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ENTRE ABORTOS Y LEYES Por Bolívar Viana

publicado a la‎(s)‎ 22 jun. 2013 9:36 por Semanario Voces
 

 

La carta del señor que dio su punto de vista acerca del tema del aborto, y que fue leída en un programa radial local, me pareció importante, sobre todo porque da pie para que podamos aportar otros puntos de vista. Es lo que intentaré, tratando de ser lo más razonable posible. Aún a sabiendas de que a este tema no es fácil hacerlo entrar en razones.

Lo primero que creo que debe de quedar claro es que la discusión no es sobre el aborto en sí: me parece que todos -o al menos la mayoría-, estamos de acuerdo en que el aborto es uno de los tantos males que acompañan a la humanidad desde hace siglos, por no decir desde siempre. Del mismo modo que la prostitución, la explotación del trabajo ajeno, la adicción a las drogas (incluyendo el tabaco y el alcohol), la delincuencia y la guerra. Desde luego, no justifico estos males; me limito a decir que existen y que, por lo visto, van a seguir acompañándonos. El drama de la humanidad no consiste en que sea buena o mala, el drama está en que el bien y el mal andan siempre juntos, y a veces tan entreverados que, creyendo hacer el bien, estamos haciendo mal. Ya lo enseñó el cristianismo: el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.
Lo que está en discusión -tanto sobre el aborto como sobre la marihuana-, es qué hacemos con estos problemas de carácter social que parecen hundir sus raíces en la naturaleza humana y que, por lo tanto, son difícilmente, por no decir imposible, desalojarlos.
Ante estas problemáticas hay -que yo sepa-, dos actitudes: una, que pretende erradicar definitivamente tales males; y otra que entiende que eso es ilusorio o idealista y que lo que debe hacerse es controlar o regular mediante leyes apropiadas, buscando que, en la medida de lo posible, el mal no se extienda hasta adquirir proporciones difícilmente manejables. Para que el daño que causa el mal sea el menor daño posible. Esta parece ser la actitud más sensata. La prohibición de fumar en determinados lugares va por ese camino. Por otra parte, es la solución que se ha adoptado para el consumo de alcohol, para la prostitución e incluso para la guerra.
En efecto, hasta en la guerra -cuyas consecuencias para la vida humana son desastrosos- existen (aunque sea en los papeles) ciertas normas que hacen que, por ejemplo, en un contexto homicida como es el enfrentamiento bélico, se cometan actos considerados como “crímenes de guerra” que pueden ser juzgados y penalizados. Con esto ya podemos darnos cuenta, por ejemplo, de que no todo homicidio es un “asesinato”. Un soldado que en la guerra mata a un soldado enemigo (porque si no, el muerto puede ser él), comete un homicidio ineludible e irreparable, pero no un asesinato. Esa es la ley de la guerra, y si pudiéramos evitarla pues eso es lo que todos quisiéramos. Pero parece que no puede evitarse, como lo sabe cualquiera que haya leído un poco acerca de la historia de la humanidad. Estamos, por lo tanto, hablando de lo que es y no de lo que nos gustaría que fuera: esa es la diferencia entre el realismo y el idealismo.
Pongo este ejemplo porque he oído demasiadas veces, de parte de los defensores de la vida del embrión, que un aborto es un “asesinato”. Si en el caso infinitamente más dañino para la vida como es la guerra, podemos establecer una distinción entre homicidio y asesinato, creo que en el caso de una mujer que quiere interrumpir su embarazo porque simplemente no desea tener ese hijo, es mucho más humanitario hacer las distinciones correspondientes.
Convengamos, entonces, en que un aborto es un homicidio, sean cuales sean las razones por las cuales la mujer no quiere tener a ese hijo. No me parece oportuno, como se ha alegado, que la mujer tenga derecho a decidir sobre su cuerpo -que lo tiene, incluso cuando corrió el riesgo de quedar embarazada-, sino que la mujer tiene el derecho a no tener un hijo no deseado. Este es el meollo de la cuestión.
El problema es, entonces, qué hace la sociedad ante esta clase de homicidios. Teniendo en cuenta no sólo la situación de la madre sino también -y esto es algo que no lo he oído mencionar-, qué clase de vida tendrá un hijo no querido por su madre. Yo, la verdad, no se lo deseo a nadie, porque en esta situación primaria, que está en la base del desarrollo del ser humano, debe encontrarse, supongo, una de las fuentes de buena parte de los males de la humanidad. Ya lo han dicho quienes saben de estas cuestiones: el bebé no sólo debe recibir la leche materna sino la miel del cariño materno. ¿Existe alguna imposición social que obligue a una mujer a dar lo que no tiene?

¿Qué hizo hasta ahora nuestra sociedad ante este problema? Penalizó el aborto. Pero lo hizo en los papeles, porque en la realidad los abortos siguieron practicándose, y que sepamos, ni las mujeres que abortaron ni quienes provocaron el aborto fueron castigados por el delito cometido. O sea que la ley penaliza, pero la sociedad en su conjunto contemporiza, mira para otro lado, se desentiende. Es, en ese sentido, una ley hipócrita, que figura en los papeles pero que no se aplica. Y en los años que llevo vividos, nunca vi a los defensores de la vida del embrión protestar y movilizarse para que dicha ley se aplique. Es, entonces, un homicidio ante el cual la sociedad en su conjunto se comporta con indiferencia.
Esa es la realidad que tenemos: mientras la ley establece una cosa (que deja con la conciencia tranquila a los “anti-abortistas”), la costumbre discurre por otros carriles. Todos sabemos que esto es así, y no tenerlo en cuenta es hacerse trampas al solitario.
Entonces, la discusión no es acerca de si está bien o está mal el aborto, o si la vida comienza en tal o cual momento, sino acerca de las leyes y normativas que la sociedad se da a sí misma cuando debe enfrentar situaciones como esta. Con la ley penalizadora lo que la sociedad uruguaya pone de relieve es la hipocresía que lleva en su seno. Lo cual también es un mal, una enfermedad de la conciencia.

El término “anti-abortistas” lo pongo entrecomillas, porque no creo que lo que esté en juego sea un enfrentamiento entre anti-abortistas y pro-abortistas (aunque los que se definen anti-abortistas quieren llevarlo a ese terreno). Plantear las cosas en esos términos es falsear la naturaleza del problema, ya que nadie se ha pronunciado a favor del aborto en sí. Pretender que la nueva ley promueve o facilita el aborto, es pretender demasiado o actuar de mala fe. O no entender cual es el problema que la sociedad, a través de sus leyes, tiene que considerar y solucionar de la manera más adecuada. Creo que la nueva ley, con sus imperfecciones y todo, intenta ponerse a rueda con una situación creada que, bien que mal, todos admitimos silenciosamente.

Creo, además, que la sociedad, a través de sus instituciones, debe hacer todo lo posible por convencer a la mujer en el sentido de tener al hijo. Pero también creo que si, a pesar de todo, esa mujer no quiere a su hijo, es mejor para éste no haber nacido. No se trata de la “vida” en general -argumento esgrimido por los “defensores de la vida”-, se trata de esa vida en particular: una vida no deseada. Y si quien lleva en su vientre a esa vida no está dispuesta a criarla proporcionándole cariño, protección y cuidados, ¿se hará la sociedad cargo de esto? Una sociedad ideal puede ser, pero ésta en que vivimos no. Conviene que no nos mintamos acerca de nosotros mismos. Basta mirar lo que está ocurriendo con buena parte de nuestros jóvenes.
¿Puede una sociedad como ésta obligar a una mujer a tener un hijo que no desea? Yo, sinceramente, creo que no. Para eso, la sociedad primero tendría que hacerse cargo de manera más efectiva de las vidas que hace rato superaron la etapa del embrión, muchas de las cuales andan descarriadas y otras no tienen ni donde caerse muertas.
Por último, debo aclarar que si se decretara una ley que obligara a las mujeres a abortar, yo estaría en contra, tal como estoy en contra de la que obliga a una mujer a dar a luz (o a oscuridad) a un hijo no deseado.


 


 

 


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