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Entre la mediocridad y la opacidad Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 11 oct. 2012 8:54 por Semanario Voces
 

Soy uno de quienes sostienen que nuestro país está entre los “mejores de la clase” si vemos el panorama de nuestro continente sudamericano. Y no soy nada original al respecto porque son varios, y notorios, quienes nos han incluido junto a Chile, Brasil, Perú y Colombia, en aquella categoría, sacando holgada ventaja, por razones diferentes, a Paraguay por un lado y a los restantes cuatro por otro. El diálogo que existe entre los políticos de diferentes partidos, el mantenimiento de determinadas políticas de Estado, el investment grade, etcétera, son indudables atributos de nuestro Uruguay.

Sin embargo, noticias como las que se sucedieron en los últimos días nos aterrizan forzosamente en una realidad bien diferente, contradictoria con la caracterización auspiciosa antes referida. Veamos algunas de esas noticias.

Primero, las reacciones de la oposición, contrarias a la decisión del BROU de construir un edificio de oficinas con un costo de US$ 50 millones. Se llegó a decir que semejante importe debería ser destinado, en cambio, a la construcción de escuelas. El BROU es una empresa comercial del sector público que compite con privadas. Tiene activos, pasivos y patrimonio de magnitudes tales que una inversión como la referida es relativamente menor. Como muchas empresas aquí y en todos lados, pretende contribuir al patrimonio de la ciudad, además de construirse un edificio de oficinas. Y lo proyecta en una zona que lo merece y que ya muestra, desde hace años, una tendencia a la modernización y el reciclaje. ¿Se acuerdan del Plan Fénix? ¿No buscaba algo por el estilo en esa zona? ¿Y de la Torre de Antel? Si actualizamos el costo de esta Torre a precios de hoy costaría entre tres y cuatro veces el monto del proyectado edificio del BROU. Quienes en su momento apoyaron la construcción de la Torre, no pueden oponerse ahora  a la que proyecta el República. Se requiere un mínimo de consistencia inter temporal. Y lo de construir escuelas… bueno, podrían ser más sutiles en la demagogia.

Segundo, los sindicatos de docentes, Fenapes y Afutu, no participaron de una reunión previa al segundo congreso de la educación, porque "no estamos dispuestos a convalidar con nuestra presencia un intercambio con los personeros responsables de la crisis del sistema educativo", según dijo el dirigente de Fenapes, José Olivera. Los sindicatos no estuvieron de acuerdo con que entre los invitados a la reunión se incluyera a personas vinculadas a los partidos de la oposición y a las universidades privadas. Increíblemente, acusaron al director de Educación del MEC, Luis Garibaldi, de pergeñar “una maniobra” para intentar “limitar la participación y los temas a discutir en el primer congreso", según Olivera. Es curioso, ¿no?, Olivera dice que al ampliar la lista de invitados se busca acotar la participación y los temas a discutir, cuando por definición se busca lo contrario. Más claro fue su colega de Afutu, Wilson Nebril, quien expresó que se "dieron de baja del encuentro" porque temen que los argumentos de los sindicatos docentes se "diluyan como pasó en el congreso anterior". Ah, ahora está más claro: lo que en realidad temen es que en la confrontación de ideas, las suyas se diluyan. Se ve que no le tienen mucha fe a sus ideas y al no poder impedir la exposición de las ajenas, evitan enfrentarlas haciendo mutis por el foro. Es muy interesante el concepto de discusión, debate, congreso y democracia que tienen algunos dirigentes sindicales. Y esto es especialmente importante porque ellos son, al mismo tiempo, quienes deben enseñar a adolescentes y jóvenes.

Tercero, el proceso vinculado a la ex Pluna. Una vez más, el gobierno de turno elige un camino de opacidad y no de transparencia, tal como sucedió en gobiernos anteriores ante diversas decisiones de naturaleza más o menos parecida. La opacidad en los procedimientos dispuestos por nuestros gobiernos para la asignación a entidades privadas, de activos de valor cuantioso y cuantificable, es una verdadera (y muy mala, por cierto) política de Estado en nuestro país. Y que conste que no me refiero a corrupción, sino a opacidad, a falta de transparencia.

Es posible que no siempre sea sencillo establecer un procedimiento transparente y también lo es que más tarde o más temprano se deba entrar en negociaciones en torno a una mesa entre representantes de los intereses públicos y privados. Pero la clave de estos procesos consiste en que quede lo menos posible para definirse en esas instancias y que lo más posible sea resuelto siguiendo procedimientos simples y públicos.

Y es más factible hacerlo, además de más conveniente por lo antes referido, cuando a los activos que se desea transferir o asignar al sector privado se les puede atribuir un precio. Piense el lector en cuántos y cuán diferentes activos (bienes o empresas de propiedad estatal o simplemente permisos o concesiones para actuar en sectores regulados por el Estado) fueron transferidos o asignados en los últimos 25 a 30 años desde el sector público al privado. En esas ocasiones, ¿se procedió de forma transparente o se lo hizo de manera opaca? En todos los casos que el lector pueda recordar es fácil imaginar la existencia de un valor asociado a la propiedad o a la concesión y posiblemente más de un interesado en obtenerla, de modo que una licitación pública o un remate bien podrían haber sido los mecanismos adecuados para resolverlo. Sin embargo, ¿cuántas veces se procedió de ese modo y cuántas no?

En el caso que nos ocupa actualmente, se diseñó un proceso complejo. ¿Cuántos debimos leer varias veces algunos artículos para terminar de entenderlos? ¿Cuánto más complejo se hizo el proceso y cuán menos clara la eventual determinación de los precios de los activos (aviones, frecuencias) al contemplarse la posibilidad de que el Estado siga garantizando parte del crédito por las aeronaves, al establecerse la condición de absorción de empleados de la ex Pluna y, más aún, al considerarse la eventual asunción de deudas de la ex Pluna con el Estado? Tengo la impresión de que por intentar salir de un embrollo (reconocer las pérdidas directas del Estado por la ex Pluna por la garantía de los aviones y en el BROU y Ancap), se arriesga entrar en uno nuevo y en definitiva quizá apenas se logre correr la arruga en la alfombra.

¿Por qué no se procedió a rematar los aviones como se hace habitualmente con cualquier bien, desde una base inferior al precio esperado? ¿Es que no tienen un precio de mercado? ¿Por qué fijar la base en el monto del crédito vigente y crear dos mecanismos sucesivos de subasta, al alza y a la baja, y un tercero, eventual y posterior, sin subasta? ¿Por qué no anunciar, previamente a una subasta “normal” de los aviones, que luego habría otra, de las frecuencias, en paquetes o bloques? Y que en esta subasta, podrían participar los que hubieran adquirido los aviones y cualesquiera otros postulantes. Si se deseaba, se podía ligar a cada paquete o bloque de frecuencias, un número estudiado, concreto y preciso de ex empleados de Pluna, como parte del precio. En cambio, ¿cómo interpretar el precio que se obtuvo en el remate del lunes 1°? ¿Como el precio de los aviones o además el de las frecuencias?

Es decir, dos remates, con precios estimados sobre bases razonables, uno para los aviones y otro para las frecuencias. Y el producido de ambos, destinado al pago de los acreedores en el orden que establece la ley de concursos. ¿Qué tendría de inconveniente un proceso como el referido? ¿Quién podría tener algo para reclamar en esas condiciones? ¿Cuánto tendrían que negociar los representantes públicos y privados en semejantes circunstancias? ¿Cuántas menos explicaciones habría necesidad de dar? ¿Cuántas menos preguntas quedarían sin responder? ¿Cuántos menos malos momentos tendrían que pasar algunos funcionarios?

Sin embargo, una vez más, se eligió el camino de la opacidad, como tantas veces antes. En este caso, quizá por no querer reconocerse las pérdidas ocasionadas por decisiones pasadas, y se corre ahora el riesgo de repetir errores. Tal cual, una arruga en la alfombra.

 

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