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ESTACIONAMIENTO RESERVADO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 23 may. 2013 6:07 por Semanario Voces
 

 

 

Venía yo en auto por la Ciudad Vieja, buscando dónde estacionar y rumiando íntimamente mi desacuerdo con el editorial de Voces de la semana pasada.

Recorrí una cuadra por Juan Carlos Gómez, después otra, y nada. No era que no hubiera lugar, sino que los cordones estaban pintados de rojo y blanco y unos carteles indicaban que las dos cuadras estaban reservadas para la Junta Departamental.

Al principio no puse mucha atención, me resigné y seguí adelante, siempre pensando en el editorial sobre la planta regasificadora y buscando con el rabo del ojo un lugar libre. 

Así llegué a la Plaza Matriz, donde antes se podía estacionar en perpendicular a la vereda de la Plaza. Estaba seguro de que allí habría terminado el imperio estacionador de la Junta Departamental. Y, bueno, creo que sí había terminado. Pero, de estacionar, nada. Más cordones pintados de rojo y blanco, no sé si del Ministerio de Transporte o del Cabildo o vaya a saber de qué otro organismo público.

Entonces dediqué mi último pensamiento al editorial gasificado y me concentré en la inexistencia de un lugar donde librarme del auto y poder ir a hacer lo que tenía que hacer en la Ciudad Vieja.

Pero voy a compartir con ustedes ese último pensamiento dedicado al gas. Puedo decirlo aquí porque antes se lo dije a Alfredo, mirándolo a los lentes… bah, a esos ojos gigantes que la hacen a Alfredo los lentes. “No me gustó el editorial sobre la regasificadora”, le dije, “huele demasiado al optimismo del verso oficialista”..

No voy a contar lo que me contestó Alfredo. En parte porque contenía términos  impublicables, en parte porque Alfredo se reía al decirlo (al final me hizo reír a mí también), y en parte porque él ya tuvo el editorial para opinar y tiene todas las páginas de Voces de aquí a la eternidad para aclararlo.

(PARÉNTESIS ENERGÉTICO)

Yo no sé nada de energía, ni de gas, mucho menos de minería. Lo que sí sé, como todos, es cuando algo no cierra. Y algo no cierra en lo que se dice sobre este negocio de la regasificación.

¿Por qué nos comprometeremos a pagar durante veinte añas por el doble de la energía que usamos? ¿Qué empresario se compromete durante tanto tiempo por algo que no está seguro de poder usar y que no sabe si podrá vender?

Claro, si recordamos que están a estudio en el país emprendimientos que requerirían enormes cantidades de energía, la cosa sería más explicable. Pero el gobierno niega que exista esa relación.

Tampoco sé nada de minería ni de otros meganegocios. No sé si son nefastos o si con las debidas precauciones pueden llevarse adelante con beneficio y sin grandes daños. Ojalá sea lo segundo.

Lo que me molesta es que no haya explicación clara para la urgencia en producir tanta energía. He escuchado a los responsables en la materia, algunos de los cuales me merecen mucho respeto, pero, como ciudadano común, no estoy todavía convencido de que las razones que se esgrimen sean todas las razones. Ojalá nos convenzan a todos y ojalá todo sea para bien.

Por eso no me conformó el editorial.

LA CALLE ES DURA

Pero estaba tratando de estacionar en la Ciudad Vieja. Habíamos quedado en la Plaza Matriz, ¿no?. Bueno, ante tanto cordón rojiblanco, decidí cruzar Sarandí y seguir hacia la otra rambla. Pero del otro lado de Sarandí el panorama era similar. El Codicen o Primaria tenían reservada como una cuadra. Doblando por Buenos Aires también había cordones reservados. Para colmo, durante todo el trayecto, en los pocos lugares no dominados por organismos públicos, había espacios reservados para empresas privadas.

En suma, cualquier hijo de vecino debe hacer mil piruetas para dejar el auto en algún lado. Mientras que, a juzgar por el tamaño de los espacios reservados, hasta el último edil y hasta el último funcionario de ciertos organismos públicos tiene estacionamiento gratis asegurado y también lo tienen las empresas que pueden pagar a la Intendencia por la reserva.

INSTINTOS REPUBLICANOS, CUASI ANARQUISTAS

Si todavía seguís ahí, querido lector, te preguntarás “¿Qué se cree este tipo? ¿Por qué piensa que sus problemas para estacionar un podrido Wolkswagen del 98 me pueden interesar a mí?”

Pero esa pregunta encierra un malentendido.

No estoy hablando de estacionar. De hecho, entendería perfectamente que se limitara o se prohibiera el ingreso de vehículos a la Ciudad Vieja. Hasta sería bueno hacerla casi toda peatonal y que sólo circularan en ella algunos ómnibus y sólo por ciertas calles.

Eso sí, que se limitara o se prohibiera para todos. Para públicos y privados, para pobres y para ricos, para empresas y para particulares. Y que, si se permite circular y estacionar, se permita a todos.

Sin embargo, ni siquiera estoy hablando estrictamente de tránsito y de estacionamiento.

¿Qué significa que tantos organismos del Estado se reserven tanto espacio y lo sustraigan al uso público?

Para empezar, indica una noción poco republicana de la función pública.

La expresión “república” proviene de la unión de dos términos: “res”, que significa “cosa”, y “pública”, que significa lo obvio. Por tanto, como concepción política, el republicanismo tiene su centro en la consideración principal de aquellas cosas que son de todos (o públicas). 

Para la concepción republicana, los cargos públicos, aun los más encumbrados, son puestos de compromiso con la sociedad, con la “cosa públicas”. Nunca una causa de privilegio. Por eso, cuanto más encumbrado esté un funcionario, mayor debería ser su preocupación por compartir las necesidades y dificultades de los ciudadanos comunes, sobre los que ejerce alguna forma de autoridad.

La idea misma de “república” reposa -¡cuántas veces lo olvidamos!- sobre las virtudes ciudadanas. Y la primera y más importante de esas virtudes es considerarse y sentirse igual en derechos a todas las demás personas. Igual. Ni más ni menos.

Por eso, la excesiva riqueza y el exceso de poder son un peligro para cualquier república.

Elegí hablar de los estacionamientos reservados porque son un símbolo callejero y muy notorio de una actitud que deberíamos combatir y modificar.

La actitud imperial con que muchos organismos públicos se apoderan de la calle, o con la que las Intendencias conceden por un precio las calles que son de todos, tiene correlatos aun más inconvenientes en la gestión de fondo del Estado.

La forma autoritaria y burocrática con que cada organismo público reglamenta nuestras vidas en su ámbito de competencia, la actitud soberbia de muchos funcionarios, el cobro, en las tarifas e impuestos, de multas y recargos que no se admitirían al peor usurero, la actuación del mismo organismo como juez y parte en los sumarios y recursos administrativos (los funcionarios públicos de menor jerarquía saben de qué hablo, y, como yo, esperarán que se concrete la medida anunciada de tramitar todos los sumarios en un órgano especializado e independiente), el complejo de Dios que asalta a ciertos jerarcas, que se arrogan la facultad de decidir sobre los dineros y los destinos de los organismos como si fueran de su propiedad, son todas manifestaciones de cierto espíritu poco republicano que afecta a nuestro Estado y a algunos de sus funcionarios y jerarcas.

La convivencia, en una sociedad que se pretende republicana y democrática, depende de ideas simples: que todos recordemos que somos iguales; y que los que ocupan cargos de poder recuerden que los ocupan por nosotros y para nosotros.

Los largos cordones pintados de rojo y de blanco pueden ser un símbolo de que esas ideas están siendo olvidadas. 

     

 

 

    

       

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