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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: LA LIBERTAD DE LOS ANTIGUOS

publicado a la‎(s)‎ 10 feb. 2016 15:41 por Semanario Voces   [ actualizado el 10 feb. 2016 15:42 ]

Hace casi doscientos años, cuando la Revolución Francesa todavía discutía su futuro, Benjamín Constant pronunció su célebre “Discurso sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”.

Constant distinguió dos formas de concebir la libertad. Una de ellas, a la que llamó “libertad de los modernos”, consiste en asegurar la independencia de los individuos frente a la sociedad por  medio de derechos y garantías individuales. Es lo que hoy conocemos como concepción liberal, en la que el individuo es el centro y la sociedad sólo un instrumento para la felicidad de los individuos.

Constant contrastó esa forma de concebir la libertad con la que llamó “libertad de los antiguos”. Sostuvo que en las primitivas repúblicas -Esparta, Roma, incluso Atenas- la libertad consistía en el ejercicio de un único derecho: el de participar como ciudadano en la formación de la voluntad de la polis, debiendo someterse después incondicionalmente a ella. Es el régimen que Rousseau caracterizó en su momento con el término “voluntad general”. Esa sigue siendo hoy la base de la concepción republicana.

Constant se pronunció entusiastamente por la libertad “de los modernos” y aconsejó dejar de lado la “de los antiguos”. Según él, las viejas prácticas republicanas de las ciudades-estado, en las que miles de de ciudadanos tomaban directamente las decisiones vitales, como una declaración de guerra o la fijación de impuestos, sólo eran posibles porque las ciudades eran chicas y la economía se basaba en el trabajo esclavo. Los “modernos”, según Constant, debían dedicarse a la industria y al comercio, por lo que no tenían tiempo de intervenir directamente en las decisiones públicas. Les aconsejó a sus contemporáneos recurrir a la representación, confiar a políticos profesionales los asuntos políticos -cosa que habría indignado a Rousseau- y dedicarse a las actividades privadas, en un marco de derechos y garantías que les asegurara el goce de su vida privada y de su libertad individual.

¿QUÉ LIBERTAD?

Las sociedades occidentales le dieron caso a Constant, doblemente.

Por un lado, desarrollaron la libertad liberal como afirmación de lo individual y de lo privado contra lo colectivo y público. Una concepción en la que el individuo se siente libre en la medida en que se libra de las obligaciones sociales y no en la medida en que incide en las decisiones de la sociedad. La proliferación de derechos (individuales, fundamentales, humanos, sexuales, de género, raciales, etc.) reconocidos o declarados, sobre todo a partir de mediados del Siglo XX, son la prueba del fenómeno.

Por otro lado, abandonaron la práctica republicana de participación directa. El sistema representativo se convirtió en regla, dando lugar en todos los países a la aparición de castas de políticos profesionales que reemplazan la voluntad de los ciudadanos, cada vez más volcados a sus asuntos privados y al goce de sus derechos.

La libertad liberal se ha impuesto por varias razones. La sustancial es que es la más propicia al modelo económico que domina el mundo. Pero además es fácil de entender y tentadora. ¿A quién no le atrae guiarse por los propios intereses, tener cada vez más derechos y hacer lo que le venga en gana?  Si se compara con la trabajosa libertad republicana, que requiere largos debates públicos y puede terminar con decisiones que a uno no lo satisfacen , la alternativa parece clara.

Por otra parte, una larga prédica, más comercial-publicitaria que artístico-filosófica, ha exaltado los valores y la estética de la libertad liberal. Así, el valor de lo nuevo, lo moderno, de lo ágil o inmediato, de lo particular o “personalizado”, o de lo espontáneo, de lo que no requiere  conocimiento ni esfuerzo, de lo que puede decirse por impulso o emoción, se han constituido en el sentido común de la época, sentido común que, curiosamente, no es consciente de ser epocal ni de ser deliberadamente construido. El primer hábil publicista fue Constant, al denominar “moderno” al sistema que quería promover y “antiguo” al que quería abandonar.

Bajo los “jingles” y las luces publicitarias, la libertad “moderna” deja ver algunas caries. Para empezar, no todos estamos en condiciones de ejercerla. La falta de recursos y la dependencia económica impiden a mucha gente vivir de acuerdo a sus deseos. Y, aún para quienes pueden satisfacer ciertos deseos, la atomización propia de la libertad liberal, en la que cada individuo se relaciona con los demás como cliente o proveedor, y con la comunidad como acreedor de derechos, es angustiante. La pérdida del sentido de comunidad y la ausencia de proyectos compartidos no son gratuitas. Generan soledad, angustia y depresión, sentimientos que no pueden compensarse del todo sólo con “ir de shopping”.

MENOS ANCHO Y SIEMPRE AJENO

Hasta hace pocas décadas, era teóricamente posible vivir de acuerdo a la concepción liberal de la libertad. ¿Quién, hace cincuenta o sesenta años, habría pensado que la atmósfera, los océanos, los hielos polares, y por ende la habitabilidad de muchas ciudades, podrían cambiar para siempre por la actividad económica privada? ¿Quién habría dicho que el agua que sale por la canilla y los comestibles que consume estarían contaminados o genéticamente modificados por obra de empresas agroindustriales? ¿Quién habría imaginado que los medicamentos a los que puede acceder estarían determinados por las políticas comerciales de la industria química, que el conocimiento científico y la educación de sus hijos serían considerados mercancías, o que su jubilación estaría en manos del capital financiero y que para cobrar su sueldo, pagar el alquiler o realizar comparas tendría que depender obligatoriamente de un banco? ¿Quién, salvo como ciencia ficción, habría creído que su vida sería monitoreada y que la información resultante sería comercializada por las empresas que le suministraran servicios de celular y de internet?    

UNA LIBERTAD ILUSORIA

¿Qué libertad real le queda a un individuo aislado, renuente a participar en actividades colectivas y a comprometerse en asuntos públicos, en un mundo cada vez más dominado por corporaciones que controlan el dinero, la información, la energía, la tierra, el agua, los minerales, los alimentos, los medicamentos, la investigación científica y hasta la producción artística e intelectual?

La libertad, en ese contexto, se reduce a elegir la marca y el color del producto que uno consumirá. Cada individuo goza de la ilusión de tener “sus propios gustos” e incluso “sus propias ideas”, que, sin embargo, milagrosamente, coinciden con los gustos y con las ideas “políticamente correctas” que adoptan millones de personas bombardeadas por el mismo discurso publicitario. Porque no sólo los gustos son publicitariamente formateados; también lo son el pensamiento, las creencias y hasta los sentimientos.

EL FUTURO QUE NO PREVIÓ CONSTANT

En rigor, no hay una contradicción esencial entre la libertad individual y la libertad política. Nada impediría que las personas reclamaran derechos, reivindicaran identidades sexuales o raciales, abortaran, creyeran, compraran, consumieran y se drogaran cuanto quisieran y, a la vez, mantuvieran una actitud activa en las cuestiones colectivas de su sociedad.

Sin embargo, la libertad individual ha sido teóricamente presentada como enfrentada a la libertad política. Lo hizo Constant, cuando el capitalismo buscaba imponerse, y lo han seguido haciendo después cientos de políticos, ideólogos, economistas, cientistas sociales y consultores, neoliberales convencidos y/o subvencionados por el poder económico.

El motivo es sencillo: la libertad individual, entendida como goce de derechos, no afecta al  poder económico; permite que decisiones vitales sean tomadas impunemente por quienes controlan los recursos materiales. Por eso es promovida por el discurso ideológico dominante. En cambio, la libertad política, la “de los antiguos”, implica la presencia activa de ciudadanos que pueden cuestionar el control de los recursos materiales.

¿Qué ocurrirá en el futuro? ¿Seguiremos aspirando al goce de nuevos derechos, intereses y placeres privados? ¿O el poder económico desbocado hará necesario un renacimiento de la vieja noción republicana de ciudadanía?

Los obstáculos que señaló Constant –la falta de tiempo, por la desaparición de la esclavitud, y la imposibilidad de consultar a multitudes- han sido removidos por la tecnología. Las máquinas realizan cada vez más trabajo que antes era humano y los medios virtuales posibilitan una comunicación global que antes sólo era posible en el reducido espacio de una polis. Prueba de ello es que hasta este modesto artículo estará disponible para millones de personas a través de facebook o twitter.

Cabe preguntarse si la libertad “de los antiguos” no será en realidad el futuro.

 

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