de usar los criterios lógicos básicos para el cálculo y el pensamiento abstracto, razonablemente informado sobre la sociedad en la que vive y sobre su historia, y con los criterios y códigos necesarios para manejarse en la vida social?

¿Y cuánto vale tomar luego a ese niño a nivel secundario y darle las herramientas y la motivación para seguir aprendiendo y para ganarse la vida usando sus conocimientos?

El valor de esas tareas es incalculable.

Sí, ya sé, me dirán que esas tareas hoy no se cumplen. Que la enseñanza primaria, y en mayor medida aun la secundaria, no cumplen la función educativa que en teoría les está encomendada.

El asunto es doble o triplemente dramático. Resulta que la tarea no se cumple (hablo en términos generales, como tarea del sistema, sin excluir a docentes esforzados que hacen todo lo que pueden). Tampoco se paga por ella. Y, lo que es aun más grave, la función docente pierde prestigio social. Un poco por la mala remuneración, y otro poco por los malos resultados, una maestra o un profesor dejaron de ser, en la consideración social, las personas cultas y respetables, comprometidas con el bienestar de los niños y jóvenes, que en una época fueron. Aunque no se diga, se los ve como gente con una formación livianita, que trabaja pocas horas y gana mediocremente.

 

“YO FUI ALUMNO DE GARDEL”

Hablen con gente que haya cursado secundaria y tenga o supere los sesenta años de edad. Pregúntenles quiénes eran sus profesores de literatura, de historia, de matemática. Se sorprenderán con las respuestas.

En el viejo IAVA, muchos integrantes de la “generación del 45” daban clase de literatura. Los mejores historiadores uruguayos, autores de libros que se siguen leyendo y consultando, daban clase de historia. Y así todo. Hace cuarenta o cincuenta años atrás, las mejores cabezas del país, destinaban algunas horas a dar clase a los gurisaes de secundaria. El efecto de ese contacto de los gurises con la intelectualidad de la época era inmenso. No sólo por la transmisión de conocimientos formales, sino por la integración, la transferencia vital de experiencia y de motivación que se generaba.

El subtítulo, “yo fui alumno de Gardel”,  recoge una frase de un viejo alumno de secundaria que había tenido de profesor a Paco Espínola y así comentaba la experiencia.

¿Qué contacto tienen hoy los chiquilines con las personas que estudian o crean los conocimientos que ellos supuestamente deben aprender?

 

CÍRCULO VICIOSO

En síntesis, la tarea educativa se cumple mal, se remunera poco y se valora menos. ¿Cómo queremos que la educación funcione? ¿Cómo sorprendernos de que casi tres cuartas partes de los gurises uruguayos no terminen la educación secundaria?

Como en la vieja adivinanza del huevo y la gallina, es difícil saber por dónde empezar. ¿Hay que pagar más y confiar en que la educación mejore? ¿O hay que exigir mejores resultados para aumentar los sueldos?

No hay respuesta fácil. Pagar más a los docentes es justo y necesario, pero en las actuales circunstancias nada asegura que la educación mejore por eso. Por otro lado, exigir más a quienes no se los forma, ni se les paga ni se los considera, es un imposible.

¿Cómo salir del atolladero?

Primero ubiquemos su causa. Yo, por raro que parezca, la ubico en esa conversación que oí en la puerta de un supermercado.

¿Cómo creer en el interés por la educación de una sociedad (digo una sociedad, no un gobierno o un Estado) que destina millones de pesos o de dólares o de euros al fútbol, a comprar automóviles cero kilómetro y a mil formas de consumo, y no está dispuesta a tomar ninguna medida en serio para modificar la situación de la enseñanza.

Poner atención en la enseñanza no es sólo cuestión de pagar más y exigir más. Es también darle a la enseñanza la importancia y el respeto social que necesita y debe merecer. Aunque sin duda eso incluya también formar más, pagar más y exigir más.

Ahora, ¿es posible dar más formación, pagar más y exigir más resultados al mismo tiempo?

Tal vez la clave esté en la expresión “al mismo tiempo”.

¿Existe la noción de que la enseñanza sólo puede cambiarse mediante un acuerdo entre el Estado y los docentes, que tenga por objeto restituir a la enseñanza niveles básicos de eficacia, y que sea realizado con el apoyo y el control de toda la sociedad?

Me temo que esa noción todavía no existe. El Estado espera que la educación mejore por milagro, los docentes quieren mejores sueldos antes de hablar de la enseñanza, y la sociedad, me temo, aunque se queja, prefiere maravillarse con los sueldos y las hazañas de los jugadores de fútbol, o con la cantidad de autos cero kilómetro, antes que preocuparse por la educación que reciben o no reciben sus hijos.

¿Puede romperse ese círculo vicioso?

Tal vez sí, pero habría que, de una buena vez, poner atención y esfuerzo a lo que es importante.   

 

    

 

 

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