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EQUILIBRIOS SÍ; CUOTIFICACIÓN NO Por Enrique Rubio

publicado a la‎(s)‎ 1 mar. 2013 11:09 por Semanario Voces
 
 

A la hora de conformar el elenco de gobierno (que por cierto es bastante más que el gabinete ministerial), una fuerza política plural donde coexisten numerosas – tal vez demasiadas - organizaciones de muy diverso tipo como es el Frente Amplio, está obligada a una orfebrería política que refleje en forma armónica esas diferencias a la vez que asegure idoneidad y competencia para llevar adelante una gestión exitosa, dentro del programa de cambios enarbolado por la fuerza política.

A lo largo de la historia del país existió una perversa manera de distribuir cargos ya sea como retribución a apoyos, ya sea como premios consuelo ante la falta de votos para ser electo en el Parlamento, con independencia de las condiciones del designado. Las exigencias de la política moderna en buena medida han dejado atrás estos vicios. Y en el caso del Frente Amplio, creo que nunca han estado planteados en esos términos, sino que lo que prima es la búsqueda de los equilibrios.

Esto en modo alguno debe significar la distribución de cargos por cuota, sin realizar una evaluación seria de las condiciones del compañero que va a ocupar cualquiera de las responsabilidades del gobierno. Lo que significa es que no son saludables las exclusiones, ni conformar áreas de gestión monocrómicas, administradas de cabo a rabo por uno solo de los grupos del FA. No resulta conveniente ni como imagen ni como garantía de buena gestión. No es necesario desarrollar muchos argumentos para esta afirmación, pero creo que resulta evidente que conformar elencos plurales es la forma de que todo el Frente sienta esa gestión como suya, la enriquezca con matices y la defienda vigorosamente ante las críticas externas. Y también es la forma de disminuir la tentación a caer en los perfilismos, tentación que se hace más fuerte cuanto más se acercan los actos electorales.

Distribuir cargos por cuotas, sin reparar en quienes los van a ocupar, es una apuesta riesgosa. Es una mala práctica; más que mala, peligrosa. Por – al menos – dos razones: en primer término, esta descentralización de las decisiones de designación puede generar elencos con fuertes desequilibrios e incompatibilidades en la medida en que nadie los conforma con una visión global del conjunto. Y en segundo término, en su gestión, el designado responderá en primera instancia ante los que lo pusieron en el cargo, con lo que se atenúa la fortaleza del liderazgo. Es por estas razones que no considero adecuado recurrir a este procedimiento.

Parece una perogrullada afirmar que para integrar el equipo que desarrollará la gestión es imprescindible contar con la idoneidad para la tarea que se le confía. Pero tanto como esto, es necesario contar con la confianza política del Presidente, que debe ser en último término el que distribuye las responsabilidades. La gestión de gobierno se hace con una dirección determinada, definida por el programa de la fuerza política que lo ejerce. No basta con ser un gestor experto: esa gestión tiene que direccionarse hacia los objetivos fijados. No se debe caer en una falsa contradicción entre capacidad de gestión y confianza política: son necesarias ambas. Cualquiera de ellas que falte, no augura nada bueno.

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